9 de febrero 2004 - 00:00

Distéfano: arte y crueldad tras las huellas de Bacon

Distéfano: arte y crueldad tras las huellas de Bacon
L a Secretaría de Cultura de la ciudad de Neuquén ha resuelto proponerle a Juan Carlos Distéfano que exponga su obra como invitado de honor, en la próxima Bienal Internacional de Arte, en setiembre de este año. A propósito de esta invitación a un hombre que basa su arte en el horror de la vida cotidiana, vale la pena detenerse en la noción de Belleza como propiedad y finalidad exclusivas del arte. Esta noción hizo un largo camino de dos milenios, y pensadores y artistas acuñaron centenares de acepciones de lo Bello, sin ponerse de acuerdo casi siempre, salvo en un aspecto: la Belleza, tanto la del paisaje natural como la del paisaje humano, corresponde a la perfección suma, al orden absoluto, y es enemiga de lo ambiguo. Hubo algunos rebeldes: el holandés Hyeronimus Bosch, que en la segunda mitad del siglo XV urdió alegorías profanas con sus visiones audaces y tremendas de una humanidad desquiciada, según lo expresa en «Los siete pecados capitales» o en «El Juicio Final»; su heredero, Bruegel el viejo, fue un flamenco que en el XVI enfatizó la pequeñez y la crueldad humanas frente a una Naturaleza ajena e impasible; y el francés Jacques Callot, del primer tercio del XVII, cuya serie de grabados «Miserias de la Guerra» son espasmos de horror. Acaso debamos sumar a la lista las delirantes figuraciones de Giuseppe Arcimboldo (siglo XVI) y las punzantes caricaturas de Agostino Carracci (siglo XVII).

•Románticos

Los románticos, con su devoción por lo irracional, lo misterioso, lo patético, lo velado, lo subjetivo y lo multiforme, empiezan a modificar el ideal de la Belleza, aunque sin renunciar a él. Pero la pintura romántica no asumió estas coordenadas: fue una pintura discursiva, más ceñida a la composición y al color, el trazo desbordante y la imagen ardorosa, que a los hondos significados. Así, hay más comunicatividad en los retratos de insanos de Géricault que en sus escenas militares o en las representaciones históricas y mitológicas pintadas por Delacroix.

No sólo en su poesía se alzó Charles Baudelaire contra la idealización de la Belleza, sino que hizo de este rechazo el principio de sus visionarios ensayos estéticos. Importa recordar que Baudelaire elaboró sus poesías y teorías en los umbrales de la era industrial y técnica, si acaso podemos separar ambos dominios. Su fondo trágico, amargo, melancólico, se vio robustecido por aquel acontecimiento que iba a modificar el curso de la historia y que él previó, anticipándose en un siglo a los filósofos y artistas de la postmodernidad. Baudelaire hablaba de un tejido de horrores: guerras, destrucciones, torturas, miseria. Ochenta años después, Auschwitz e Hiroshima le daban, desde la sinrazón, la razón para no mencionar el arrasamiento de la Naturaleza, las urbes congestionadas y superpobladas, las nuevas endemias y el crecimiento del atraso, en los tiempos del avance, destacado y destacable, de la informática, las telecomunicaciones, la biología y la medicina.

Pero hay que esperar a la segunda oleada de los expresionistas, en la década del '20, para tener un esbozo, sobre todo pictórico, del espanto en el arte: es que Alemania acababa de salir vencida de una contienda librada en Europa y se encaminaba hacia el imperio del nazismo. Sin embargo, sólo después de otra guerra y en medio de la amenaza atómica, el discurso de lo siniestro embebe las obras de arte con mayor intensidad: Dubuffet, Bacon, los miembros del Grupo CoBrA, y sus herederos los neofigurativos, traducirán ese mundo desquiciado, uniendo en una sola pulsión -y ésa es su nota distintiva-el horror sufrido y el ejercido. El suyo es, si se quiere, un arte apocalíptico, aunque en sentido secular y no religioso.

Francis Bacon
(Dublin 1909 - Madrid 1992), es uno de los grandes ejemplos del horror en el arte. Fue un pintor figurativo, que utilizaba materias tradicionales: óleos y telas. Pero su obra nada tiene de tradicional, y su figuración nada tiene de naturalista. Desdeñaba el arte abstracto, por considerarlo únicamente interesado en la belleza de sus signos y sus formas. Entendía que el arte es registro, es información de la realidad, abarcada desde los sentimientos y las tensiones del artista. Porque la realidad ocasiona en el artista, decía, zonas vastas de emoción indisciplinada, que no debe ocultar o disimular sino revelar y difundir. Su pintura es un acto de expulsión, un conflicto entre el instinto y el orden, que Bacon resolvía a favor del primero. Los seres humanos que habitan sus telas están siempre solos; salvo excepciones, se encuentran sentados dentro de unas especies de jaulas, como prisioneros en una cárcel, o desnudos, como pacientes en un quirófano.

Bacon
se introduce bajo la piel de los individuos, para destruir su apariencia superficial y revelar cómo son. Y así los muestra inseguros, variables, atemorizados, terroríficos, sometidos; por eso resultan contrahechos, incompletos, sin razón de ser, muertos en vida. Estos rostros y cuerpos encarnizados, distorsionados, mutilados, estos espectros, estos despojos, sufren o imparten el horror, y lo comunican a los observadores, hombres como ellos, y presas -como ellos-de las atrocidades del mundo y la sociedad.

•Lo siniestro

Hacia 1951, Bacon realizó tres versiones del famoso retrato del Papa Inocencio X, pintado por Velázquez en 1650. La comparación de estos óleos sirve para explicarnos el giro copernicano del arte, desde la Belleza en lucha con el pavor hasta el pavor en lucha con la Belleza. En la tela de Velázquez, Inocencio tiene una expresión delicada y apacible; está sentado en un sillón, y el pintor ha destacado la capa purpúrea del sacerdote sobre su hábito blanco. Tres siglos después, Bacon reinterpreta a Velázquez: ahora, el Papa de sus óleos es un fantasma nervioso y convulso, encerrado en un cubículo de cristal, la desmesurada boca abierta en un grito que parece interminable, y que marca a estas obras con el sello de lo siniestro.

Al caso de
Bacon y su exitosapareja, el pintor inglés Lucien Freud, queremos sumar el del argentino Juan Carlos Distéfano. Sus esculturas en poliéster son también agónicas visiones del hombre contemporáneo. Artista de refinada maestría, Distéfano parte de ella, como Bacon, para denotar mejor la crueldad y la indefensión humanas, dos caras de una sola moneda. Seres y fragmentos de seres aparecen sorprendidos en actitudes de la vida cotidiana pero esa vida ordinaria es obra de la incertidumbre, del escarnio, del dolor. Las imágenes del terror desfilan por los diarios y pueden ser vistas en directo por la televisión. Hacer arte con el terror es entonces hacer arte con los elementos cotidianos. Pero, sólo el arte, como el de Bacon o Distéfano, es capaz de irrumpir en una memoria colectiva que ha terminado por aceptar lo siniestro y lo monstruoso, para devolverla a su obstinada batalla contra el despotismo del horror y el terror.

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