24 de abril 2002 - 00:00

El Colón de largo y bermudas

E l Teatro Colón se convirtió durante la segunda parte de la función de Gustavo Cerati en una fiesta más cercana a la de estadio que a la lírica, y abundaron infrecuentes contrastes. A los vestidos largos de algunas concertistas se oponían las bermudas y el tatuaje del baterista invitado Martín Carrizo o las alpargatas de Alejandro Francov, que ejecutó majestuosamente el líbero. También se añadió a la puesta escenolumínica un detalle fuera de lo común, el brillo fosforescente de la partitura electrónica utilizada por el joven director de orquesta, ex La portuaria, Alejandro Terán.

Aunque Gustavo Cerati no se caracterice por derrochar carisma, su público no hacía más que devolverle frases de agradecimiento y coreaba cada tema en su versión «unplugged». Y la Sinfónica Nacional, lo mejor del espectáculo para quienes no son fans de Cerati, ofreció un cuidado acompañamiento que, por momentos, pareció poco valorado por el público.

Queda claro que ni este concierto ni los que vendrán («Memphis La Blusera», «Los nocheros») están destinados a los amantes de la música clásica, quienes habrán sentido que la voz de Cerati desentonaba.

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