El mundo resplandeciente de Versace reaparecerá el próximo mes de abril en una subasta de Sotheby's que exhibe su impronta, el absoluto predominio de la vertiente neobarroca que impuso este fin de siglo y caracterizó su diseño. En los muebles, obras de arte y objetos elegidos por el modisto para vestir las suntuosas casas que tenía en Milán, el Lago di Cuomo, Nueva York y la «Casuarina» de Miami, prevalecen los estilos Neoclásico, Imperio y Rococó, que conjugan a la perfección con la estética del exceso que lo hizo célebre. Idolatrado por divos como Madonna, Elton John, Cher y Anna Wintour, conocida editora de la revista «Vogue», la subasta de sus bienes, en la que esperan recaudar entre 5 y 7 millones de dólares, será sin duda un suceso, y hay quien augura que su resonancia va a ser equiparable a las de los duques de Windsor o Nureyev.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Con su desmesurada imaginación que, sin términos medios, provoca rechazos o adhesiones, Versace encarnó como pocos el llamado «nervio del tiempo»; instauró un estilo tan desprejuiciado como nunca se había conocido e impulsó un provocativo cambio en el rumbo de la moda. Aunque lo cierto es que, más allá de la incondicional aceptación que alcanzó entre las veleidosas superestrellas que amaron su frivolidad, también supo seducir a intelectuales. Valoración que quedó a la vista cuando luego de su muerte, el Museo Metropolitan de Nueva York le dedicó una exhaustiva muestra. Sus creaciones lucieron como auténticas obras de arte, y fueron investigadas y analizadas con la misma dedicación que se le presta a un Van Gogh.
Hijo de un comerciante y una costurera, Versace nació en Calabria y aprendió desde pequeño la técnica de la costura, así debutó en el diseño del prêt à porter italiano. Luego, con el uso de colores restallantes y materiales audaces, como el plástico o el tejido metálico y brillante que creó en el década del ochenta y que podía ser cosido a máquina, consolidó su fama con la estética del derroche que signó los tardíos años ochenta y los primeros noventa.
Es el mundo saturado de brillos y reflejos que surgió en los opulentos años de Reagan y que importó la Argentina en ese entonces. Su arribo caracterizó todo un momento social, el de la fiesta finisecular que brindaron algunos consorcios globales, el poder y su vistoso entorno adinerado, además de los que supieron aprovechar la coyuntura antes del arribo de la actual depresión económica.
Se trata de la otra cara de la moneda de la estética minimalista, del rigor ortodoxo de los trajes negros de Calvin Klein (como los que supieron usar los jóvenes clonados de «CQC», por citar un caso), representantes de la tendencia que, a modo de reacción impusieron los tiempos. En la vereda opuesta, Versace se especializó en vestidos de fiesta propicios para la ostentación del lujo y el dispendio, cargados de ornamentación superflua. Así forjó un imperio que facturaba 500 millones de dólares.
Pero el éxito de Versace lo determinó otra razón estilística de peso: el tono sofisticado pero a la vez callejero de sus modelos. Por primera vez, un modisto salía a la calle a buscar inspiración. Y allí, donde también se encontró con la muerte, al igual que su colega Gucci pocos años antes, se apropió del estilo desfachatado de las «cocottes» modernas. Supo ver la magia del asunto, la misma que exactamente un siglo antes descubría Toulouse Lautrec. Sacando provecho de un clima encanallado, creó una imagen de la mujer fuerte y sensual, hija del atrevimiento. Con ese espíritu en algunos de sus diseños y a costa de sacrificar sin reparos la elegancia, tensó los límites de la alta costura, llegó al extremo de citar el sadomasoquismo.
Si bien el eclecticismo lo llevó a alimentar su creatividad con el arte moderno y las pinturas de Warhol, el espíritu cortesano de sus casas pone en evidencia su apego al pasado, pero a un período definido del pasado, que coincide con otro fin de siglo. El impactante y abrumador conjunto de sedas, oros y volutas rococó, el barroquismo excesivo, la profusión de bronces en los muebles, las «chinois-series» y «turqueries» representan todo el esplendor de los finales del XIX. Pero a la vez, como sucede con los diseños de la ropa Versace, revelan los síntomas que anuncian la decadencia.
Delirio
La teatralidad de sus casas estará recreada con fidelidad en los salones de Sotheby's. El pintor orientalista Jean Léon Gêrome es un fiel exponente del delirio estetizante decimonónico y además, de la excelencia que alcanzó el oficio en el XIX. Uno de sus paisajes del desierto africano, «En el reloj», está estimado entre 40.000 y 60.000 dólares. Pero las obras cumbre del remate son los cuadros del académico Antoine Dubost, discípulo de David, artista que impuso el canon en los salones de París. Dubost, como su maestro, se especializó en escenas mitológicas de corte neoclásico, estilo que fue simultáneo aunque opuesto a la revuelta del Romanticismo y que ilustran los cuadros «El retorno de Helena» y «La muerte de Cenchirias, hijo de Neptuno». Las dos pinturas de dimensiones monumentales ejemplifican ese espíritu ampuloso y tienen estimaciones que superan los 100.000 dólares cada una.
Las obras de arte, junto al resto de los objetos, desde las tulipas venecianas hasta las alfombras de Asia, los mosaicos italianos, el escritorio jacobino con broncería, las consolas francesas, los tapices y las porcelanas cuyo diseño se inspira en los tesoros del mar, se rematarán durante tres días, a partir del 5 de abril.
Dejá tu comentario