3 de mayo 2001 - 00:00

Disfrutable, si se ve sin apuro

Relato de intención chejoviana, como lo confirma su dedicato ria final, ambientado en un calmo pueblo serrano por un director que se toma su tiempo, «Nubes de mayo» contiene ciertos placeres menores y eternos del cine. Lo sensorial de las imágenes, por ejemplo, que hacen sentir hasta la languidez de estar tirado a la vera del camino, mirando una tortuga que pasa...
Obra de provinciana poesía, para ser contemplada sin apuros, su historia es mínima. Simplemente, un joven cineasta vuelve a su tierra, procurando que sus padres actúen en un film suyo. Pero el viejo está más atento a la posible visita de unos inspectores forestales, a causa de la propiedad veinteañal de un bosque que el gobierno quiere talar. También tienen lo suyo la madre, un viejo amigo, y un niño obligado a llevar consigo un huevo durante 40 días, sin romperlo, si quiere que le regalen un reloj musical. Pero ninguno de esos problemas resulta demasiado terrible. Ni siquiera el del joven visitante, en su pretensión de trabajar con no profesionales, que al final sólo le ocasionan mayores gastos.

Sólo se trata de brochazos de vida, que cada tanto alcanzan cierto lirismo (por ejemplo, los retratos de los padres en el campo), o conquistan la simpatía del espectador (la aventura del chico llevando una canasta de tomates, episodio pequeño y, sin embargo, memorable), y terminan sugiriendo algunas consideraciones, acerca de cada personaje, y del verdadero papel del cine, como registro, y como intromisión. Dicho sea como de paso, «Nubes de mayo» (también traducible como «Ansiedades de mayo») reproduce las vicisitudes de rodaje de «Kasaba», una película anterior del mismo autor, Nure Bilge Ceylan. No es necesario saber esto.

Pero, sabiéndolo, podrá advertirse un poco más eso de la intromisión del cine, y el artificio de ciertas escenas «reales». Acá también hay algo de eso, cuando se logra un clima bucólico, muy hermoso, en una escena donde los pájaros cantan abundantemente en plena tarde (una hora en que, cualquiera lo sabe, los pájaros más bien permanecen callados).

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