30 de mayo 2002 - 00:00

Dolores Zorreguieta, próxima al horror, lejos del glamour

Dolores Zorreguieta (hermana de Máxima, la princesa holandesa estos días de visita en el país) se graduó en la Escuela de Bellas Artes «Prilidiano Pueyrredón» en 1987. Hizo cursos de postgrado en Nueva York en Mac Learning Center; Bronx Museum of Arts y en la New York University. Ha realizado muestras individuales y colectivas en Buenos Aires y en Nueva York, donde reside desde 1991.

Sus obras nos enfrentan con una mirada de la infancia sobre el mundo de los adultos en una visión exacerbada por el terror y la presencia inquietante de formas agresivas. En su trabajo actual, que se presenta en el Museo Nacional de Bellas Artes, extiende las fronteras de la pintura, apelando a la fotografía y al collage, generando nuevas texturas. Su discurso como lo expresa ella misma es una forma de pensar un duelo, un intento patético y también ridículo para evitar el dolor y tapar las heridas.

Nuevos caminos

La obra de Zorreguieta se inserta en el Neoconceptualismo, que a partir de los '80, reelabora muchas de las propuestas de la tendencia original, con el uso de la tecnología y la permanente experimentación como ejes fundamentales. El conceptualismo inauguró el discurso artístico que ejemplificó las contradicciones de la Modernidad y desarrolló, a su vez, nuevos caminos para la indagación sobre el arte y sus funciones. La huella conceptual gestó una nueva actitud artística, que hoy -más allá de diferencias formales- se manifiesta con el afianzamiento de la diversidad. La alianza del arte y la tecnología ha continuado avanzando con el videoarte, el digital y el infoarte, que se asocian, además, a instalaciones y performances que se mutiplican.

El género de las instalaciones, que se inició en la década del '70 y se afianzó en los '90, es el resultado y proyección de las sucesivas transformaciones asumidas por el arte de vanguardia desde comienzos del siglo XX. La instalación se nos aparece como una disolución/superación de las formas tradicionales. La interacción con lo espacial puede ser llevada a extremos desconocidos por medio de la realidad virtual, y las nuevas tecnologías. Gobernadas por computadoras, algunas de estas instalaciones, como lo indica su nombre, permiten crear escenarios muy particulares, con el uso de sensores, estereofonía, fibra óptica y video.

Las instalaciones autorreferenciales de Zorreguieta materializan sus angustias: «El fondo del corazón parece a veces nada más que una herida sin curar. Quizás nuestra vida no sea otra cosa que un duelo solitario entre nosotros y esa herida persistente», dice la artista. Algunas de sus últimas obras como «A través de la herida», «El cuerpo herido», o «La mujer-saco» están recorridas por la violencia centrada en las heridas más profundas y primarias.

En su trabajo, la lucha cotidiana adquiere un tono obsesivo, de pesadilla, que sugiere un permanente peligro. El discurso está ligado a los terrores latentes del hombre contemporáneo, acerca de su integridad frente a las amenazas del entorno. No es casualidad que la artista haya elegido Nueva York como lugar de residencia, paradigmática por sus distintos tipos de violencia social, informativa y tecnológica. Arte de la performance es, ante todo, una reivindicación: la del cuerpo humano.

Culto al cuerpo

La historia del arte fue la historia del cuerpo como hecho ajeno, aun en los autorretratos. Si el cuerpo rendía culto a las potencias y divinidades, el arte pasó a rendir culto al cuerpo, transformado en potencia y divinidad de la pintura y la escultura. Si el cuerpo era el que comunicaba, los artistas se lanzaron a comunicar el arte con el cuerpo. Fue preciso aguardar a los cubistas, a comienzos del siglo XX para que la imagen pictórica y escultórica del cuerpo empezara a ser desestabilizada, impugnada. Se inicia con los happenings y los assemblages, y se continúa con el body-art. Pero hace ya varias décadas surgió la performance para recobrar el cuerpo como hecho propio, al cabo de la extensa batalla librada para despojar al arte de su ilusoriedad.

Descubrir el cuerpo, en todos los sentidos de la palabra, es función de la performance. Pero el artista que descubre su cuerpo, lo descubre para los demás, a la vez que descubre el cuerpo de cada uno de los que presencian su acción. El cuerpo deviene en evidencia, en prueba: es, si así se permite metaforizarlo, el cuerpo del delito, porque a menudo es un delito, para los académicos, desacatar las normas del «buen arte». El artista de la performance no «representa» sino «presenta»; no «encarna» un papel sino se «encarna» (nunca mejor empleado el verbo) a sí dentro de sí. No sustituye a nadie ni pretende ofrecer un símil de la realidad.

En los '90, con una «cultura del cuerpo» que lo valoriza por sí mismo como objeto, un objeto al que la cirugía (no en vano denominada «estética») debe preservar de toda alteración física o producida por la edad, la performance ha venido a ser una suerte de contra-cultura. Si hace cuatro décadas rescataba al cuerpo idealizado por las artes tradicionales, ahora rescata al cuerpo idealizado por las prácticas sociales.
Fausto vende su alma al Diablo: hoy lo que se vende, y no al diablo sino al mito y la leyenda, es el cuerpo. El arte de la performance está aquí para recordarlo.

Zorreguieta
ha sido distinguida recientemente con el premio anual de la New York Foundation for the Arts, por un video digital en el que aparece ella en un solero armado con curitas. «Es una relación de ida y vuelta» -asegura Charly Berwick, crítica de «Art News»-. «Mientras la moda invade el ámbito de los museos, los artistas van a las tiendas, creando una simbiosis muy interesante, que hoy es particularmente fuerte.»
Según Zorreguieta, muchos artistas se han volcado al vestido como forma de expresión «porque es una muy buena metáfora para retratar distintos aspectos de la experiencia, casi una herramienta surrealista para explorar la humanidad».

«Mi trabajo se centra en las heridas causadas en una edad temprana y esa especie de negociación que mantenemos a lo largo del tiempo entre nosotros y el dolor»
. Lejos del cuento de hadas de Máxima, el video premiado es muy fuerte: «Se trata de una performance donde me pongo el traje de curitas limpio para que absorba la sangre de las heridas en lo que termina siendo una sesión terapéutica. Lo interesante es que el espectador no sabe si la herida a la que me refiero es emocional, o si verdaderamente estoy hablando del abuso, la violencia y la lucha social», expresó la artista.

Zorreguieta
también fue distinguida como Artista del año, por la Franklin Furnace de Nueva York (1995).

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