3 de mayo 2001 - 00:00
Desde Hong Kong, una obra magistral sobre la pasión
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La intimidad como territorio de descubrimiento
"Con ánimo de amar".
La naturaleza vulgar de esa pareja clandestina está representada, en el film, de una manera audazmente alegórica: jamás se los ve, lo que permite más adelante un ingenioso juego de identidad en una escena clave.
El señor Chow y la señora Chan se citan cada vez con mayor frecuencia, sin ánimo de venganza aunque sí, involuntariamente, resistiéndose a ello, o ignorándolo, con el que le da nombre a la película. Y en esos sucesivos encuentros que no son más que refugio, desahogo y confusión, se comportan ya con injustificadas precauciones, las que ni siquiera tomaron sus propios cónyuges ante un eventual descubrimiento o una mirada indiscreta. Juegan, actúan con pretendida exterioridad esa traición que los hiere: ¿quién empezó primero, él o ella?
Las escenas se repiten, se superponen con variaciones, y la trama se afirma: «No importa quién dio el primer paso», dice él. «Lo cierto es que ocurrió». El espectador, como ellos, ya no sabe de quién están hablando.
La música que elige Kar-wai, exótica para los oídos orientales, no guarda en cambio misterios de este lado del mundo: Nat King Cole, en español, canta «Te quiero, dijiste», «Quizás, quizás, quizás» y «Aquellos ojos verdes», antes y después de que la ambigüedad desaparezca por completo. Ya no son los otros, ni la mecánica de la seducción como un rito que no les pertenece y con el que juegan a apropiarse uno del otro. Quedan frente a frente. «No sabía que ibas a enamorarte de mí», dice ella. «Tampoco yo», dice él. «Sólo tenía curiosidad por saber cómo había empezado. Ahora lo sé.»
Ambientación
Los escenarios, de ambiente y encuadre, no pueden ser más adecuados a la intensidad del planteo inicial y sus posteriores mutaciones: recodos, pasillos, calles húmedas, una lámpara callejera azotada por la lluvia, el interior de un taxi, una habitación silenciosa y recatada donde se enfría la comida, el parloteo del salón contiguo donde juegan al mah-jong; un óvalo que recorta la pantalla en cada fragmento de la historia donde debería aparecer la esposa de Chow; primeros planos de la señora Chan cuando la voz de su esposo suena en un lejano fondo. Todo lo que les es ajeno se funde en lo vulgar, se aleja y despega de ellos. Y en el espacio de ellos, algunos planos parecen querer eternizarlos a través de la imagen fija.
En virtud de esa permanente elusión, de algunos pequeños saltos en el orden temporal, y de ese recato con el que la cámara de Kar-wai se mueve todo el tiempo, haciéndose cargo de la interioridad de sus personajes, el relato deja de ser poco a poco aproximativo y sofocante: se ha convertido en pasional.
El juego con el tiempo, finalmente, adquiere dos sentidos: el de la moral de aquella época y aquella sociedad, y el de la ética amatoria implícita al film. «Esa era ha pasado. Nada de lo que le pertenecía existe ya más», se lee en otra cita. «El recuerda aquellos años lejanos como si mirara a través de una ventana polvorienta. Y el pasado es algo que puede ser visto, pero no tocado. Y todo lo que ve es difuso, e indistinto.»
El secreto final, resuelto de una forma admirable, pertenece a esos grandes momentos del cine que sólo se dan muy de vez en cuando.




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