«Congreso-Dos cámaras», de Guillermo Kuitca, en la muestra «Papeles latinoamericanos.
De David Alfaro Siqueiros a Guillermo Kuitca».
"Papeles latinoamericanos. De David Alfaro Siqueiros a Guillermo Kuitca", la breve y grata muestra que presenta en estos días el Malba parte del más simple de los temas, el uso que le dieron al papel algunos artistas de esta región del continente. El curador de la muestra, Marcelo Pacheco, presenta el papel como protagonista en el dibujo que abre la exposición, «Accidente en la mina» de Siqueiros, donde aparece visiblemente manchado, quemado en uno de sus bordes y lastimado. Una grilla dibujada al lápiz divide la escena en fragmentos, e indica que se trata de un bosquejo que en 1931 sería trasladado a una tela más de dos metros, y en el retazo de papel figura toda la información sobre esa obra.
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Los datos que se perciben acerca de las cualidades y posibilidades que ofrece el papel, es el leitmotiv que resuena a lo largo de toda la muestra. Luego, como cantos paralelos se suman, por un lado, las diversas modalidades de empleo de este material sensible, apto para registrar los gestos mínimos del artista y, por otro lado, los temas que inspiraron las obras. La ciudad aparece como tema de varios dibujos. En «Comercio» (1917), una tinta realizada sobre la levedad de un pequeño rectángulo de papel, Joaquín Torres García muestra el ajetreo de Montevideo. Con el recurso de realizar un corte transversal a la ciudad, el uruguayo deja a la vista la actividad que se desarrolla en el interior de sus esquemáticos edificios. Junto a esta imagen está «La calle vibracionista» de Barradas, representativa de la energía de las ciudades; a su lado, y a través de una ventana que dibujó Pettoruti, se divisa una calle de Florencia; luego, en Torroella de Montgrí, se vislumbra la España surreal de Battlle Planas y, más adelante, unos alucinados pájaros mecánicos de Xul Solar surcan los cielos como aviones. A las vistas de estas ciudades de principios del siglo XX, se enfrenta como un enigma un complejo diagrama dibujado en grafito por Siquier en 2003.
El papel es el soporte ideal para que los dibujantes desplieguen su virtuosismo, porque captura los mínimos rasgos y hasta permite adivinar el ritmo de ejecución de la obra. Un buen ejemplo es el del mexicano Agustín Lazo, que elabora con trazo rápido y tintas de colores una trama inconfundible, cerrada y obsesiva. El encanto de la muestra consiste en descubrir las señas particulares que imprimen los artistas en el papel. Portinari, se destaca por el encaje que conforma con sus diestras líneas, enruladas y juguetonas; Di Cavalcanti, por las superficies empolvadas y tersas del pastel que acentúa la sensualidad de sus negros personajes; la ternura de Feliciano Centurión está plasmada en la frescura de unos bocetos; Stupía se torna reconocible por los accidentes controlados que logra cuando derrama charcos de tinta sobre el papel; Distéfano por la manera renacentista de plantar la figura humana; Benedit, por la impecable perfección en la superposición de los colores en «La agricultura», una memorable acuarela. En las serigrafías de Nicolás García Uriburu, el papel suplanta las aguas del Gran Canal de Venecia, el color ha pasado por un tamiz y ha coloreado la superficie con un verde uniforme y llamativo.
En las xilografías de Ballester Peña que ilustran en la década del 20 con trazo firme la revista «La campana de palo» (la campana de los pobres), al igual que en los grabados de José Arato y Adolfo Bellocq, el papel está cargado de ideología y de historia, es el material apto para difundir el arte a nivel masivo.
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Para muchos expertos, los exquisitos dibujos surrelistas de Roberto Aisenberg son lo mejor de su producción. En esta exposición hay una impecable serie de carácter íntimo, donde el trazo del lápiz, como si acariciara el papel, más allá de la forma ha dejado la huella sensible del pulso del autor.
Entretanto, para los conceptualistas Liliana Porter y Luis Camnitzer el papel es tema de reflexión. Mientras Porter exhibe la imagen de un papel abollado, de esos que se descartan, y de este modo transmite la búsqueda y el inconformismo del artista, Camnitzer escribe la palabra «origami» sobre un bollo de características similares, y con ironía deja a la vista la complejidad de su tarea. Al final del recorrido hay una obra donde -al igual que en las junglas de Covarrubias-, el papel compite con la tela, es el soporte para la densidad de la pintura. Se trata de una aterciopelada y bellísima témpera de Abraham Vigo, cuya imagen representa la caldera de un barco gris bañada por la luz del fuego color rosa.
Un dibujo de Kuitca, «Congreso, dos cámaras» cierra la muestra. A la rigurosa línea de las plantas arquitectónicas de las cámaras, que a simple vista se perciben como las plateas de dos teatros, se contrapone la imprecisa aplicación del color, la tinta se desplaza como un elemento emocional que desborda la forma y parece anunciar un incendio.
La exposición se completa con obras de Deira, Del Prete, Cícero Díaz, Gerchman, Guttero, Matta, Polesello, Mariano Rodríguez y Claudio Tosí. Con su magnífica presencia, esta colección de dibujos deja atrás el prejuicio que aún perdura en la Argentina, de considerar que el valor de la obra en papel es inferior al de la tela.
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