9 de abril 2008 - 00:00

"El rey de California"

Michael Douglas ya está más allá de las atracciones fatales, pero su cordura (para elegir papeles, en especial) no mejora.
Michael Douglas ya está más allá de las atracciones fatales, pero su cordura (para elegir papeles, en especial) no mejora.
«El rey de California» («King Of California», EE.UU., 2007; habl. en inglés). Dir.: M. Cahill. Int.; M. Douglas, E.R. Wood, W. Burks, E. Lieber y otros.

Hay un cierto perfil de «loser» que, por razones no del todo comprensibles, el cine tiende a glorificar y sentimentalizar. Una de sus subespecies corresponde a ese personaje que ha pasado por algún neuropsiquiátrico o todavía permanece en él, y a cuyas maquinaciones se poetiza como si se trataran de grandes verdades reveladas sólo a él, e imposibles de ser percibidas por el resto de los mortales, presos del sentido común.

Si el Charlie que aquí compone Michael Douglas (¡las cosas que hay que hacer a veces para seguir filmando!) se acercara, por casualidad, a las oficinas de producción de esta película, ni le permitirían pisar el umbral, pero eso no obsta para que se le dé luz verde a un proyecto que lo convierte en héroe.

Charlie, a quien efectivamente dan el alta en un hospicio de salud mental, ha llevado una existencia un tanto azarosa: ex músico de jazz, fantaseador de utopías permanentes y mutables, fue abandonado por su mujer mucho tiempo atrás y desde entonces, salvo el período en el neuropsiquiátrico, vive con su hija adolescente Miranda (Evan Rachel Wood), quien al principio lo soporta como puede hasta que, poco a poco, a la pobre no le queda otra chance que empezar a participar de sus delirios. Eso no tendría nada de malo, al fin y al cabo es la hija: el problema está en que el director y guionista Mike Cahill también pretende que el espectador lo haga.

Charlie, según ha leído en el hospicio, está convencido de que en determinados puntos del condado de Orange, California, donde él vive, hay un tesoro oculto que han dejado los jesuitas en el siglo XVII. Uno de esos puntos estaría en los sótanos de un gigantesco mall. Y Miranda, que hasta entonces sólo trabajó como cajera en la más famosa de las cadenas de comida rápida (aquí lo gigantesco es el McChivo), cambia de empleo sólo para que su padre tenga acceso allí, por la noche, y poder cavar en ese mall a la busca del tesoro. En fin. No es fácil la empresa, porque hay que conseguir primero la llave maestra, burlar las alarmas, etc.

Llegados a ese punto cabe preguntarse: ¿se propuso el libretista ahondar en otra más de las relaciones «disfuncionales» de la familia norteamericana? Es posible, pero, si así fue, ¿para qué perdió tanto tiempo con los preparativos, operaciones y procedimientos de la búsqueda del tesoro? En una de las imágenes de «El principito», Saint-Exupéry planteó el dilema de ver o bien un simple sombrero, o bien una boa que se comió un elefante. ¿ Habrá imaginado entonces la insufrible estirpe de descendientes sensibles que iba a tener su parábola?

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