12 de marzo 2002 - 00:00
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Juan Antonio de la Riva: Cierto. Mis padres eran proyectoristas ambulantes, no tenían casa. Vivían detrás de la pantalla, y allí me tocó nacer. Les dediqué una película, «Vidas errantes», y así empecé una trilogía sobre mi estado, Durango, que siguió con «El pueblo de madera» (la visión de un pueblo a través de dos niños), y termino ahora con «El gavilán...», sobre dos hermanos, uno músico y el otro bandido. No fue fácil hacerlas, ojalá pudiera decir eso, y no es que fueran tan costosas, pero es una región fría, inhóspita, a mil kilómetros de la capital. Se han filmado más películas americanas allá, fingiendo ser el Oeste, que mexicanas. Por eso éstas son como muy propias, y hasta se han vuelto un testimonio sociológico de la región, algo que yo ni intuía cuando las hice.
Periodista: Pero también ha hecho películas urbanas.
P.: Su película también tiene bastante violencia.
P.: ¿Cómo elaboró su película?
P.: ¿Qué son exactamente los corridos?
P.: Conmueve también algo rarísimo, unos viejos que parecen aullarle a la luna.
J.A. de la R.: Ese es un canto regional, que se canta de esa manera desorganizada, destemplada, a capella, como rasposa. Quién sabe de cuándo es... Un poco como las bagualas de ustedes, pero en coro. Toda la tradición popular argentina, yo la tengo presente: el «Martin Fierro», Yupanqui, Cafrune... Me hubiera gustado conocer a don Atahualpa Yupanqui. El estuvo en Durango, y un amigo me contó de cómo platicaron de lindo con sus guitarras toda una noche.
P.: La película parece como bordada por datos premonitorios. Por ejemplo, ella conoce a su hombre en una boda, se juntarán ese mismo día, pero detrás de ella están cantando algo así como...
J.A. de la R.: «No lloraré con tu ausencia, sino con tu olvido». Demorarme diez años en filmarla, me permitió ir puliendo el guión, adornarlo con versos y dichos tradicionales, la mayor parte fatalistas. Ese fatalismo de ellos no está inventado por mí. No es algo que yo les haya impuesto a mis personajes. Lo vi, lo conozco. Todos en América tenemos ese sentido trágico de la vida. La violencia de mi película es para hablar de los personajes, de sus relaciones familiares, de ese tipo de hombre que, como dice José Hernández, «que padre y marido ha sido, y sin embargo la gente lo tiene por un bandido». La música es para subrayar con matices la sensibilidad de esa gente, que es montañesa, poco expresiva. Yo soy de allá: me fui haciendo expresivo a la fuerza.
P.: Otro dato premonitorio. El personaje está viendo el final del bandido en «Rebelión en la sierra», cuando viene la policía a buscarlo, y ahí empieza su carrera.
J.A. de la R.: Ah, eso lo puse precisamente porque «Rebelión...» alude a un famoso bandido social de la zona, Heraclio Bernal, de fines del siglo XIX, y porque la hizo Roberto Gavaldón, al cual yo admiro profundamente, y que ustedes conocerán, porque dirigió a muchos argentinos, en México y también en Argentina. Hijo de exhibidores, crecí viendo esas películas.
P.: Sus padres andaban en una chatita por los pueblos.
P.: Caramba, también en eso nos parecemos.Aquí, 24 cinemóviles desaparecieron en menos de cinco años. Ultima pregunta: ¿cómo recibieron los de Durango su película?
J. A. de la R.: Con muchos gritos de alegría al final de cada proyección. Sólo faltaron los balazos al aire en medio de la sala, como se hacía antes.




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