«La noche del crimen» («People I Know», EE.UU., 2002; habl. en inglés). Dir.: D. Algrant. Int.: A. Pacino, T. Leoni, R. O'Neal, K. Basinger y otros.
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Que Al Pacino se ha vuelto bastante poco selectivo con los proyectos que viene aceptando últimamente no es algo difícil de advertir; basta con recordar, si no se las olvidó del todo, algunas de las últimas películas que protagonizó, como «Simone» o «El recluta». Historias insustanciales, efectistas, cuyos débiles guiones nunca logran fortalecerse por su omnipresencia en cámara, sus estudiados gestos o su incontinencia verbal en forma de epigramas.
Sin embargo, con «La noche del crimen» ocurre algo curioso: la película tiene un elenco mucho más homogéneo ( también están Ryan O'Neal, la inquietante Tea Leoni, la cada vez más bella y madura Kim Basinger), una trama a priori mucho más atractiva, y a pesar de todo el resultado es igualmente insustancial y decepcionante. En el film de Daniel Algrant fallan muchas cosas: el drama, la convicción puesta en él, inclusive los vínculos entre los protagonistas, que parecen islotes haciendo lo mejor que pueden pero sin lograr conectarse nunca con sus oponentes.
Para los memoriosos, además, «La noche del crimen» padece otro grave inconveniente: recuerda demasiado a aquella magnífica película de Alexander Mackendrick «La mentira maldita» («Sweet Smell of Success», 1957), al punto de que la actual parece una remake descafeinada. En el viejo film, Burt Lancaster, un columnista estrella de la prensa neoyorquina, mantenía una tormentosa relación de chantaje con su lábil agente de prensa Tony Curtis. El film, además, revelaba como una transparencia inusual para la época algunos aspectos oscuros del poder del mercado de la información.
En «La noche del crimen», Pacino también es un agente de prensa en decadencia al que sólo le ha quedado un cliente de importancia, una estrella de Hollywood que pretende iniciar una carrera política (Ryan O'Neal), y cuyos proyectos se ven amenazados por un escándalo en puerta: la temperamental estrellita Leoni, peligrosa drogadicta que tuvo una relación con él, y que podría arruinar todo cuando la arrestan.
Pero, si la relación de sumisión, dominio y desprecio recíproco que se establecía entre Lancaster y Curtis iba edificando un drama poderoso, inquietante, la frialdad y el poco «feeling» que hay entre Pacino y O'Neal no sólo desvían el interés hacia territorios menos importantes de la historia (como las alternativas de una orgía de opio en Wall Street, o la edulcorada subtrama con Kim Basinger, la viuda buena), sino que producen un efecto más frustrante todavía: que los hechos de sangre y violencia que se van sucediendo en la película ( hechos que, por otra parte, a «La mentira maldita» no le hacían falta) parezcan caídos del cielo antes que producidos por la lógica de los personajes y la historia.
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