25 de febrero 2003 - 00:00

"El San Martin tiene tendencias atávicas"

El San Martin tiene tendencias atávicas
El director teatral y réggiseur Rubén Szuchmacher acaba de hacerse cargo de la dirección artística de la sala off Del Otro lado (Lambaré 866) y aun antes de la inauguración oficial realizada ayer, lanzó una variada programación. Ya se estrenó allí «El vuelo del dragón» de Javier Daulte, «El pánico» de Rafael Spregelburd y «La gran ausencia» de Laura Garaglia, sobre textos de Eva Perón. El mismo Szuchmacher estrenará en mayo la pieza de Griselda Gambaro, «Mi querida», inspirada en un cuento de Chejov. Y, en noviembre, dará a conocer uno de sus proyectos más ambiciosos: un programa doble (y simultáneo) integrado por «Casa con dos puertas mala es de guardar» de Calderón de la Barca y una comedia con textos de Marcelo Bertuccio, que se desarrollará en los años 1954, 1955 y 1956. El título provisorio de la propuesta es «El siglo de Oro del Peronismo». En medio de tantos proyectos (también dirigirá en el San Martín «Lo que sucedió cuando Nora dejó a su marido» de Elfriede Jelinek, a estrenarse en la segunda quince de junio) en diálogo con este diario, Szuchmacher habló más que nada de su conflictiva relación con el Teatro San Martín y al Centro Cultural Ricardo Rojas, dos instituciones para las que ha venido trabajando desde hace varios años.

Periodista:
¿Ahora que se hizo cargo de esta sala privada va a abandonar sus actividades en el Rojas y en el San Martín?

Rubén Szuchmacher: No, a mí me sigue interesando mucho la gestión cultural en instituciones públicas. Esa experiencia me ha servido de mucho para diagramar la producción artística de esta sala. Lo que sucede es que la situación en el Rojas está muy complicada. Por ahora sigo como director de El festival del Rojas para preparar la edición 2004. Después veremos cómo sigue.


P.:
¿Por qué entró en crisis el Rojas, una sala que siempre fue considerada un importante semillero teatral?

R.S.: Porque todo cambio de autoridades mueve los cimientos de cualquier institución. Sobre todo en este caso, en que un rector como Shuberoff dominó la Universidad de Buenos Aires por 16 años seguidos. La crisis no es sólo del Rojas sino de la Universidad en su conjunto, fiel reflejo de la situación del país. El Rojas fue una institución caótica desde sus inicios y eso fue lo que le dio su empuje y la característica especial que fue imitada en otras ciudades. La idea de «organización» y de «emprolijamiento» que maneja la nueva conducción podría provocar un vaciamiento de ese espíritu que fue germen de muchos artistas importantes en nuestro medio.

P.: ¿Y qué problemas tiene con el San Martín?

R.S.: Este año no nos renovaron nuestros contratos como asesores, ni a Alejandro Tantanián ni a mí. La medida tiene una justificación aparentemente económica, ya que Kive Staiff dijo estar muy conforme con nuestro desempeño. De ser así yo entiendo que no haya plata, pero como me parece muy importante que exista un comité asesor, ofrecí trabajar ad honorem. Todavía no recibí una respuesta.

P.: ¿Qué funciones cumple exactamente el comité asesor?

R.S.: Mi lugar como asesor era acercarle a un señor como Kive Staiff, que tiene determinada edad, determinados recorridos y determinados amigos, un panorama de lo que él no veía. Hay lugares y «sucuchos» donde él no se mete. Es muy difícil que Kive vaya a una función del Rojas de unos chicos que no conoce.Y yo por proximidad, por tener alum-nos o por lo que fuere, cubro fácilmente ese segmento. En el resto de la programación no me metía, a lo sumo podía discutir después sobre determinados criterios artísticos. Para mí el gran tema de la gestión cultural es ver qué es lo que uno favorece y promueve, porque «todo» es imposible.

P.: ¿Usted preferiría que el San Martín se transformara en un teatro de vanguardia?

R.S.: No. Es un error decir que el San Martín tiene que ser «solamente» un teatro de vanguardia. Lo que sí creo es que tiene que tener un criterio de idoneidad y de modernidad que muchas veces se pierde. Por ejemplo, un espectáculo como «Hombre y superhombre», que dirigió Norma Aleandro en la Sala Casacuberta, era para el Maipo. Está bien, fue un éxito increíble y cumplió, pero no había en él un concepto de modernidad, estaba ligado al viejo teatro. Sin embargo, yo creo que hay un espectador interesado y de nivel popular, que puede acceder a espectáculos de otra clase. Y lo demostré con «Galileo» que era una puesta culterana, que no hacía ningún tipo de concesión a lo popular y sin embargo llenó la Martín Coronado. Por eso digo que el público de Buenos Aires aprecia la modernidad. Sabemos que esa sala no trabaja para un público popular, pero si alguno quisiera hacer en el San Martín «El patio de la morocha» no hay ningún problema, pero que lo haga con un criterio de modernidad. Para lo otro está el Teatro Astros, que ya cumple con su función de ofrecer espectáculos para un público de tendencias atávicas, que busca lo viejo, lo conocido.

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