13 de septiembre 2002 - 00:00

El duro choque de un inocente con lo real

Escena del film
Escena del film
«Simplemente humano» (Dinamarca, 2001, habl. en danés). Dir. y guión: A. Sandgren. Int.: N.L. Kaas, P. Mygind, S.A. Olsen, C.N. Winther, L. Kruse, T. Munk.

A dos años del estreno de «La celebración», el estremecedor film que reveló el Dogma 95 en la Argentina, y a pocos meses del de «Italiano para principantes», el film que devolvió el interés por dicho Dogma a muchos argentinos, se estrena «Simplemente humano». O mejor aún, «Verdaderamente humano», como se tradujo al inglés el título original, ya que el deseo del protagonista de esta fábula danesa es «ser un verdadero ser humano», algo no tan simple, como todos sabemos.

Cámara en mano -precepto ineludible de esta corriente, aunque por lo demás nadie juraría que no hay luz artificial y otros artificios prohibidos por la misma, pero agradecidos por el espectador-, el director empieza mostrando a una niñita que habla sola, mientras sus atareados padres se aprestan a vender la casa familiar para mudarse a otro sitio mejor.

Pronto se sabe que habla con un amigo invisible, que según ella vive en una de las paredes de su cuarto, y que en realidad es un hermano abortado mucho antes de que ella naciera.

Todo esto dicho por los adultos a sus invitados en una comida, con cierto arrepentimiento, como para ir adelantando el tema principal. Tras la venta y un suceso más grave, la casa es demolida y el espíritu de la pared sale a la vida convertido en un muchacho virgen de todo vestigio humano (incluso el habla), pero decidido a aprender a serlo. De eso se trata todo el resto de esta película que, como casi todas las del Dogma, expone a un inocente a todos los padecimientos posibles para desnudar la debacle de la sociedad danesa -y otras, seguramente-, con sus derivados: falta de amor, traición, perversión, abuso, hipocresía, infelicidad... Un verdadero infierno, mostrado como lo haría un niño o tal vez un sueño; quién sabe.

Nada que no sea cierto, evidentemente, pero excesivamente literal para ser una parábola. Por suerte, Nikolaj Lie Kaas (en un personaje cercano al que hizo en «Los idiotas») y el toque fantástico humanizan, justamente, otro ejercicio del Dogma con la intención crítica demasiado a la vista.

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