«El árbol» (Argentina, 2006, habl. en español). Guión y dir.: G. Fontán. Int.: J. Fontán, M. Merlino.
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El mismo día que nació su hijo, el padre plantó ese árbol. Ahora el árbol está seco, y hay que cortarlo, antes de que cause una desgracia cayéndose de pronto encima de alguien, dice la madre. Pero él todavía espera que su árbol reverdezca, como otras veces. Mientras, el hijo, un hombre ya grande, filma a los padres. Eso es todo. Aparentemente.
La acción transcurre en la centenaria casita que construyó el bisabuelo en Banfield. Ahí crecieron dos generaciones, ahí el padre plantó sus dos acacias, que unen sus ramas formando una sola copa llena de hojas en los meses cálidos, ahí recibe al hijo que viene con el nieto, y con la cámara. Ahí también su mujer limpia, cocina, rezonga, tiende la ropa. La película empieza, casualmente, con un primer plano de su mano ya marcada por los años, sobre la cuerda de la ropa.
En esta película no se ocultan las arrugas. Al contrario, se aman. A lo largo de apenas una hora y cinco minutos, el hijo hace un apacible rastreo de las huellas del tiempo en el rostro y las manos de sus padres, y en las sencillas cosas que se han ido acumulando, y/o percudiendo, en el hogar natal. Con tranquilidad, sin remarcar nada, él encuentra la poesía de los rincones y las voces queridas, los cambios de luz de cada estación, los sonidos cotidianos de la vieja casa natal.
Curiosamente, el resultado, en vez de una elegía, como podría suponerse, es un cariñoso y suave canto a las ganas de seguir viviendo cada día, aunque los chicos crezcan y se vayan, los pequeños objetos alrededor de uno se despidan, los muebles y el piso se quejen, y el árbol no responda. De nuevo, eso es todo. Aparentemente.
El conjunto roza cada tanto la emoción, y propicia sin sensiblerías, mediante recursos honestos, que el espectador se enganche con esos padres, ya ancianos, o con el recuerdo de sus propios padres, o con la afectuosa memoria de épocas anteriores, épocas de barrios tranquilos y cosas que iban a durar para siempre. Y, si uno lo permite y se deja llevar, toca algunas fibras muy hondas. Pocas películas puede haber, más sencillas, más universales, y más difíciles de encontrar. Pero hay que verla sin apuro. Autor, Gustavo Fontán, escritor y documentalista ya cuarentón, de quien se habían apreciado hasta ahora algunos trabajos sobre Leopoldo Marechal, Jacobo Fijman, Macedonio Fernández y Jorge Calvetti, y un largo de ficción, también sencillo, sobre el amor de una muchacha por un hombre grande, «Donde cae el sol».