17 de julio 2007 - 00:00
El retrato, mucho más que una copia
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Un autorretrato
de Henri
Matisse forma
parte de la
exposición «El
espejo y la
máscara», en el
Kimbell Art
Museum de
Fort Worth,
Texas.
Luego de varias sesiones, Picasso repintó la cabeza de su famosa Gertrude Stein, hasta lograr la apariencia de una máscara basada en las obras del medioevo español y la antigua escultura ibérica. Ante algunas quejas por la ausencia de parecido, respondió: «Todo el mundo piensa que no se parece en nada a su retrato, pero no importa, al final acabará pareciéndose».
Aunque en la pintura tradicional los modelos posaban en el taller del artista, estaban representados ante majestuosas columnas y telones.
Desde Picasso a Giacometti, esas columnas y cortinados fueron reemplazados por lienzos acumulados, bastidores, marcos y elementos del estudio. Se puso en evidencia un cambio en la pintura moderna: es el artista quien elige e impone sus condiciones. No se plantean cuestiones como la apariencia, la ocupación o la posición social, sino representar su subjetividad.
Si bien Henri Matisse no impuso una imagen exótica a sus modelos, compartió con otros la representación de rostros alejados de la tradición occidental. Desde su famosa obra «Mujer con sombrero de 1905» (su mujer Amélie), fue acentuando en sus pinturas la tensión entre intimidad humana e impersonalidad de la máscara. En «Madame Matisse» de 1913 pinta una mujer vestida a la moda, pero que termina en una máscara gris e inexpresiva.
Amedeo Modigialini incorporó la estilización de las máscaras africanas pero sólo como un punto de partida para construir formas abstractas, que luego con pocos cambios particulariza con los rasgos de sus modelos. James Ensor también se interesa por las máscaras así como por las marionetas.
Las máscaras, vinculadas con la comedia del arte o las tradiciones del carnaval, son reiterativas en su trayectoria. Es singular el caso de Andy Warhol que pinta rostros con las imágenes de sus modelos, y con ellos alude al aspecto fugaz de las celebridades -Elizabeth Taylor o Marilyn Monroe-, o a su presencia por razones políticas en los medios de comunicación, como en la conocida fotografía de Mao Tse Tung.
«La ironía del gusto de Warhol por lo superficial puede revelar una comprensión profunda de la sociedad del espectáculo», señaló John Klein en su ensayo «Las máscaras como imagen y estrategia». Es el caso de las series de Picasso sobre las mujeres de su vida: la modelo puede verse como una actriz que representa distintos papeles: diferentes representaciones de la personalidad o estados de ánimo. Algunos se inventan una identidad, como Picasso lo hizo en sus autorretratos, disfrazado de El Greco y de Velázquez.
Con instantáneas de su rostro impasible, Marcel Duchamp se autorretrató a la manera de un cartel «se busca». En su «Autorretrato» de 1937, Joan Miró valiéndose de un espejo convexo pintó una imagen monumental y distorsionada. En los rostros de muchos retratos modernos se materializan los temores borgianos: «... temía que el espejo me mostrara otra cara o una ciega máscara impersonal que ocultaría algo sin duda atroz. Temí asimismo que el silencioso tiempo del espejo se desviara del curso cotidiano de las horas del hombre y hospedara en su vago confín imaginario seres, formas y colores nuevos. Yo temo ahora que el espejo encierre al verdadero rostro de mi alma, lastimada de sombras y de culpas.»



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