14 de enero 2008 - 00:00
El color blanco, eje de buena muestra de verano
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Obra de Eduardo Stupía, uno de los 32 artistas que seleccionó Florencia Braga Menéndez para «Blanco», donde a pesar de algún desnivel de calidad es una muestra armónica y agradable de ver.
La figuración de Hernán Salamanco reduce al mínimo la narración, pinta una mancha blanca que se adivina como un techo cubierto de nieve sobre un fondo gris, y el resto del cuadro lo debe imaginar el espectador. Leonel Luna abstrae también el relato para poner el énfasis en la figura de un ángel que cava en la nieve para luego fotografiarla. Al desdibujar el contorno de la silueta, la huella que ha dejado el ángel adquiere cierto dinamismo y genera la ilusión de que se han movido sus alas. La imagen de Luna recuerda vagamente el efecto cinético del «Desnudo bajando la escalera» de Duchamp, donde las quietas formas se fragmentan, superponen y desplazan, provocando la sensación de que el cuerpo se mueve.
El camino que eligió Lux Lindner para representar sus escenas es por demás austero: con una afilada línea de pintura acrílica que desenrolla como una madeja sobre la tela blanca, dibuja finos contornos y conforma unos relatos cargados de humor.
Sybil Cohen dibuja a mano alzada blancas arquitecturas con la suprema elegancia de un renacentista. Juan Andrés Videla se interna en la opacidad de una ruta de los suburbios bonaerenses, y pinta una marea densa de blancos que se han vuelto grises. El blanco de Carlos Herrera está cargado de erotismo. El rosarino estampa un floripondio con el cáliz sobre un plato, lo fotografía y con esta inusual posición, le da una vuelta de tuerca a las reiteradas imitaciones de las calas de Robert Mapplethorpe.
Cristina Schiavi utiliza el blanco de la pared y plotea un paisaje; Pablo Lozano pinta un blanco artificial, y Rafael González Moreno se vale de la textura gomosa de los masticables, e incorpora golosinas blancas al cuadro. No todas las obras tienen el mismo nivel. Mientras algunas encajan como anillo al dedo con el tema de la muestra, otras lo hacen a presión, pero eso sí: ninguna está fuera de lugar. La lograda armonía está dada por el tema, pero también por el estilo especial que le imprime Braga Menéndez a sus montajes. Un estilo exuberante, que se podría considerar excesivo frente al minimalismo reinante, y que permite brindar cabida a lo múltiple. Es decir, el «Blanco» de Braga Menéndez, que contó con la ayuda de la galerista Gachy Prieto en la curaduría y de Lía Cristal en la producción, no es neutro sino como ella misma aclara: «Hay blancos desprolijos, afirmados, renegados; están los que conviven fácilmente, los que se hacen los filosóficos, los que se llevan bien con los arquitectos, los que se hacen los decoradores y los sórdidos hospitalarios».
En suma, este juego de verano con «rumor cromático», tiene la frescura de su rápida improvisación y resulta grato de ver. Además, con toda su diversidad estilística y de calidad, la exhibición brinda visibilidad a algunos artistas excelentes, varios consagrados, pero muchos escasamente conocidos por el público, que no tienen aún el reconocimiento que merecen y vale la pena descubrir.




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