En esta Argentina triste, fiestas, vernissages y exposiciones serán desde ahora más grises todavía. Ayer se murió a los 60 años Federico Klemm, el más excéntrico personaje del arte nacional, y el que alcanzó la mayor visibilidad mediática. Klemm murió ayer a la tarde en el Hospital Alemán, donde había sido internado la semana pasada con un cuadro de neumonía, pero la depresión lo venía matando desde hacía mucho más. La muerte de su madre, el incendio de su casa y la situación del país fueron una combinación letal.
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Sus amigos, quienes lo acompañaron en sus últimos momentos, ya se habían despedido de él; sus admiradores, jóvenes la mayoría, lamentaban la pérdida de una figura incomparable en muchos sentidos. Artista plástico que buscó de modo pertinaz su lugar en la historia; importante coleccionista de obras de Warhol, Magritte, De Chirico, Picasso, Dalí, Botero, Serrano, Jasper Johns, Clemente, Berni, Xul Solar, Macció y Kuitca; improvisado actor de cine junto a Isabel Sarli; barítono amateur y, a su manera, marchand y pedagogo del arte, Klemm ganó fama en la década del noventa con un programa de televisión, «El banquete telemático», que aún continúa transmitiéndose.
Su figura empezó a ser conocida desde la década del sesenta, cuando con su tapado de pieles paseaba su perro afgano por la calle Florida y el Instituto Di Tella. Su estilo impredecible, entre surrealista y kitsch (Federico adoraba la escena y hablaba a veces como un pose-so), le permitía formular largas disquisiciones filosóficas sin bajar ni agudeza ni rating. Solían compararlo -y no sin razón-con Andy Warhol, pero Klemm era más apasionado y vehemente, tenía auténticas dotes histriónicas, y sin reticencia exhibía su maquillaje, joyas y pasiones. Klemm era el heredero de una gran fortuna. Había nacido en Checoslovaquia, hijo de un padre industrial, y llegó al país en 1948. A los 14 años realizó estudios sobre la obra de Tolouse Lautrec, Picasso, Van Gogh y pintores argentinos. Estudió canto lírico con Ruzena Horakova y arte dramático con Marcelo Lavalle. Mecenas, además de artista plástico, videasta y excéntrico animador de TV, Klemm se dedicó en los últimos años a incrementar su colección con piezas de los artistas que idolatraba, como María Callas: en un remate de «Christie's» compró los sillones que pertenecieron a la diva para instalarlos en el despacho de la Fundación Klemm, donde todas las tardes se reunía con amigos.
También compró el traje de Joseph Beuys, o el que Nureyev usó para bailar «El lago de los cisnes», y los exhibía en vitrinas junto a su escritorio. En sus fiestas, que duraban hasta el amanecer, llegó a soltar pumas que se paseaban entre los invitados (algunos de ellos espantados), y solía presentar shows con efebos semidesnudos que bailaban la danza del fuego. Federico lucía entonces trajes especiales, como el de piel de serpiente de Nureyev, el mismo que el bailarín usó en la disco Studio de Nueva York. Su vestuario es un capítulo importante de su historia, desde el traje de torero que lució una noche para cantar «Carmen», hasta las camisas y fajas con las que se paseaba en las galas del Colón. Klemm legó la administración de su colección a la Academia Nacional de Bellas Artes, con fondos suficientes para que la Fundación que lleva su nombre frente a la Plaza San Martín perdure en el tiempo y permanezca abierta al público, como hasta hoy. Junto a su colección también se exhibirán sus obras, a las que el prestigioso crítico italiano Bonito Oliva, padre de la transvanguardia, decicó el libro «El banquete telemático». Las más notables en su estilo son aquellas dedicadas a exaltar su propia mitología y los personajes que admiraba, como su madre, Amalia Fortabat, a quién pintó rodeada de diamantes, Eva Perón o Susana Giménez.
Sus exposiciones más notables fueron «El cuerpo de un simulacro», «El hombre, la máscara y su doble», «Retrato de la última cena», «El hombre, la máscara y su doble», «Cultura de lo surreal», «Invasión latinoamericana a Europa» y «Los tres rostros del arte».
Entre los numerosos premios que recibió se cuentan «Premio a las Artes Visuales 1993», «Galería del Año», «AMIA - Diploma de Reconocimiento» y el «Reconocimiento al mérito artístico» que le otorgó Carlos Menem.
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