29 de marzo 2004 - 00:00

Deslumbra muestra de afiches rusos

Afiche de Anton Lavinskii
Afiche de Anton Lavinskii
En estos días, la importante exhibición «100 años de afiches rusos» que inauguró el Centro Cultural Recoleta y cierra el 11 de abril, permite descubrir el apogeo y la caída de un arte ligado a las vanguardias históricas y condicionado por un tempestuoso contexto sociopolítico. Sin embargo, sin catálogo y con la dificultad que implica el idioma, la impecable pero escasamente publicitada muestra de carteles rusos podría pasar inadvertida, perderse en ese curioso mix que presenta el Recoleta, donde se ven algunas propuestas interesantes pero también mediocres -y en mejores espacios-, además de las conmemoraciones de los organismos de Derechos Humanos.

La exposición se inicia con un gracioso anuncio de tabaco de fines del siglo XIX, en los años en que Toulouse Lautrec conmovió al mundo con su afiche del Moulin Rouge, y lo que sucedía en París tenía repercusión casi inmediata en Moscú y San Petersburgo. Al despuntar el siglo XX, cuando se popularizan los afiches comerciales y recreativos, los artistas rusos ya tenían acceso a las revistas de arte y a las excelentes colecciones privadas donde abundaban las obras de Picasso, Matisse o Cézanne.

En 1909, el manifiesto futurista de Marinetti, que sintetiza el avance del progreso, se publica casi simultáneamente en París y en Moscú y desencadena un entusiasmo que desborda el fervor puramente artístico. Un afiche pacifista, «Ayuda a las víctimas de la guerra» (1914) de Pasternak, padre del escritor, suscita un entusiasmo hasta entonces desconocido. Pegado en las calles de Moscú, el cartel convoca multitudes y durante la Primera Guerra se venden miles de tarjetas con esta imagen. Y lo mismo ocurre con «¡Patriamadre llama!» de Toidze, orientado a inflamar sentimientos patrióticos.

En 1915, en el clima de efervescencia cultural que acompaña el desarrollo de la industria, se inaugura la célebre «Ultima exposición futurista:0,10», donde Malevich y Tatlin se distancian del futurismo y abren nuevos rumbos para el arte abstracto. Malevich a través de la «supremacía de la sensación pura», y Tatlin, creador del constructivismo, con objetos ajenos a todo lirismo, acordes con el mundo tecnificado, estética que con la revolución de octubre de 1917 recibe un reconocimiento estatal sin retaceos.

Lenin
descubre las posibilidades de comunicación directa tanto del cartel publicitario como del cine, sobre todo en una población mayoritariamente analfabeta, y de inmediato pone a los artistas al servicio del gobierno. Durante este idilio entre la modernidad y el estado surgen los mejores diseños.

• Ambición

Si bien algunos artistas, como entre otros Malevich, Talin y Kandinsky, toman distancia de la figuración y el afán propagandístico, Rodchenko, director de la Facultad de Arte Industrial de Moscú, autor del Manifiesto Productivista y el clásico constructivismo gráfico, utiliza en sus obras los textos del poeta Maiakovski conquien comparte la ambición de integrar el arte a la vida. Como en la Bauhaus, los artistas diseñan afiches, escenografías, muebles, tejidos y todo tipo de objetos de uso cotidiano.

La década del 20 está signada por los afiches que anuncian los films de
Eisenstein, Vertov, Pudovkin, quienes con sus «montajes dinámicos» revolucionan el cine, arte de masas por excelencia. Los fascinantes carteles de los hermanos Steinberg, entre otros artistas, exhiben el uso creativo de la tipografía, la estética decó, la geometría dura o la vertiginosa superposición de imágenes de filiación dadá, que los tornan tan atractivos, actuales y en cierto modo, insuperables.

En 1928 el Partido Comunista critica a los intelectuales, los acusa de realizar obras demasiado complejas para las masas y comienzan las persecuciones. En la década del 30, la fecunda utopía revolucionaria llega a su fin. El rigor político de
Stalin impone en los afiches el Realismo Socialista, estilo retórico y maximalista destinado a la propaganda política compulsiva y al culto exacerbado por los líderes del Partido.

Aunque los personajes de los carteles miran hacia el horizonte como si vislumbraran un futuro venturoso, el gesto, lejos de inspirar confianza en el porvenir resulta estereotipado.

De este modo, la muestra permite recorrer el prolongado anticlímax de la utopía, reflejado en la pérdida de los rasgos individuales, la estandarización de los ideales y consecuentemente, del estilo. Sin embargo, figuran unas pocas y raras excepciones, como el bellísimo afiche del film
«Pasaron las grullas» (1957), que deja entrever la pasión y el sufrimiento del alma rusa.

O, con una impronta totalmente diferente, un afiche de 1961,
«El espacio servirá a la gente», que muestra la imagen triunfante de Yuri Gagarin y celebra el lanzamiento del primer hombre al espacio, justo en el mismo año que se levanta el Muro de Berlín. La paradoja es que en 1993, el afiche del astronauta junto con su cápsula, sus manuscritos, documentos secretos del programa espacial y hasta una carta de Nikita Kruschev van a parar a Sotheby's y se rematan al mejor postor.

Al culminar la muestra dos carteles contemporáneos invitan a la reflexión. En el primero se lee el título del afiche:
«Con caviar la vida es bella», escrito con relucientes huevas de caviar negro sobre un manto de caviar rosado. En el segundo, «No a las malas palabras», un rostro con los rasgos esquematizados tiene la boca cerrada con una cremallera. La imagen, rotunda, por cierto, más que una invitación a mejorar el vocabulario, en el contexto de esta exhibición cronológica, se percibe como un desliz inconsciente, remite a la idea del silencio obligado y de los efectos de la censura sistemáticamente infligida a la producción artística.

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