9 de junio 2005 - 00:00

Disfunciones que ni la terapia arregla

CristinaBanegas sabelucirse como lamadre algomás quenegadora de«Géminis»,uno de esosfilmsargentinos quedesarrollanuna historia deincesto segúnel discursosocial demoda.
Cristina Banegas sabe lucirse como la madre algo más que negadora de «Géminis», uno de esos films argentinos que desarrollan una historia de incesto según el discurso social de moda.
«Géminis» (Argentina-Francia, 2005, habl. en español). Dir.: A. Carri. Guión: A. Carri, S. Giralt. Int.: .: C. Banegas, D. Fanego, M. Abadi, L. Escariz, B. Spelzini, J. Zilberberg, S. Bayle, D. Ramonda, V. Tellas.

Cada tanto el cine argentino desarrolla alguna historia de incestos, siempre según el discurso social de moda. Así, la que ahora vemos no transcurre en aislados ambientes rurales, ni pinta obsesiones capaces de llegar al asesinato o cosas parecidas, como «Sendas cruzadas» o «El último perro», por ejemplo, sino que -de acuerdo con la narrativa actual-se ambienta entre personas bien instaladas de una linda zona urbana, que no sabemos de qué viven, pero sí que bien viven, cuánto tiempo libre tienen, y cuánto espacio vacío les queda en la azotea para pensar pavadas y encima decirlas.

En este caso, los incestuosos son dos hermanos tardoadolescentes, aburridos, y caracúlicos (solo sonríen entre ellos, y no siempre), que no tienen otra cosa que hacer, ni tampoco sabrían hacerla, pero saben a quién echarle la culpa. Completan la familia un hermano también antipático casado con una española idem, probablemente hija de argentinos (que no aparecen porque, según referencia al pasar, quizá guarden mal recuerdo de «aquella época»), un padre débil entretenido en mirar el cielo por si pasa un satélite, pero siempre es un avión, una abuela criticona que por suerte vive en otro lado, y, sobre todo, una madre, que en verdad no completa la familia, sino más bien la abarca, diseña sus actividades (al parecer es diseñadora de interiores, o tiene ese hobby), critica a los de afuera, y sigue viendo a los hijos como si todavía fueran nenes consentidos y malhumorados en día de lluvia.

Hasta que un día, hacia el final de la película, realmente los ve. Curiosa inversión, al revés de la famosa escena (plato de picoanalistas) del hijo que ve a los padres en la cama, ahora la madre ve a los hijos. Y se desata algo rarísimo, una mezcla de tragedia griega en sordina con ridiculez bienuda, de encuadres apretados, de esos que cortan cabezas, mientras la mujer en vez de cortarles las cabezas a los transgresores, o darles unos esperados sopapos, grita sin articular palabras, se ahoga, los abraza, propone un brindis, y uno piensa que se volvió loca. En fin, ya desde el comienzo había unos datos como para sospecharle cierta endeblez mental detrás de su apariencia fuerte, por decirlo de un modo amable. Lo que pasa después, difícilmente se arregle con una terapia familiar, pero es bien redondito, bastante amargo. «Cría buitres», decía la vieja.

Cristina Banegas (la madre) y Beatriz Spelzini (su hermana) saben lucirse, la música de Edgardo Rudnitzky está bien puesta, y los paneos de cámara permiten apreciar lindos interiores (y olvidar una discutible toma subjetiva, o un raro accidente con plano noche de un lado, y plano alba del otro). Se aprecia también cierto crecimiento de la directora respecto a su opera prima «No quiero volver a casa», otra sobre familias disfuncionales donde predominan el egoísmo, la viga en el ojo propio, y el desabrido cumplimiento de las formas aunque nadie se quiera. Pero eso es todo. Nada que ver con «La ciénaga», como por ahí se dijo. Ni menos con «Siglinda» o «Adiós, hermano cruel», que, dicho sea de paso, siguen sin aparecer en video.

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