Son múltiples las imágenes del mar y del naufragio que cobran vida en las telas y obras digitales que integran la muestra de Noemí Souto «Desde el agua», que se exhibe en el Palais de Glace.
Desde la semana pasada se exhibe en el Palais de Glace (Posadas 1725), «Desde el agua», una muy buena muestra de Noemí Souto. El curador fue Patricio Lóizaga, director de las Salas Nacionales, muy conocido, además, desde que fundó la revista «Cultura» hace más de veinte años.
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Son múltiples las imágenes del mar y el naufragio que cobran vida en las telas y obras digitales de Souto. Estas fotos digitales (2.00 x 1.70 m. cada una), generan un espacio muy particular al estar ubicadas bajo una serie de relieves neoclásicos que recorren el perímetro del primer piso. Esa disposición nos lleva a decir que es una representación total y absolutamente postmoderna. La unión de lo digital con las arcadas que circundan la planta alta del edificio culmina en una espléndida cúpula que parece estar hecha para acompañar esta dualidad. «Cuando considero la breve duración de mi vida, absorbida en la eternidad precedente y afincada en el pequeño lugar que ocupo e incluso veo, abismado en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y me ignoran, me espanto y me asombro de verme aquí y no allá, porque no existe ninguna razón de estar aquí y no allá, ahora y no en otro tiempo». Los adelantos de la ciencia y la tecnología no han respondido estas dudas de Blas Pascal, filósofo del siglo XVII. El ser humano sigue interrogándose acerca del Universo, el tiempo y la trascendencia. En «Materializando la energía», de 1997, Souto esbozaba respuestas que, a partir de su formación matemática, lograban una articulación poética entre ciencia y arte, entendidos ambos como modos de exploración. Investigaba relaciones entre la física atómica y la mística china, reflexionando sobre tres elementos, materia, energía y conciencia, a la luz de propuestas científicas contemporáneas y antiguas revelaciones del Taoísmo.
En «Dorada Cultura», Premio Accésit en la tercera edición de los Premios Aerolíneas Argentinas de Pintura (octubre 2004), Souto volvió a reflexionar sobre la incertidumbre que nos rodea, a través de la desazón del naufragio. En esa obra mezclaba el lenguaje escrito y el pictórico. En «Mitos y magias del fuego y el agua», libro editado por el Estado de Nuevo León, Monterrey, México, en 1979, el autor de esta nota observaba que los mitos constituyen la primera tentativa de respuesta del hombre a los interrogantes acerca del mundo, que sin duda se impusieron a la mente humana desde los tiemposiniciales y continuarán ocupándola. Siguiendo a Frazer, el eminente antropólogo escocés -a partir de su tratado «La rama dorada» (1907-1914)-, no resulta exagerado ver en el autor de mitos, al poeta y al artista. Gastón Bachelard considera que los mitos prestan un marco imaginativo a la representación de la materia y sus cuatro elementos (tierra, fuego, aire y agua), y así se inspiraron las cosmologías antiguas y las filosofías tradicionales. Una de las imágenes del agua como espejo la vincula al ver y mostrarse. La valorización de su pureza y frescura están condensadas en la fuente de Juvencio, el agua que rejuvenece, y el agua que cura, el agua hace surgir las fuentes y es la vida que continúa en forma permanente. Souto representa al agua como un elemento amenazador ligado a la cólera del mar y a su duelo con el hombre. Pero también como señaló el escritor surrealista Tristán Tzara, las palabras son como ríos impetuosos y, entre los cuatro elementos, «el agua es el más fiel espejo de ellas». Esta relación está presente en las obras digitales de Souto. Así como también la yuxtaposición de imágenes y palabras, frecuente en importantes artistas del siglo XX. «La vida es en sí misma y siempre un naufragio. La vida es darme cuenta, enterarme de que estoy sumergido, náufrago en un elemento extraño», escribió Ortega y Gasset, y Souto lo cita en su instalación.
Los textos aparecen sobre una pared en la que una proyección azul-verdosa simula reflejos de agua. Una computadora invita al espectador a navegar por la página que la artista ha creado para intercambiar preguntas, relatos y definiciones sobre posibles concepciones del naufragio. Su propuesta es abrir un espacio de reflexión, y por eso su «Flota esperanza», barquitos de papel con nombres de virtudes, no remite al desasosiego sino a la advertencia que evita la catástrofe. Souto acepta el desafío de la libertad y la incertidumbre de nuestro tiempo, pero en una representación digital que materializa su investigación sobre el ser humano.
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