8 de enero 2002 - 00:00

El cacerolazo no podía faltar

Pinti volvió con su personal mezcla de cabaret y café concert. Discursea, aún cuando canta, buscando expresar las opiniones de los sectores medios porteños, generaliza, peca de inocencia cuando no de ingenuidad. Sobre el final del espectáculo, antes de que salga con una cacerola en ristre, adopta un certero sentido autocrítico y señala que «va a haber algunos que me van a criticar por progre y por sesentista». El cómico mantiene su estilo de infatigable catarata de palabras (condimentada con las llamadas «fuertes»o «malas») y su blanco preferido: la historia y la política argentina.

Ya no se dedica como en «Salsa criolla» a recorrer en una especie de revisionismo cuestionador todo el pasado nacional, sólo tiene un par de momentos donde «cantando bajo la lluvia» recuerda el 25 de mayo de 1810 o uno en que alerta en que habría que revisar qué ocurrió en el mal estudiado período de la anarquía, que pareciera estar a punto de repetirse. Pinti, esta vez, en poco tiempo tuvo que pasar de «El Pericón Nacional» al «Candombe Nacional» porque la cosa «está negra, negra». Su nueva panorámica, dolida, acre, sarcástica, se dedica a cuestionar los gobiernos de los últimos 20 años, incluyendo el actual de Duhalde, y sólo salva de esta etapa la democracia como la posibilidad de elegir votando y «tratando, la próxima vez, de no equivocarse». Y si bien dice, en algún momento, que habría que cuidarse de que el cacerolazo sirva ya para cualquier cosa, concluye golpeando una cacerola.

Alberto Favero
le ha creado (o recreado) temas musicales para el caudal de voz y la capacidad musical del cómico, Ricky Pashkus acertadas coreografías para un equipo de bailarines que acompaña animadamente las travesuras de Pinti y Renata Schussehim lo ha dotado de un vestuario funcional, estético, con un toque de elegancia posmoderna.

Dejá tu comentario

Te puede interesar