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Justamente, en el barrio de Barcelona donde ahora hay una plaza con su nombre, él se metió -no sin trabajo- a la gitanería en el bolsillo, captó sus ritmos y su espíritu, e inventó una revaloración de la rumba catalana, una forma novedosa de expresar los sentimientos de la calle, caminada por buscavidas de variados países, más o menos establecidos en la ciudad. Al comienzo, los baluartes de las culturas y subculturas del lugar le desconfiaron. Todavía hoy, a quince años de su muerte, algunos sectores lo siguen mirando torcido. Pero ya forma parte del folklore, y ya aportó, además, algunas de las mejores cosas de los argentinos: la libertad creativa, la capacidad de absorción, la conciencia de seguir adelante como sea, la valoración del mestizaje racial y cultural, la habilidad para enamorar mujeres, y el culto de la amistad.
Son precisamente algunas de sus mujeres, y varios de sus amigos, los que dan aquí sus testimonios, en charlas entre ellos. Esto es interesante: en vez del recurso convencional de filmar a un testimoniante sentado, con micrófono corbatero, y luego a otro, etc., lo que ha hecho el realizador fue juntar grupos de dos o tres personas charlando entre ellas, contando unas cosas maravillosas, algunas también medio impublicables, y no siempre elogiosas.
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