La revista «Vanity Fair» señalaba que lo primero que hacen los ejecutivos de Sotheby's y Christie's cuando llegan por la mañana a sus oficinas es leer las necrológicas, y decidir quién está mejor posicionado para enviar una carta de condolencias.
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Movidos por el afán de conseguir obras de arte para sus subastas, con la misma disciplina indagan los quebrantos financieros. Y en la inestable Argentina, primero durante la crisis hiperinflacionaria y luego con la cada vez más profunda recesión económica, las rematadoras cosechan para el festín.
Si bien la riqueza de nuestro patrimonio artístico, forjado en la prosperidad de fin y principios del siglo, comenzó a disgregarse en los años cincuenta, un verdadero vaciamiento que se inició en la década del setenta cuando la colección Santamarina llegó a Londres para ser subastada, continúa hasta la actualidad.
El efecto de las crisis económicas ha sido devastador, pero también el de una política cultural que parece diseñada para favorecer la extinción de las pocas colecciones que quedan todavía. Al permitir la libre exportación del arte sin pagar impuestos, pero imponiendo pesados gravámenes a su importación, se generan situaciones como la del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, donde las obras adquiridas en el extranjero tuvieron que ser importadas de modo «transitorio».
Así, se castiga a los pocos coleccionistas que no esconden sus obras bajo llave. Si se suma la fuerte demanda de obras desde los mercados de Europa y de EE.UU. a una legislación que propicia el desequilibrio, no es extraño que sea mucho mayor el caudal de salida que el del ingreso.
Contramarcha
La semana pasada, estuvo a punto de producirse una venta de pinturas españolas de la colección Uriarte Piñeiro en Sotheby's de Londres. Los cuadros de Mongrell, García y Rodríguez, Romero de Torres y Alvarez de Sotomayor, entre otros, habían sido donados en 1940 al Museo de Nacional de Bellas Artes, pero como esta institución no los exhibió según exigía el convenio, tuvo que devolverlos a sus dueños, que en un principio decidieron venderlos. A último momento, en una instancia aún no demasiado clara, éstos cambiaron de idea y detuvieron la subasta.
Las leyes que controlan la exportación e importación del arte, hechas en las marchas y contramarchas que dictaban las contingencias, prohibieron su salida a partir de la venta de la colección Santamarina. En el año 1996 se sancionó la Ley 24.633, que permitía la libre circulación con ciertas limitaciones, posteriormente modificada por un decreto presidencial que derogó las restricciones a la exportación.
Con una única salvedad: las obras deben pasar por el filtro de la Dirección de Artes Visuales de la Secretaría de Cultura y del Consejo Consultivo Honorario, o la Comisión de Monumentos y Lugares Históricos para que se «considere si la exportación puede afectar el patrimonio nacional».
Lo llamativo no es que la colección Uriarte Piñeiro fuera retirada del Museo, dado que corresponde a las cláusulas del convenio, sino que pudiera sortear sin obstáculos las instituciones que evalúan si se trata de un bien patrimonial y cruzara la frontera rumbo a Sotheby's. Entretanto, la importación de arte, que sí podría enriquecer nuestro estrecho patrimonio, está gravada con 0,50% de IVA e impuestos aduaneros que desalientan a los coleccionistas.
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