25 de abril 2003 - 00:00

El cine muestra por primera vez el hueco de las Torres

Edward Norton
Edward Norton
Nueva York - Tras 17 años de realizar películas exclusivamente de temas afroamericanos, Spike Lee ha dirigido «La hora 25», una película enteramente blanca («El verano de Sam» era más interracial, especialmente con hispanos). Escrita e interpretada por blancos caucásicos «wasp», el novelista David Benioff y los rubios Edward Norton, Barry Pepper y Phillip Seymour Hoffman, narra las últimas 25 horas de libertad de un vendedor de drogas de clase alta antes de entrar en prisión.

«La hora 25» es también la carta de amor que Spike Lee le escribe a NuevaYork. Pero es una carta triste y llena de nostalgia a una ciudad herida de muerte tras el 11 de septiembre de alguien que la ama con profundidad y desde la certeza de que la urbe jamás volverá ser la misma.

«Es una sensación muy extraña y desorientadora: siento que mi Nueva York se ha ido para siempre y nunca volverá: ha cambiado irrevocablemente y, con ella, sus habitantes»
, se lamenta el director. Lee acudió a competir en la última Berlinale acompañado de todo su equipo y de la actriz neoyorquina Rosario Dawson. Allí, cuando George Clooney, Dustin Hoffman y Renée Zellweger organizaban el movimiento global No en nuestro nombre contra la guerra de George Bush, Lee se sumó a ellos y tuvo que afrontar críticas acerca de dejar de hacer películas de y sobre negros y de causar dolor a los familiares de los muertos del World Trade Center al mostrar imágenes del terrible agujero dejado por los dos rascacielos desaparecidos.

Periodista: Hay una gran semejanza entre la historia del dealer Monty Brogan que pierde su libertad y la ciudad de Nueva York, que perdió 2.000 vidas humanas.

Spike Lee: Hay en ambos casos una profunda tristeza melancólica. De quien sabe que ha perdido algo de valor sin igual e irremplazable. Monty va a pasar sus próximos siete años en prisión y tiene 24 horas para quedar en paz consigo mismo y los suyos. Los neoyorquinos... aún no nos hemos repuesto de la tragedia, estamos todavía de luto, llorando a los nuestros. Caminas por la ciudad y sí, ha recuperado su dinamismo y vida, pero hay una sensación de una pérdida que se ha ido para siempre, algo intangible de que nos han cambiado irrevocablemente y para siempre.


P.:
En estos tiempos en que se borran digitalmente las torres del World Trade Center en películas escapistas, «La hora 25» es la primera que muestra el impresionante agujero de la Zona Cero.

S.L.: A lo que se refiere usted... lo encuentro execrable. ¿Quieren pretender que aquellos edificios, aquellas vidas no existieron? Dicen que hacen películas para hacer a la gente reír y olvidar, pero esos extremos me parecen lamentables. Una cosa es el entretenimiento y otra, la negación. Yo nunca he filmado nada, ni lo haré, para la diversión o el escapismo, así que nunca cometeré esas infamias. La escena del diálogo en el departamento desde el que se ve la Zona Cero es uno de los tres cambios que introduje en el guión de Benioff. Escribí sólo doce líneas de diálogo porque su novela es del año 2000 y la película de 2002. Y ha cambiado todo desde entonces, eran pequeños ajustes necesarios.


P.:
¿Qué contesta a quienes lo acusan de antiamericano o anti-patriota por ello?

S.L.: No doy crédito a que en mi vida hubiera tenido que soportar semejantes acusaciones. Nací en Atlanta, crecí en Brooklyn y Nueva York es mi hogar. Soy furiosamente americano y patriota. La inclusión de la Zona Cero en imágenes rinde homenaje a los inocentes que murieron asesinados y a los seres queridos que dejaron tras de sí, es una forma de decirles a sus familias que jamás los olvidaremos. ¿Le parece antipatriótico? Si eso es ser antipatriota, esta América de ahora no es la mía, no la conozco.


P.:
Hábleme de los otros cambios que introdujo en el guión de Benioff.

S.L.: Como dije antes, estuvo el mostrar la imagen de la Zona Cero completamente limpia de restos, casi un desolado paisaje lunar en plena noche; decorar con fotos de bomberos-héroes muertos en aquellos sucesos el bar del padre del protagonista, y en tercer lugar, mostrar las dos fuentes de luz que se elevaron sobre la línea del cielo de Manhattan y que reemplazaron a los edificios la noche del primer aniversario del atentado.


P.:
¿Cómo fue rodar allí?

S.L.: Lo hicimos desde el piso 44 de un rascacielos que se eleva enfrente, el World Financial. Todo se redujo a pedir los permisos habituales.

P.: Resulta muy difícil considerar La hora 25 como una película proveniente del estudio Disney.

S.L.: Eso dice bastante de ellos, se han abierto en las dos últimas décadas de forma casi impensable. Sólo pidieron que Monty, siendo un vendedor de drogas, fuera un personaje con el que el espectador pudiera conectar: en su caída, en su sufrimiento, en la lucidez de su necesidad de pagar cuentas a la sociedad. Fue algo que Norton y yo hablamos hasta destilar la esencia del personaje: ha cometido un error, ha quebrado la ley y sabe que tiene que pagar por las elecciones cometidas. Eso no le resta ni un ápice de la angustia que le causa la proximidad de su carencia de libertad y del dolor que causa a los suyos. Y sufre fantasías horrendas acerca de la posibilidad de ser violado en la cárcel. Tiene poco tiempo y necesita desesperadamente buscar un hogar para su perro, reconciliarse con su padre y acudir a la gran fiesta de despedida que le montan sus amigos de toda la vida. Para mí, su lucidez y conciencia le hacen un gran personaje trágico. De cada espectador depende detestarle o comprender su sufrimiento de pérdida.


P.:
Cuando Monty se mira al espejo y lanza toda su ira contra sí mismo, entre todos los «fucks you» que emite, usted muestra las cosas que odia y ama de Nueva York y lanza una pulla contra la corrupción del Gobierno y socios económicos de George W. Bush.

S.L.: Pertenece todo al libro de Benioff. Es la visualización la que me permite a mí mostrarlo como yo lo veo: las razas de la ciudad, la pobreza, la miseria, la belleza, la fealdad, la suciedad, el dinamismo de las calles y sus gentes, y mostrando el logo de Enron, Monty susurra «Bush y Cheney lo sabían, lo sabían».

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