Desde que se presentaron por primera vez en ArteBA hace cuatro años, las reclusas del Penal de Mujeres de Ezeiza que participan del taller La Estampa, han ganado un espacio preferencial en el circuito del arte porteño. Con rigor profesional, participaron en las sucesivas ferias, exhibieron varias veces sus grabados en el Centro Cultural Recoleta y Estudio Abierto, ganaron una mención en los premios del Banco Ciudad, representaron a Argentina en la Bienal de La Habana, y su última exposición fue el año pasado en el espacio alternativo Belleza y Felicidad. Hoy, el colectivo La Estampa disfruta de antecedentes que envidiaría cualquier artista, y ocupa un excelente lugar en el mercado y en las colecciones argentinas. Lo primero que se advierte al ver las obras es el notable avance en la expresividad y la calidad, virtudes que no son sólo producto del talento, sino de la perseverancia, el trabajo cotidiano en el taller y la dedicación de dos maestros, los artistas Mercedes Idoyaga y Fernando Bedoya.
•Preparación
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La decena de artistas que integran La Estampa sabe que el dominio del oficio es importante, adhieren al viejo dicho de que el diez por ciento del arte es inspiración y el resto se logra con esfuerzo. Pero también saben que el arte es una cuestión mental. Por esta razón, parte del tiempo está dedicado a reflexiones de índole estética y a analizar los componentes de índole espiritual y sensible que contiene una obra de arte. En el taller no falta una biblioteca nutrida con donaciones y, de vez en cuando, artistas, críticos y galeristas llegan al Penal para hablar de arte, como entre otros, Florencia Braga Menéndez, Mariano Lastiri, Fernanda Laguna y la autora de este nota, entre otros.
En un catálogo que reproduce algunas obras realizadas por las internas, figura el conocido texto de Kafka «Ante la Ley». La fábula describe la larga espera de un hombre que aspira a ingresar al edificio de la ley y es reiteradamente detenido por el guardián. Finalmente, antes de morir, el personaje se entera de que esa puerta estaba destinada para él, en exclusividad. De algún modo, la obra de Proust, «En busca del tiempo perdido», describe una situación semejante, la búsqueda de un destino, pero no a través de la ley sino del arte. La condición que se impone en ambos casos es perseverar en la búsqueda. « Algunas veces -señala Proust-, en el momento en que todo nos parecía perdido, llega el anuncio que nos puede salvar; se ha golpeado tantas puertas que no llevan a nada, y la única por donde se puede entrar y que en vano se habría buscado cien años, está ahí sin saberlo, y se abre».
Precisamente, los conceptos del tiempo y del arte proustianos ofrecen respuesta al drama de la pérdida de la libertad y el encierro forzoso. «Sólo gracias al arte podemos salir de nosotros, saber qué es lo que ve otra persona de este universo que no es el mismo que el nuestro y cuyos paisajes nos son tan desconocidos como los que puede haber en la luna. Gracias al arte en vez de ver un solo mundo, el nuestro, lo vemos multiplicarse y en la medida en que hay artistas originales, tenemos mundos a nuestra disposición».
El escritor destaca el valor de las «evocaciones penetrantes», que en otros términos, son los recuerdos que la prisión exalta naturalmente, la materia prima que nutre a quienes ejercen la práctica y discurren acerca del arte, quehacer que brinda la oportunidad de aprender vivir de modo más reflexivo. A pesar de haber «caído en un agujero negro», Antonella, una de las internasartistas (que estudió arte en Florencia), puede asegurar que existe, y todas coinciden con Susana, Conny o Paula, cuando dicen que «la libertad es plena en el taller».
•Singularidad
Lo cierto es que el diálogo que se entabla no difiere del de cualquier buen taller de puertas abiertas. El trabajo -según explican-consiste en la difícil tarea de «agudizar la sensibilidad». Y aclaran: «La singularidad del encierro nos permite ser más libres que otros artistas, en el sentido de que no estamos condicionadas por las reglas del sistema». Entretanto, la obra avanza: el grabado en papel, minuciosamente trabajado en bajorrelieve y calado como un encaje, dejó paso al volumen; la inspiración que en un momento suscitó la obra de Berni, abrió camino a la exploración de la subjetividad. En Belleza y Felicidad, además de pequeñas obras individuales que van de la figuración a la abstracción, presentaron «La Crista», una gigantesca mujer crucificada de tres metros de altura, y una cama con rayas blancas y negras donde descansa una figura humana de tamaño natural. «La cama -observan-es el lugar de mayor intimidad que podemos disfrutar».
Pero el acceder al volumen de las obras no es cosa fácil en cautiverio: se logra enrollando papel de diario o revistas, hasta tener centenares de varillas que luego se engoman unas a otras para poder modelarlas y pintarlas. «Es el material de la estética tumbera, los conitos papel», dice el maestro Bedoya. Si bien la palabra «tumbero» tiene resonancias que provocan espanto, y nadie oculta que la vida fuera del taller tiene los visos de una tragedia, la experiencia de La Estampa, que se inició en 2000 por iniciativa de la entonces secretaria de Cultura de la Ciudad, Teresa Anchorena, es un modelo que hoy el Ministro de Justicia, Gustavo Béliz, ha propuesto ampliar a nivel nacional sumando otras disciplinas.
Así, el taller por el que pasaron 60 personas ya fue la génesis de un negocio fundado por quienes aprendieron el oficio y ha puesto en evidencia que más allá de mejorar la calidad de vida en las cárceles, puede contribuir a generar recursos y a evitar, a mediano y largo plazo, la reincidencia en el delito.
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