17 de julio 2006 - 00:00
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En la obra de Melina Berkenwald predomina en los motivos y dibujos la vieja receta de
Malevich: blanco sobre fondo blanco y negro sobre negro.
El misionero Paredes sobresale en el conjunto por el modo en que complementa sus bellísimos encajes recortados en madera o papel, con las sombras que proyectan esas formas. Es decir, su obra consiste en la materialidad de un trabajo concreto, realizado con la habilidad de un orfebre, pero también en la inmaterialidad de la sombra que duplica el diseño como en un mágico juego de espejos.
«Yo soy mi obra, estoy aquí», asegura Paredes, e invita a descubrir los relatos que despliega en ese laberinto de líneas y formas encantadas, donde resuenan los ecos del barroco americano. Es que Paredes tiene mucho que contar. Hace poco más de un año llegó desde su Apóstoles natal a Buenos Aires con el Proyecto educativo Alto Paraná, que lo presentó en la feria de arteBA; hace unos meses volvió para exhibir sus estupendos troncos labrados en la galería Agalma, y esta vez llegó para quedarse; ahora, invitado por Manquillán a la muestra de Palatina, la posibilidad de vivir del arte ya no se vislumbra tan sólo como un sueño, es casi una realidad.
El rosarino Comba, supo llamar la atención con sus maderas laqueadas en los talleres abiertos de la última Beca Kuitca. Comba, además de artista es arquitecto, y ya sea en las líneas aerodinámicas con perspectivas ascendentes que se desplazan vertiginosas por la tersa superficie de sus obras, o en las que pliega en papel con una severidad que evoca el arte concreto, queda a la vista el imaginario y la formación de un auténtico constructor.
La muestra concluye con el poder narrativo de la tucumana González, una de las integrantes del interesante y activo colectivo artístico La Baulera. Sus pequeños y atrapantes relatos, dibujados sobre cinta engomada y luego transferidos al papel y pegados -o casi despegados- de este soporte, oscilan entre la inocencia y la perversión.
Aunque González exhibe una serie de remolinos, unos grafismos donde ejercita su libertad gestual, su leitmotiv es el cuchillo. Y allí está la mano que lo empuña, está un niño apuñalado y también la muerte, representada en metafóricas alas, y una nube de cuchillos de la que descienden algunos -como gotas de lluvia- para clavarse en la tierra.
«El silencio, la línea, su sombra, el no color y la búsqueda permanente desde distintas instancias del vacío los une y cada uno nos muestra su camino», señala Manquillán en su exitoso debut curatorial. El clima por momentos onírico de la muestra ejerce una poderosa seducción. Los cuatro artistas, unidos por la pulcritud y el recato de sus tenues expresiones, son capaces sin embargo de representar el espíritu de los tiempos actuales y de dejar maravillado al espectador.



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