Digno final de una historia atrapante

Espectáculos

«La mejor juventud», segunda parte (La meglio gioventú, Italia., 2003, habl. en italiano). Dir.: M.T. Giordana. Guión: S. Petraglia, S. Rulli. Int.: L. Lo Cascio, A. Boni, A. Asti, F. Gifoni, S. Bergamasco, M. Sansa, V. Carnelutti.

Ya vista alguna lejana y única vez por un canal de cable, semanas atrás se estrenó en salas de cine la primera mitad de esta atrapante historia de una familia italiana que poco tiene que envidiarle a las más publicitadas «Heimat» y «Novecento». Ahora se estrena la segunda y última parte, con iguales méritos que la anterior, pero más emotiva, y con un final gratamente luminoso.

Como se recordará, el film se abría en 1966, contando, de forma sencilla y cálida, la historia de dos hermanos, uno médico y el otro policía, sus hermanas, sus amigos, y mujeres, en especial una chica encerrada en un manicomio, otra relacionada con el policía, y una tercera, muy despierta, unida al médico en época de estudiantes izquierdosos. El momento más dramático era entonces la muerte del padre, que había estado ocultando su enfermedad, y el más feliz, el casamiento de la hermana menor. De trasfondo resonaban el '68, la inundación de Florencia, las bestialidades de los ultras de Turín, la lucha contra la mafia siciliana, la reestructuración de los psiquiátricos, los primeros juicios por contaminación del medio ambiente, el surgimiento de las Brigadas Rosas, y la reestructuración industrial.

La segunda parte se abre en 1982, año en que Italia gana el Mundial, pero, en este caso, año en que reaparece la ahora ex esposa del médico, ya convertida en terrorista de izquierda, queriendo ver su hijita. Que no la reconoce, y que más tarde, cuando la reconozca, será para odiarla. Al mismo tiempo quieren matar al cuñado economista, que desde el gobierno impulsa la transparencia bursátil, y el policía siente tocar los límites dentro de sí mismo, encerrado como está en el orden y la seguridad de un organismo, un poco para ayudar a la sociedad, pero también mucho por miedo al desorden cotidiano de la sociedad. No corresponde anticipar más nada, sino apenas decir que esta vez la acción incluye escenas en el Coliseo, la cárcel de Spoleto, Palermo (la hermana mayor ahora es jueza), Toscana, y Noruega. Y que, así como al comienzo del relato un viejo profesor decía a sus alumnos que «Italia es un lugar bello e inútil, destinado a la muerte», los impulsaba a irse, y se quedaba en su encierro escolástico («Yo soy uno de los dinosaurios a destruir»), en cambio el desenlace viene sin ningún encierro, en una Italia Eterna, donde todo tiene sentido y luce hermoso, y todos los que aún mantienen el testimonio familiar se sienten, si no felices, plenos.

A diferencia de «Novecento», cabe aclarar, no pesa acá el gran relato ideológico con personajes arquetípicos en la épica formación de la Italia de la primera mitad del Siglo XX. Lo que hay, es simplemente un relato con gente como cualquier otra, que ha vivido la segunda mitad del mismo siglo. Gente reconocible, creíble, querible, que desde su «historia pequeña» comunica emociones, confusiones, testimonios, cariño. Cada parte dura como tres horas, pero, la verdad, al final dan ganas de seguir mirando. Unico defecto destacable: los protagonistas son todos demasiado carilindos.

P.S.

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