La ciudad caótica y desordenada, inundada de carteles publicitarios, contrasta en muestra de Alberto Goldenstein con fotografías de estatuas antiguas y recoletas.
El viernes, en el Centro Cultural Recoleta, se inaugurarán oficialmente los XIII Encuentros Abiertos de Fotografía en el marco del Festival de la Luz 2004, manifestación a la que durante la semana adherirán museos, fundaciones y galerías de todo el país. Este inmenso despliegue de más de 250 exposiciones subraya el interés que suscita una disciplina que, desde mediados del siglo XIX hasta hoy, continúa en permanente evolución y es cada vez más utilizada como expresión artística.
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La movida incluye conferencias, concursos, intervenciones urbanas, portfolios y exhibiciones de fotografías y videos (como técnica afín) de artistas noveles y consagrados, argentinos y extranjeros, que permitirán explorar y cotejar el complejo y diverso panorama de procedimientos, estilos y niveles de calidad vigentes.
Hace unos días, la galería Ruth Benzacar presentó « Flaneur» de Alberto Goldenstein, muestra que brinda la oportunidad de evaluar el aporte de una mirada inteligente y a la vez sensible que se desplaza por Buenos Aires. Las fotografías de Goldenstein, curador y docente del Centro Cultural Rojas, ostentan, más allá de sus cualidades intrínsecas, una condición didáctica. «Una pintura, ya ésta sea buena o mala, y en cualquier situación -exhibida en un museo o abandonada en un contenedor de deshechos- siempre genera la idea de arte» explica Goldenstein. «Una foto sin contexto, en cambio, no se sabe con certeza qué cosa es. ¿Un paisaje desenfocado es una imagen fallida de un turista, o la obra de un experimentado fotógrafo? O bien, ¿un recuerdo personal enmarcado o una pieza conceptual?».
Hoy, en medio de la maraña de imágenes que nos avasallan, resulta un verdadero desafío distinguir cuál es producto de la creatividad. En este caso, el status artístico de la muestra queda en evidencia no tanto por las habilidades técnicas que despliega, sino más bien por las sensaciones estéticas y las reflexiones que suscita. La exposición se abre con imágenes de varias estatuas de nuestros próceres, con el gesto lírico de Monteagudo, con la seguridad confiada de Saavedra que apoya sus manos en un sable, con la figura de Vieytes custodiada por un ángel.
A ese universo sólido del bronce que habla del pasado, se contraponen las imágenes de la realidad que los circunda, de una ciudad caótica y desordenada, inundada de carteles publicitarios con colores chillones que van desde una escuela de secundario para adultos, pasando por los fast food y las paradas de colectivos hasta las marcas de zapatillas.
Este mundo enajenado se resume en la imagen de unos hombres desencajados, que caminan por la calle Florida gesticulando, hablando solos.
Tan dislocada resulta esa imagen como la de «El pensador» de Rodin en la plaza del Congreso, o la fuente de las Nereidas encerrada en la helada cápsula de plástico que la protege del vandalismo. Sin embargo, rescatada por el ojo entrenado del fotógrafo, además del horror está la belleza. Hay una vista casi metafísica de Diagonal Norte al amanecer y unas estatuas elocuentes, enmarcadas por la arboleda; hay una serie dedicada a las vertiginosas cumbres de los nuevos edificios recortados sobre el cielo, y otra a la sobria elegancia porteña.
Están los poéticos faroles franceses en una Costanera sólo habitada por la calma de los pescadores, y un inmenso rectángulo de sombra que se proyecta sobre el Río y se abre como un interrogante. En suma, una muestra que se distancia mucho de la toma casual y que ayuda a discriminar el sentido de la obra de arte.
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