12 de marzo 2002 - 00:00

El cine mexicano animó a Mar del Plata

Roger Corman recibirá reconocimiento
Roger Corman recibirá reconocimiento
Mar del Plata - Uno de los pocos films en competencia que, en lo que va del festival, han satisfecho al público y la crítica (en ese orden), es «El gavilán de la sierra», atractiva variante de un género popular mexicano. Su actriz, Claudia Goytia, toda de negro y suavecita, dice de su personaje: «Las chicas de allí van con muchas ganas de hacer, y no hay mucho que hacer. Por eso deciden muy rápido en lo que sea». Y, de su director: «Si ni casa tenía, nació atrás de una pantalla. Nomás pregúntenle». Y él, de sombrero negro y camisa beige con puño de tres botones, asiente.

Juan Antonio de la Riva
: Cierto. Mis padres eran proyectoristas ambulantes, no tenían casa. Vivían detrás de la pantalla, y allí me tocó nacer. Les dediqué una película, «Vidas errantes», y así empecé una trilogía sobre mi estado, Durango, que siguió con «El pueblo de madera» (la visión de un pueblo a través de dos niños), y termino ahora con «El gavilán...», sobre dos hermanos, uno músico y el otro bandido. No fue fácil hacerlas, ojalá pudiera decir eso, y no es que fueran tan costosas, pero es una región fría, inhóspita, a mil kilómetros de la capital. Se han filmado más películas americanas allá, fingiendo ser el Oeste, que mexicanas. Por eso éstas son como muy propias, y hasta se han vuelto un testimonio sociológico de la región, algo que yo ni intuía cuando las hice.

Periodista: Pero también ha hecho películas urbanas.

J.A. de la R.: Puros encargos. Hoy casi todo el cine mexicano es urbano, y violento, como «Amores perros», o «El perfume de las violetas» (también en el festival), referido a la violen cia sobre las adolescentes. Bueno, que también hay comedias.

P.: Su película también tiene bastante violencia.

J.A. de la R.: Y es poca. La que yo escucho que pasa es inimaginable. Cantidad de atropellos que ni siquiera están consignados. Escribí «El gavilán...» hace diez años, basado en un caso de la nota roja de Durango, que entonces era un hecho aislado. Pero desde entonces, los asaltos, que existen y han existido, han ido en aumento en todo el país, y la violencia se va volviendo cotidiana, cercana, y peor también. Balaceras entre policías y narcotraficantes, asesinatos políticos...

P.: ¿Cómo elaboró su película?

J.A. de la R.: Partí de un género grato al gusto popular, rumbo a otras vertientes. El protagonista, músico ambulante en la ciudad, vuelve al pueblo al enterarse que su hermano ha muerto. El va tratando de componerle un corrido, pero cada uno le cuenta una historia diferente, y es difícil saber la verdad exacta. Pero, como dice un viejo, «y aunque fuera cierto, cada quien tiene su modo de contar el mismo cuento».

P.: ¿Qué son exactamente los corridos?

J.A. de la R.: Son canciones que surgieron en 1810, con nuestra Guerra de la Independencia. Ellas nos han dado la posibilidad de conocer la historia no oficial, y volver legendarias a ciertas personas. El corrido es una loa a la vida de alguien, para hacerlo trascender en el tiempo. También puse otras canciones, de esas que hacen decir «pues es mi vida, nomás que en verso», porque hay canciones que nos conmueven, porque nos representan mucho.

P.: Conmueve también algo rarísimo, unos viejos que parecen aullarle a la luna.


J.A. de la R.:
Ese es un canto regional, que se canta de esa manera desorganizada, destemplada, a capella, como rasposa. Quién sabe de cuándo es... Un poco como las bagualas de ustedes, pero en coro. Toda la tradición popular argentina, yo la tengo presente: el «Martin Fierro», Yupanqui, Cafrune... Me hubiera gustado conocer a don Atahualpa Yupanqui. El estuvo en Durango, y un amigo me contó de cómo platicaron de lindo con sus guitarras toda una noche.

P.: La película parece como bordada por datos premonitorios. Por ejemplo, ella conoce a su hombre en una boda, se juntarán ese mismo día, pero detrás de ella están cantando algo así como...


J.A. de la R.:
«No lloraré con tu ausencia, sino con tu olvido». Demorarme diez años en filmarla, me permitió ir puliendo el guión, adornarlo con versos y dichos tradicionales, la mayor parte fatalistas. Ese fatalismo de ellos no está inventado por mí. No es algo que yo les haya impuesto a mis personajes. Lo vi, lo conozco. Todos en América tenemos ese sentido trágico de la vida. La violencia de mi película es para hablar de los personajes, de sus relaciones familiares, de ese tipo de hombre que, como dice José Hernández, «que padre y marido ha sido, y sin embargo la gente lo tiene por un bandido». La música es para subrayar con matices la sensibilidad de esa gente, que es montañesa, poco expresiva. Yo soy de allá: me fui haciendo expresivo a la fuerza.

P.: Otro dato premonitorio. El personaje está viendo el final del bandido en «Rebelión en la sierra», cuando viene la policía a buscarlo, y ahí empieza su carrera.


J.A. de la R.:
Ah, eso lo puse precisamente porque «Rebelión...» alude a un famoso bandido social de la zona, Heraclio Bernal, de fines del siglo XIX, y porque la hizo Roberto Gavaldón, al cual yo admiro profundamente, y que ustedes conocerán, porque dirigió a muchos argentinos, en México y también en Argentina. Hijo de exhibidores, crecí viendo esas películas.

P.: Sus padres andaban en una chatita por los pueblos.

J. A. de la R.: Hace poco, se distribuyeron modernos cinemóviles, uno por cada estado. Una idea noble, pero duró lo que el sexenio en que fueron puestos. Ya la siguiente administración tuvo otra idea, y desaparecieron.

P.: Caramba, también en eso nos parecemos.Aquí, 24 cinemóviles desaparecieron en menos de cinco años. Ultima pregunta: ¿cómo recibieron los de Durango su película?


J. A. de la R.:
Con muchos gritos de alegría al final de cada proyección. Sólo faltaron los balazos al aire en medio de la sala, como se hacía antes.

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