30 de mayo 2002 - 00:00
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En su trabajo, la lucha cotidiana adquiere un tono obsesivo, de pesadilla, que sugiere un permanente peligro. El discurso está ligado a los terrores latentes del hombre contemporáneo, acerca de su integridad frente a las amenazas del entorno. No es casualidad que la artista haya elegido Nueva York como lugar de residencia, paradigmática por sus distintos tipos de violencia social, informativa y tecnológica. Arte de la performance es, ante todo, una reivindicación: la del cuerpo humano.
Culto al cuerpo
La historia del arte fue la historia del cuerpo como hecho ajeno, aun en los autorretratos. Si el cuerpo rendía culto a las potencias y divinidades, el arte pasó a rendir culto al cuerpo, transformado en potencia y divinidad de la pintura y la escultura. Si el cuerpo era el que comunicaba, los artistas se lanzaron a comunicar el arte con el cuerpo. Fue preciso aguardar a los cubistas, a comienzos del siglo XX para que la imagen pictórica y escultórica del cuerpo empezara a ser desestabilizada, impugnada. Se inicia con los happenings y los assemblages, y se continúa con el body-art. Pero hace ya varias décadas surgió la performance para recobrar el cuerpo como hecho propio, al cabo de la extensa batalla librada para despojar al arte de su ilusoriedad.
Descubrir el cuerpo, en todos los sentidos de la palabra, es función de la performance. Pero el artista que descubre su cuerpo, lo descubre para los demás, a la vez que descubre el cuerpo de cada uno de los que presencian su acción. El cuerpo deviene en evidencia, en prueba: es, si así se permite metaforizarlo, el cuerpo del delito, porque a menudo es un delito, para los académicos, desacatar las normas del «buen arte». El artista de la performance no «representa» sino «presenta»; no «encarna» un papel sino se «encarna» (nunca mejor empleado el verbo) a sí dentro de sí. No sustituye a nadie ni pretende ofrecer un símil de la realidad.
En los '90, con una «cultura del cuerpo» que lo valoriza por sí mismo como objeto, un objeto al que la cirugía (no en vano denominada «estética») debe preservar de toda alteración física o producida por la edad, la performance ha venido a ser una suerte de contra-cultura. Si hace cuatro décadas rescataba al cuerpo idealizado por las artes tradicionales, ahora rescata al cuerpo idealizado por las prácticas sociales. Fausto vende su alma al Diablo: hoy lo que se vende, y no al diablo sino al mito y la leyenda, es el cuerpo. El arte de la performance está aquí para recordarlo.
Zorreguieta ha sido distinguida recientemente con el premio anual de la New York Foundation for the Arts, por un video digital en el que aparece ella en un solero armado con curitas. «Es una relación de ida y vuelta» -asegura Charly Berwick, crítica de «Art News»-. «Mientras la moda invade el ámbito de los museos, los artistas van a las tiendas, creando una simbiosis muy interesante, que hoy es particularmente fuerte.»
Según Zorreguieta, muchos artistas se han volcado al vestido como forma de expresión «porque es una muy buena metáfora para retratar distintos aspectos de la experiencia, casi una herramienta surrealista para explorar la humanidad».
«Mi trabajo se centra en las heridas causadas en una edad temprana y esa especie de negociación que mantenemos a lo largo del tiempo entre nosotros y el dolor». Lejos del cuento de hadas de Máxima, el video premiado es muy fuerte: «Se trata de una performance donde me pongo el traje de curitas limpio para que absorba la sangre de las heridas en lo que termina siendo una sesión terapéutica. Lo interesante es que el espectador no sabe si la herida a la que me refiero es emocional, o si verdaderamente estoy hablando del abuso, la violencia y la lucha social», expresó la artista.
Zorreguieta también fue distinguida como Artista del año, por la Franklin Furnace de Nueva York (1995).



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