14 de enero 2008 - 00:00

El color blanco, eje de buena muestra de verano

Obra de Eduardo Stupía, uno de los 32 artistas que seleccionó Florencia Braga Menéndez para «Blanco», donde a pesar de algún desnivel de calidad es una muestra armónica y agradable de ver.
Obra de Eduardo Stupía, uno de los 32 artistas que seleccionó Florencia Braga Menéndez para «Blanco», donde a pesar de algún desnivel de calidad es una muestra armónica y agradable de ver.
Con un concurrido vernissage, el jueves pasado, el Centro Cultural Borges abrió «Blanco», una exhibición colectiva curada por Florencia Braga Menéndez, que reunió obras de 32 artistas, desde el veterano Arden Quin, uno de los padres del arte Madí, hasta los jóvenes Pablo Lozano, Hernán Salamanco, Martín Di Paola, Verónica Di Toro y Carlos Herrera, pasando por la generación intermedia: Eduardo Stupía, Lux Lindner, Leonel Luna, Cristina Shiavi, Silvia Gurfein, Tulio de Sagastizábal, Chino Soria, Andrés Sobrino, Rob Verf, Juan Andrés Videla, Viviana Zargón, Marina Sábato, Karina Peisajovich, Rafael González Moreno, Sybil Cohen, Benito Laren y Andrés Waisman, entre otros.

La curadora define la muestra como «un capricho de verano», y cuenta que la organizó en pocos días. El conjunto, integrado por artistas de diversas edades, trayectorias y vertientes, expresa algo de esa urgencia, aunque mantiene una unidad casi imperceptible. Los retazos de color blanco, más o menos puros, o más o menos expandidos, van encadenando unas a las otras el centenar de obras de la exhibición. Un elemento básico en común, el color o su ausencia, vincula de modo tan discreto obras abstractas y figurativas, conceptualistas y sensibles, banales y comprometidas, coloristas y monocromáticas, pictóricas y volumétricas, alegres y melancólicas, que cada una se destaca por su identidad particular y queda a la vista la multiplicidad de propuestas. Y en esto reside la gracia de la muestra.

  • Hallazgo

  • Todo artista ama algún color con particular intensidad, como Chagall, que le rogaba a Dios «hazme azul», pero la elección del blanco como tema convocante resultó un verdadero hallazgo. El blanco, trae inevitablemente el recuerdo del célebre «Cuadrado blanco sobre fondo blanco» de Malevich (1918), la expresión límite de la abstracción, el grado cero de la pintura al que arriba el vanguardista a partir de la reiteración de esa «nada» que es el blanco con el afán de marcar la supremacía de la sensibilidad. Así, desde esa primera representación de la sensibilidad en estado puro, la abstracción ha recorrido un largo camino y algunas de estas derivas pueden rastrearse en la muestra.

    Al ingresar a la sala hay fotografías de Andrés Sobrino, unas tomas directas que retratan la luz y capturan la belleza de una atmósfera azulada y evanescente con tonalidades rosadas. Un paso más adelante, no sólo en la sala sino también en el sendero histórico que lleva la abstracción a nuestros días, se advierten las tensiones y los dramáticos quiebres de las pinceladas que traza Eduardo Stupía con tinta negra sobre la tela en blanco.

    A su lado, en la pintura de Tulio de Sagatizábal los colores radiantes irrumpen sobre el blanco, lo sepultan bajo las dilatadas formas del motivo central y las rítmicas bandas verticales que surcan el cuadro. «La cuerda» de Silvia Gurfein lleva a evocar uno de los fundamentos de Kandinsky para la pintura abstracta: «El mundo suena». Tres palabras que invitan a Gurfein a representar visualmente las sensaciones simbióticas que suscita la música.

  • Realismo

    La figuración de Hernán Salamanco reduce al mínimo la narración, pinta una mancha blanca que se adivina como un techo cubierto de nieve sobre un fondo gris, y el resto del cuadro lo debe imaginar el espectador. Leonel Luna abstrae también el relato para poner el énfasis en la figura de un ángel que cava en la nieve para luego fotografiarla. Al desdibujar el contorno de la silueta, la huella que ha dejado el ángel adquiere cierto dinamismo y genera la ilusión de que se han movido sus alas. La imagen de Luna recuerda vagamente el efecto cinético del «Desnudo bajando la escalera» de Duchamp, donde las quietas formas se fragmentan, superponen y desplazan, provocando la sensación de que el cuerpo se mueve.

    El camino que eligió Lux Lindner para representar sus escenas es por demás austero: con una afilada línea de pintura acrílica que desenrolla como una madeja sobre la tela blanca, dibuja finos contornos y conforma unos relatos cargados de humor.

    Sybil Cohen dibuja a mano alzada blancas arquitecturas con la suprema elegancia de un renacentista. Juan Andrés Videla se interna en la opacidad de una ruta de los suburbios bonaerenses, y pinta una marea densa de blancos que se han vuelto grises. El blanco de Carlos Herrera está cargado de erotismo. El rosarino estampa un floripondio con el cáliz sobre un plato, lo fotografía y con esta inusual posición, le da una vuelta de tuerca a las reiteradas imitaciones de las calas de Robert Mapplethorpe.

    Cristina Schiavi utiliza el blanco de la pared y plotea un paisaje; Pablo Lozano pinta un blanco artificial, y Rafael González Moreno se vale de la textura gomosa de los masticables, e incorpora golosinas blancas al cuadro. No todas las obras tienen el mismo nivel. Mientras algunas encajan como anillo al dedo con el tema de la muestra, otras lo hacen a presión, pero eso sí: ninguna está fuera de lugar. La lograda armonía está dada por el tema, pero también por el estilo especial que le imprime Braga Menéndez a sus montajes. Un estilo exuberante, que se podría considerar excesivo frente al minimalismo reinante, y que permite brindar cabida a lo múltiple. Es decir, el «Blanco» de Braga Menéndez, que contó con la ayuda de la galerista Gachy Prieto en la curaduría y de Lía Cristal en la producción, no es neutro sino como ella misma aclara: «Hay blancos desprolijos, afirmados, renegados; están los que conviven fácilmente, los que se hacen los filosóficos, los que se llevan bien con los arquitectos, los que se hacen los decoradores y los sórdidos hospitalarios».

    En suma, este juego de verano con «rumor cromático», tiene la frescura de su rápida improvisación y resulta grato de ver. Además, con toda su diversidad estilística y de calidad, la exhibición brinda visibilidad a algunos artistas excelentes, varios consagrados, pero muchos escasamente conocidos por el público, que no tienen aún el reconocimiento que merecen y vale la pena descubrir.
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