29 de marzo 2004 - 00:00
Deslumbra muestra de afiches rusos
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Afiche de Anton Lavinskii
Lenin descubre las posibilidades de comunicación directa tanto del cartel publicitario como del cine, sobre todo en una población mayoritariamente analfabeta, y de inmediato pone a los artistas al servicio del gobierno. Durante este idilio entre la modernidad y el estado surgen los mejores diseños.
La década del 20 está signada por los afiches que anuncian los films de Eisenstein, Vertov, Pudovkin, quienes con sus «montajes dinámicos» revolucionan el cine, arte de masas por excelencia. Los fascinantes carteles de los hermanos Steinberg, entre otros artistas, exhiben el uso creativo de la tipografía, la estética decó, la geometría dura o la vertiginosa superposición de imágenes de filiación dadá, que los tornan tan atractivos, actuales y en cierto modo, insuperables.
En 1928 el Partido Comunista critica a los intelectuales, los acusa de realizar obras demasiado complejas para las masas y comienzan las persecuciones. En la década del 30, la fecunda utopía revolucionaria llega a su fin. El rigor político de Stalin impone en los afiches el Realismo Socialista, estilo retórico y maximalista destinado a la propaganda política compulsiva y al culto exacerbado por los líderes del Partido.
Aunque los personajes de los carteles miran hacia el horizonte como si vislumbraran un futuro venturoso, el gesto, lejos de inspirar confianza en el porvenir resulta estereotipado.
De este modo, la muestra permite recorrer el prolongado anticlímax de la utopía, reflejado en la pérdida de los rasgos individuales, la estandarización de los ideales y consecuentemente, del estilo. Sin embargo, figuran unas pocas y raras excepciones, como el bellísimo afiche del film «Pasaron las grullas» (1957), que deja entrever la pasión y el sufrimiento del alma rusa.
O, con una impronta totalmente diferente, un afiche de 1961, «El espacio servirá a la gente», que muestra la imagen triunfante de Yuri Gagarin y celebra el lanzamiento del primer hombre al espacio, justo en el mismo año que se levanta el Muro de Berlín. La paradoja es que en 1993, el afiche del astronauta junto con su cápsula, sus manuscritos, documentos secretos del programa espacial y hasta una carta de Nikita Kruschev van a parar a Sotheby's y se rematan al mejor postor.
Al culminar la muestra dos carteles contemporáneos invitan a la reflexión. En el primero se lee el título del afiche: «Con caviar la vida es bella», escrito con relucientes huevas de caviar negro sobre un manto de caviar rosado. En el segundo, «No a las malas palabras», un rostro con los rasgos esquematizados tiene la boca cerrada con una cremallera. La imagen, rotunda, por cierto, más que una invitación a mejorar el vocabulario, en el contexto de esta exhibición cronológica, se percibe como un desliz inconsciente, remite a la idea del silencio obligado y de los efectos de la censura sistemáticamente infligida a la producción artística.




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