"EL MISTERIO DE LA LIBELULA"

Espectáculos

«El misterio de la libélula» («Dragonfly», EE.UU., 2002; habl. en inglés). Dir.: T. Shadyac. Int.: K. Costner, L. Hunt, K. Bates y otros.

M ayor que el de la libélula es el misterio de Kevin Costner. Después de «Danza con lobos» (1990), que le valió el amor de los caciques de Hollywood y de la indiada rasa, sus perspectivas de estrellato eran enormes. Sin embargo, el actor parece haberse propuesto, desde entonces, una estrategia suicida donde cada película nueva es peor que la anterior.

«El misterio de la libélula»
comparte con aquel western la buena conciencia y unos cuantos indios, que no son la única minoría representada en pantalla: el guión también cumple con el cupo homosexual femenino, con los afro y los latinoamericanos, y hasta con las personas no favorecidas por la estatura (la monja con poderes es la actriz enana Linda Hunt).

Mensajes

Pero la historia, esta vez, tiene características sobrenaturales: Costner está convencido de que su mujer, una bondadosa médica de la Cruz Roja que muere en la primera escena mientras ayuda a los niños pobres en Venezuela, le está mandando mensajes de ultratumba a través de libélulas (que eran su insecto favorito por una marca de nacimiento en la piel).

Sólo unos niños enfermos y un papagayo comparten tal idea con
Costner; los demás lo toman, naturalmente, por loco. El noble pajarraco, en cambio, continúa imitando el saludo de la extinta noche a noche, como si ella aún llegara a la casa. Y aquí se plantea uno de los escollos más incomprensibles de la película: ¿cómo puede una mujer tan buena, después de haber vivido un matrimonio tan lleno de valores, asustar tanto al pobre viudo? Sus manifestaciones nocturnas, más que las de una santa, parecen las de un vampiro: la libélula golpea la ventana como Bela Lugosi, vuelan las cosas por el aire, al pobre Costner se le hiela la sangre. Y no sólo a él, también al papagayo que huye espantado. ¿No encontró la difunta una manera más delicada de comunicación? Ahora, si se trataba de sobresaltar al espectador, deberían haber cambiado de género. O de perfil de esposa.

Sin embargo, tal vez no sea eso lo peor de
«El misterio de la libélula»: los acontecimientos que se suceden en la última parte, con la visita de Costner a la tribu de indios cerca de la cual murió su mujer (que lo rodean como al ídolo de «Danza con lobos»), y el descubrimiento que allí hace, coronan lo que se venía viendo hasta ese momento. Hay amores que casi matan.

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