15 de junio 2006 - 00:00

"El latido de mi corazón"

Romain Duris: el reencuentro con la madre muerta tiene un único escenario posible, volveral piano.
Romain Duris: el reencuentro con la madre muerta tiene un único escenario posible, volver al piano.
«El latido de mi corazón» («De battre mon coeur s'est arrêté», Dir.: J.Audiard. Int.: R. Duris, N. Arestrup, J. Zaccaï, G. Cohen y otros.

El corazón al que alude el título de la película es el de Thomas (Romain Duris), un parisiense que está llegando a los 30, cuyo conflicto interior es un choque entre la mafia y Haydn. Su madre, una concertista de piano, ha muerto hace un tiempo, y su decadente padre (Niels Arestrup) es un agente inmobiliario especializado en extorsiones y desalojos violentos. Aunque nunca pueda apostarse en las derivaciones de la vida, cuesta imaginar un matrimonio como el de sus padres; en todo caso. el escenario interior de Thomas lo resume bien.

Al principio, la elección de Thomas no deja dudas: también él, por mandato implícito o amor filial hacia el padre, se dedica a la misma tarea; sus socios son otros crápulas que no dudan en recurrir a los métodos que fueren para bajar precios de propiedades o erradicar inquilinos morosos. Sin embargo, una tarde, el azar hace cruzar a Thomas con un viejo promotor artístico de su madre, a quien impulsivamente recurre como tabla de salvación: la vieja música, la que abandonó de pequeño, está pidiendo salir en él como refugio de esa realidad asqueante.

El nuevo film de Jacques Audiard (director de «Lee mis labios») es la reelaboración de un film independiente norteamericano de los '70 llamado «Fingers», que protagonizó Harvey Keitel. La visión de Audiard es tensa y dura, y tal vez demasiado explícita, sobre todo en la exposición del enfermizo vínculo padre-hijo (esa común vertiente de amor y odio, que inclusive aparece parafraseada en un prólogo según las vivencias de otro personaje).

Así y todo, contra la opacidadde ese planteo, donde auténticamente sobresale la mirada de Audiard es en el vaciamiento de Thomas y su agónica imposibilidad de acceder a una nueva vida; en el sostenido desplazamiento del eje de su personaje el relato logra, en más de una escena, una intensidad poco frecuente. Se trata, en definitiva, de un film francés, cultura que ha potenciado siempre el concepto de «deseo».

El deseo de Thomas no tiene objeto pero sí múltiples formas: la digitación y el piano, las viejas melodías, el fantasma omnipresente de la madre ( recuperada inclusive a través de unas cintas grabadas), la mujer de su amigo adúltero, la profesora vietnamita que no sabe una palabra de francés, pero junto a quien redescubre, a través de la gestualidad, una forma de comunicación no violenta que excede lo puramente musical.

La ambigüedad del título original francés («De latir, mi corazón se ha detenido») juega con el doble sentido de «battre», que es latir y golpear.

Entre golpes, latidos y compases transcurre parcamente, casi sin emociones, la existencia de Thomas. Ni siquiera las instancias más críticas lo ponen a resguardo de ese devenir sin horizontes ni metas. Es un personaje bien construido, a quien la habitual inexpresividad de Duris le sienta muy bien en este caso.

También es buena la falta de previsibilidad del rumbo que van adquiriendo los hechos: los vínculos afectivos o eróticos no quedan planteados entre los personajes que parecerían destinados a establecerlos, sino que encarnan en otros, más ajustados a la lógica interna de la historia y sus protagonistas que al eventual efecto «poético», demagógico, que podría obtenerse ante los gustos de la platea (en especial, cuando hay música clásica y posibilidades interraciales de por medio.). El tono medio, más sincero y despojado, contribuye a hacer más sólido el film.

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