18 de febrero 2005 - 00:00

Desapasionada crónica de un retorno al pago chico

«Otra vuelta» (íd, Argentina, 2004, habl. en esp.) Dir.: S. Palavecino. Int.: J.I. Marsiletti, R. Carnaghi, V. Bassi, F. Esquerro, N. Smit, M. Kohan, S. Marsiletti.

Relato experimental, refinado, con varias claves literarias y autorreferenciales, puede gustar a los intelectuales de la línea Beatriz Sarlo y similares, pero también puede confirmar prejuicios contra el llamado «nuevo cine argentino» de los jóvenes salidos de la FUC. Al menos es breve.

¿Qué es lo finalmente conmueve un poco en esta película? ¿El contraste que aparece entre el aséptico registro de un joven director malhumorado reventando inconsultamente papeles que alguna vez fueron importantes para alguien, y la toma dulcemente compuesta de una muchachita de pueblo, actriz vocacional, que recoge del agua quieta un trozo de papel abandonado? ¿O el fragmento de «Ach bin der Welt», bellamente cantado, que se escucha en ese cierre? ¿O acaso la pequeña satisfacción de ver cómo se completa de una buena vez esa toma que a lo largo del film solo habíamos visto parcialmente, y saber que al fin se termina la película? Y eso que dura menos de 80 minutos.

Su estilo recuerda al del español José Luis Guerin, por el retorno a un lugar de tiempos quietos, como en «Los motivos de Bertha», y por el modo de hacer que el propio espectador vaya completando información a través de imágenes que primero se reiteran y luego alcanzan leves variantes, o amplían su encuadre, como en «Tren de sombras».

Para el caso, imágenes como esa del agua quieta, y el regreso del personaje protagónico a una ciudad del interior, al fondo medio abandonado de una casa del interior, al oficio abandonado de un tío ciego, entretenido en un auto viejo que ya no anda, y a los lugares que alguna vez pudieron ser de gloria, como el teatro, el bar de las discusiones inteligentes, la cancha de básquet, la terraza desde donde alguno quizá crea sentirse por encima de sus propios paisanos.

De ahí voló el personaje, con ínfulas de artista, para terminar dirigiendo especiales de música en la tele. Y ahí vuelve, con un crédito oficial para filmar la adaptación del cuento de un escritor nacido en ese lugar, y muerto en dramáticas circunstancias que todavía incomodan a alguna gente. La ciudad es Chacabuco, el escritor era Haroldo Conti, el relato es «Perfumada noche».

Pero así como el regreso carece de emociones, aunque sea tibias, también la mención del escritor desaparecido carece de mayor incumbencia. Lo que nuestro sujeto busca, son referencias a su propio pasado, a su amigo y posible alter-ego -un dramaturgo local de relativa imaginación que se terminó suicidando-, referencias que encuentra pegadas a un descubrimiento: la gente confunde los recuerdos. Y a todos les da lo mismo, salvo, quizás, a una madre que siempre queda al margen, como ignorada. Así es como llegamos al final. Que pudo ser más tocante, si los 76 minutos anteriores hubieran tenido aunque sea un poquito de calidez.

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