El amor es ciego, sordo y, algunas veces, muy tonto

Espectáculos

«Señales de amor» («S e re n d i p i t y », EE.UU., 2001; habl. en inglés). Dir.: P. Chelsom. Int.: J. Cusack, K. Beckinsale, M. Shannon, J. Piven y otros.

Sara (Kate Beckinsale) y Jon ( John Cusack) se cruzan accidentalmente en una de las más famosas tiendas neoyorquinas y, a los pocos minutos, ya sienten que son, como en el bolero, dos almas que en el mundo había unido Dios. Sin embargo, por ocultas razones, hacen lo imposible para poner a prueba los designios divinos: no intercambian nombres, teléfonos ni direcciones para que se produzca ese reencuentro que tan fervorosamente desean.

Desde luego, es un pacto que ni un par de adolescentes opas podría concebir, aunque algunos guionistas de Hollywood lo consideren encantador. Y más todavía: si realmente está escrito que ellos deban vivir juntos y felices para siempre, se dicen, el destino se encargará de reunirlos cuantas veces sea necesario.

Para ayudar un poco a los Hados, entonces, Jon apunta su teléfono en un billete de 5 dólares que Sara gasta de inmediato, sin leer («el billete circulará y, si estamos predestinados, volverá a mis manos», dice ensoñadora), y a su vez ella escribe su dirección en la primera página del libro que está leyendo, «
El amor en los tiempos del cólera», de García Márquez («lo venderé en una librería de saldos y tú deberás encontrarlo», lo desafía, como si se tratara de una prenda de un programa de televisión... también para opas).

Hace muchos años,
Pepe Iglesias «El Zorro» hacía un sketch por televisión en el que interpretaba a una mujer con pocas luces que no le permitía hablar a su marido Polonio. Así, iban a un negocio, y cuando el vendedor les preguntaba qué querían comprar, Pepe Iglesias exclamaba con voz de pito: «No le digas, Polonio, que adivine», ante lo que el enojado Polonio se quejaba, con voz gangosa: «¡Pero se lo tengo que decir!».

«Señales de amor»
, de alguna manera, es la versión romántica del sketch de Polonio y su mujer. Dos adultos que se desean y se aman, pero que se comportan como dos perfectos imbéciles. Lo cual, va de suyo, echa por tierra toda intención romántica.

El espectador se compadece de los amantes que no pueden consumar su deseo cuando se interpone alguno de los infinitos obstáculos que imaginaron, a lo largo de la historia del cine, en comedia o en drama, libretistas con talento, gracia e imaginación. Pero difícilmente alguien pueda acompañar en su sufrimiento a este par de gandules que juegan a los desencuentros y después lloran. Huelga aclarar que, en el exasperante trámite de la historia, casi siempre están por encontrarse y, a último momento, algo se los impide.

Habría que recordar el nombre del guionista de esta película: se llama
Marc Klein, y es su debut. Tal vez, en el futuro, diseñe una remake de «Romeo y Julieta» en la que Julieta le oculte a su amado la dirección del balcón, y el pobre mancebo se pase los días y las noches errando por toda Verona con un mapa en la mano. Cada uno sufre como puede.

Dejá tu comentario