20 de septiembre 2005 - 00:00

El excelente Valdés tuvo público escaso

Chucho Valdés brindó dos excelentes recitales(a los que aportó poco y nada suhermana Mayra Caridad) ante un teatroOpera menos concurrido de lo esperablepara un músico de su valía.
Chucho Valdés brindó dos excelentes recitales (a los que aportó poco y nada su hermana Mayra Caridad) ante un teatro Opera menos concurrido de lo esperable para un músico de su valía.
Chucho Valdés (piano). Con G. Piloto (batería), L. Rivero Alarcón ( contrabajo) y Y. Abreu Robles (percusión). Cantante: M. Caridad Valdés. (Teatro Opera, 16 y 17/9).

Chucho Valdés, precursor de un género que luego se conoció como jazz latino, cofundador del grupo Irakere, pianista virtuoso, compositor con algunas perlas en su historial, se ha transformado últimamente en un visitante asiduo de nuestro país (su anterior visita a la Argentina había sido como reemplazante de su padre, Bebo Valdés, junto al cantaor flamenco Diego El Cigala). Quizá haya que buscar allí la causa de que sus dos conciertos -originalmente, iban a ser tres- en el teatro Opera lucieran con mucho menos público del que merece un artista de estas características.

Chucho Valdés
conoce desde adentro la música cubana, y por su formación, domina con comodidad tanto el piano como los artificios improvisatorios del jazz. Con esas herramientas, a partir de temas propios, como «Guajira para Bebo», «Los güiros», «Zawinul mambo», o de otros autores («Cumbanchero» de Rafael Hernández, el «standard» «Poinciana», «Solar» de Miles Davis), construye a la manera del jazz de los años '50 y '60.

Presenta los temas, en general muy adornados con notas de paso, deja un espacio para la improvisación y el lucimiento, tanto suyos como de sus tres compañeros, y cierra con una reexposición del tema central.

En todo caso, no está en la originalidad constructiva sino en su personal, e indudablemente cubana, manera de tocar el piano, en el natural manejo de las armonías, en el dominio total de los «tumbaos» caribeños, lo que lo convierte en referente para la música instrumental de todo el continente.

Promediando el concierto, hace su aparición su hermana, la cantante Mayra Caridad Valdés. De buena técnica, prolija en su afinación, y con un repertorio de clásicos latinoamericanos como «Bésame mucho» o «Drume negrito», lo suyo no alcanza el nivel de lo presentado por el cuarteto. Previsible en sus juegos vocales, demasiado preocupada por «entretener» llevando al público a hacer coros sin mayor sentido, no consigue ponerse a la altura de las circuntancias; y su set queda rápidamente en el olvido cuando el grupo comandado por Chucho queda otra vez como único protagonista.

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