«Los pequeños burgueses», de M. Gorki. Traducción: N. Taiani. Dramaturgia: M. Kartún. Dir.: L. Yusem. Int.: G. Toscano, O. Santoro, R. Cortese, A. Segado, J.M. López, A. Zanca, H. Roca y elenco. Esc. y Vest.: G. Galán. Ilum.: M. Cuervo. (Sala Casacuberta-Teatro San Martín).
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En la casa de Vasili, un prepotente dirigente sindical que tiraniza a su propia familia e inquilinos, hay un orden que amenaza con quebrarse. Este microcosmos le sirvió a Máximo Gorki para reflejar los profundos cambios sociales que sacudían a la Rusia de principios del siglo XX e hizo de «Los pequeños burgueses» una obra de largo alcance, tan rica en contenidos que aún hoy, fuera ya de su contexto sociopolítico, invita a la polémica.
Al menos, esto es lo que provoca la nueva y atractiva puesta de LauraYusem, quien esta vez contó con la colaboración de Mauricio Kartún en dramaturgia. Como representante de un orden rígido, verticalista y resistente al cambio, Vasili (vigorosamente interpretado por Osvaldo Santoro) considera como una escandalosa «falta de respeto» los tímidos reclamos de autonomía que le hacen sus dos hijos: la triste y escéptica Tatiana ( Gabriela Toscano) y el malhumorado Pedro ( Claudio Quinteros). Ellos rechazan el modelo de vida impuesto por su padre, pero no aciertan a reemplazarlo por otro que los libere de su apatía vital. Ambos oscilan entre el aburrimiento, el desamparo y un nihilismo tal vez agudizado por la ociosidad. Lo mismo sucede con la madre (Rita Cortese), que, aunque simula compartir el brutal pragmatismo de su marido, tiene tiempo de confesarse a solas: «Todas las noches me aburro».
Como contrapartida, aparece en la obra una serie de personajes que son la viva imagen del optimismo y el emprendimiento personal. Empezando por Nil (el hijo adoptivo de Vasili), un obrero ferroviario que ha hecho de la alegría y el trabajo sus principales banderas («un hombre alegre siempre es buena persona»; «el que trabaja no se aburre»).
Junto a él se nuclean la humilde Pola (su futura esposa), Helena (una viuda muy sensual, que vive en la casa como pensionista y asegura sentir odio por la desgracia), además de un grupo de amigos intelectuales con muchas ganas de hacer cosas. Ninguno de ellos puede entender la parálisis y la embotadora tristeza que domina a esa casa.
Por eso, la terrible conflictiva familiar que allí se desarrolla termina dando pie a un encarnizado enfrentamiento entre optimistas y escépticos. Al fin y al cabo, lo que se discute es el sentido de la vida, un tema típicamente chejoviano, que Gorki adopta dándole un enfoque mucho más carnal y polémico.
De este debate los que se llevan las palmas son dos borrachines: el cínico e ingenioso Tete-rev (Alberto Segado) y Perchijin, el cazador de pájaros (al que José María López convierte en un vagabundo adorable). Con sus comentarios insolentes y desprejuiciados, estos dos marginales ayudan a tirar abajo el aparente maniqueísmo de la pieza.
Puesta
En las dos horas veinte muy bien aprovechadas, la directora Laura Yusem expuso con suma claridad todos los conflictos, ideas y pasiones que circulan por el texto de Gorki, articulándolos en una admirable síntesis. La refinada escenografía de Graciela Galán ayuda, entre otras cosas, a que la casa tenga algo de organismo vivo. No sucede lo mismo con la pequeña pileta ubicada en proscenio, por la que pasa casi todo el elenco en diferentes circunstancias (algunas, poéticas; otras, prosaicas).
El recurso pierde demasiado pronto su capacidad expresiva. Pero fuera de esta pequeña salvedad, la puesta es impecable. Tiene humor, vitalidad y apela tanto a la inteligencia como a la emoción. Sin duda, la pareja labor del elenco facilita su lectura y permite acentuar la conmovedora humanidad de sus criaturas.
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