23 de enero 2004 - 00:00
Denys Arcand, esperando a los bárbaros
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«Para Rémy, su hijo es el príncipe de los bárbaros. No tocó ni un libro en su vida pero está lleno de millones. Está todo el día enganchado al celular y no duda nunca, procede. Su tiempo vale oro, no se considera un corrupto sino que acepta la inevitable corrupción del entorno para no perder tiempo: si hay que habilitar un espacio confortable en el hospital público, soborna a quien sea, funcionarios, sindicalistas. Si tiene que obtener droga para atenuar el dolor de su padre, concurre a la división antinarcóticos de la policía porque sabe que son quienes más posibilidades tienen de conseguírsela, y se los plantea de frente», cuenta Arcand. El diálogo continuó de esta forma:
Periodista: Usted planteaba en 'La decadencia...' que la preocupación exclusiva por la felicidad individual era el síntoma más obvio de los fines de un imperio. En 'Las invasiones...», esa imagen de los profesores intelectualizados, ruinosos, ¿significa el final de una cultura?
Denys Arcand: Sí, sin duda. La cultura occidental clásica, la cultura grecolatina, la de los ensayos de Montaigne, está en retirada. Día tras día tenemos más evidencias de que ese saber, o el comportamiento acorde a ese saber, está limitado a espacios cada vez más estrechos y circunscriptos, a repositorios. Esa cultura va a ser reemplazada, pero no me pregunte por qué otra forma de cultura. No tengo una respuesta.
P.: Usted dice que 'los bárbaros son los otros' y Jean Paul Sartre, tan citado por algunos personajes decadentes de su film, dijo alguna vez que 'el infierno son los otros'. ¿Su película no es existencialista también?
D.A.: No, no es lo mismo. La idea de Sartre es filosófica, propia de esa cultura de la que hablábamos. El se refería al yo y al otro desde la metafísica. Lo mío es más concreto y visible: el otro, el bárbaro, es el que nos amenaza, el que está en las fronteras y las viola, el que viene a reemplazarnos y ocupar el espacio que era el nuestro.
P.: Sébastien, el hijo, y Nathalie, la joven drogadicta, dos bárbaros según esta óptica, parecen los personajes más lúcidos de la película...
D.A.: ...lo son...
D.A.: Creo que las generaciones más jóvenes (recuerde que yo tengo muchas cosas de Rémy y del resto de sus colegas) no son asexuadas, pero tienen una relación completamente distinta con el sexo. La idea de conquista, de donjuanismo, va perdiendo valor, no reditúa prestigio por ejemplo. Una persona como Sébastien jamás podría vanagloriarse de la cantidad de mujeres con las que se acostó, por ejemplo. Hay... cómo decirlo... no una relación más franca con el sexo, porque el sexo por suerte nunca será franco, sino un sexo con menos secretos, sin «trampas», un vínculo más ' unisex' entre mujer y hombre, como si hubiera fronteras menos definidas entre los géneros.
P.: Usted muestra un hospital público donde impera la corrupción. Los sindicalistas son radicalmente corruptos y, cuando la directora descubre que Sébastien la quiere sobornar, reacciona sin mucha convicción diciéndole '¿Usted cree que esto es el Tercer Mundo?'. ¿Es tan Tercer Mundo la salud pública en Canadá como lo muestra el film?
D.A.: Rémy es un idealista, un viejo convencido en la necesidad de la salud pública y gratuita. Prefiere morir allí, en un pasillo, a que su hijo le costee una habitación privada en una clínica norteamericana. Le aclaro que yo comparto gran parte de sus ideas. Pero, desde luego, ese viejo ideal socialista jamás pudo resolver el mal que le produce su consecuencia directa, la burocracia. No hay forma de encontrarle una solución a eso: burocracia y corrupción son inseparables, y eso por supuesto ocurre en los hospitales públicos canadienses.
P: Los controles tan duros que acaban de poner los Estados Unidos para el ingreso de extranjeros del Tercer Mundo, ¿es otra forma del temor a los bárbaros?
D.A.: Absolutamente. Los Estados Unidos dirigen al mundo y sólo existe, para ellos, la voluntad de Washington. Las Naciones Unidas, u otros organismos internacionales son, para su modo de ver la realidad, sólo decorativos. La diferencia con lo que ocurría hace algunos años es que ahora hasta ha desaparecido el pudor. Es una realidad. De modo que sí, ¿por qué tendrían que tener ese pudor para disimular el malestar que les produce la entrada de ciudadanos de determinados países?
P.: Las imágenes del ataque a las Torres Gemelas que usted muestra en la película son diferentes de las que se han visto en los noticieros. Hasta impresionan más, si es posible algo así. ¿De dónde las sacó?
D. A.: Esas imágenes fueron tomadas en video por un arquitecto canadiense, de Montreal, que estaba casualmente en una reunión de trabajo, muy cerca del lugar, cuando se produjo el primer ataque. El se puso a filmar de inmediato y pudo capturar perfectamente el segundo impacto. No las vio casi nadie antes, salvo un par de periodistas canadienses; aquí sólo se pasaron en un noticiero local.
Entrevista de Marcelo Zapata


