Duville: idílicas imágenes de un mundo en destrucción

Espectáculos

Si los artistas vuelven «exterior lo interior», si acaso sin proponérselo reflejan en sus obras la situación del mundo en que viven, vale la pena internarse en las pinturas que el joven Matías Duville exhibe en estos días en la galería Alberto Sendrós. Las obras muestran un idílico universo que se destruye.

En las inmensas dimensiones de unas maderas rústicas de construcción, y con la inocente apariencia de unos paisajes que parecen extraídos de los libros de cuentos infantiles, Duville pinta casitas de leñadores en medio de un bosque nevado que luego destruye con saña clavándoles un buril.

Al internarse en la muestra, esas imágenes lastimadas que a simple vista parecían bucólicas, comienzan a resquebrajarse. Unos pajarracos negros aparecen como mensajes siniestros, luego, se vislumbran los destrozos de una avalancha de nieve, árboles secos que se caen, zonas amenazadas por la inundación y por los tornados. Si se observan con detenimiento, los bellos escenarios se van convirtiendo poco a poco en parques temáticos de la destrucción. Sin perder la cualidad distanciada de la ficción, recurso que aleja al artista del sufriente neoexpresionismo, las obras muestran el proceso de devastación.

Duville es heredero del estilo directo y del trazo rápido y firme que llega al arte con Van Gogh y de sus sucesores expresionistas, pero su discurso no se escucha como una denuncia ni como una queja. Hay detalles, como las tonalidades blanquecinas típicas de las figuritas infantiles, que acentúan el carácter de fábula que ostenta la obra. El artista es dueño de un rico imaginario y despliega en los cuadros sus fantasías, pero al espectador le resulta imposible dejar de tener en cuenta que sus visiones se condicen con la realidad. Así, la obra ostenta una ambigüedad entre la energía del gesto vital y la quietud helada de la ilustración, entre lo real y lo ilusorio, y entre la perfección de lo que podría ser y la ruina en que se ha convertido un paisaje de ensueño. Y en esta ambigüedad reside el mayor interés de una exposición que se vale de los aspectos más engañosos e imprecisos de las cosas, para mostrar una inquietante cosmovisión del mundo actual. Si hoy las imágenes con su flujo permanente han perdido el poder de conmover, si «no pretenden hablar a las facultades de percepción y de inteligencia», acaso las de Duville -como aclara Luis Felipe Noé en su imperdible libro «Noescritos» citando a Karl Schwedhelm-, apuntan «directamente a los estratos subconscientes de la persona». En suma, algo que está mal y la imagen funciona como un juego de acertijos visuales, la duda queda flotando en la mente del espectador.

Quienes conocen la trayectoria de Duville pueden reconoceren la obra actual una pequeñacasa de madera aglomerada que exhibió hace unos años al finalizar la beca Kuitka del Centro Cultural Rojas, y pueden, también, constatar que el artista ha alcanzado la madurez. En un país dónde ya no existe un lugar para que nuestros jóvenes aprendan a ser artistas, su historia es casi privilegiada. Nacido en 1974, fue alumno de Jorge Macchi, becario del programa de talleres de Kuitca y participó este año de una residencia para artistas en Italia; ha tenido exposiciones individuales en la galería Baro Cruz de San Pablo y el MUSAC de España, y colectivas en Santiago de Chile, Sevilla, Valencia y Houston.

La muestra está acompañada por un excelente catálogo bilingüe con prólogo de Victoria Noorthoorn, y el texto «Una temporada en Patmos» que le dedica Jorge Macchi. La publicación reúne gran parte de las obras del artista que están en colecciones privadas y recorre una breve pero ascendente trayectoria que se inicia en 1998, cuando se gradúa como profesor de Artes Visuales en la Escuela Martín Malharro de Mar del Plata.

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