4 de agosto 2004 - 00:00
"El saqueo cultural fue la otra guerra de Hitler"
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Héctor Feliciano con su obra, que en Estados Unidos se llamó «The Lost Museum. The Nazi Conspirancy to Steal the World’s Greatest Works of Art», resultó finalista, en no ficción, del Premio Pulitzer.
Héctor Feliciano, que actualmente reside en Nueva York, estudió Literatura Comparada en la Universidad de París, Historia del Arte y Periodismo en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Fue corresponsal cultural del «Washington Post» para Europa, con base en París, y luego de «Los Angeles Times». La edición de «El museo desaparecido» en español agrega más de 100 páginas, con nuevos datos, a la edición inicial francesa. Dialogamos con el investigador en su visita a Buenos Aires.
Héctor Feliciano: Esa leyenda la escuché de diversas fuentes y traté de investigarla a fines de los '80, pero era muy complicado. Lo que existió -la Argentina sólo declaró la guerra al Eje en mayo de 1945- era la triangulación del mercado: venían obras de arte de Europa, las dejaban una semana y luego la enviaban a Nueva York, donde declaraban que venían de Buenos Aires, blanqueándolas. En la aduana americana veían obras que habían sido rapiñadas en Europa como lugar de origen Buenos Aires. La Argentina jugó un papel importante en eso, como Brasil. Esto permitió una especie de comercio entre el Eje y los Estados Unidos. La guerra en Europa, tan rica en arte, hizo que el arte fluyera en el mercado de manera anormal. Cuando Hitler invade Francia hubo coleccionistas que, por desesperación o chantaje, tuvieron que vender cuadros que atesoraban.
H.F.: No elegí el tema, me eligió. Hace años, en un reportaje sobre arte, el entrevistado me dijo: «Bueno, muchos cuadros desaparecieron en la guerra, por los nazis». Hasta ahí sabia lo que sabe todo el mundo, había visto la película «El tren», dirigida por John Frankenheimer, con Burt Lancaster. Intenté investigar y unos no quisieron recibirme, porque el tema les era muy doloroso, otros porque pensaban que era un cazafortunas, pero otros me recibieron muy bien, tenían documentos y nunca habían trabajado con ellos. Fui a los archivos nacionales franceses y allí todo estaba clasificado, pero un archivista me dijo con arrogancia: «Usted nunca tendrá acceso a esos documentos», algo que jamás se le debe decir a un periodista.A partir de allí logré documentos que me dieron familias expoliadas, conseguí a un topo en el Ministerio de Cultura que me entregó información, viajé a Suiza, a Estados Unidos y a Alemania donde, con la banalidad del mal típica de los nazis, encontré listas pulcras y detalladas con el obsesivo deseo de documentar, clasificar listar una sustracción que consideraban lógica y natural. Poco a poco fui armando el rompecabezas. Atar cabos me llevó ocho años, en los que trabajé con pasión detectivesca.Además, detrás de la rapiña de arte, el telón de fondo del saqueo cultural es el Holocausto.
P.: «El museo desaparecido» provocó escándalo en Francia.
H.F.: Es que encontré 10 mil obras robadas por los nazis, y más de 2 mil estaban en los museos franceses, entre ellas 400 en el Louvre. Fue un escándalo. Los museos franceses se vieron forzados a hacer una exposición de esas 2 mil obras para que fueran las familias a reconocerlas y reclamarlas. En el Servicio de Inteligencia británico había observado listas de marchands franceses que colaboraron con los nazis, muchos eran personajes reconocidísimos en Francia y a los que nadie señalaba. Es que en esa sociedad había un culto del secreto, de todo lo que había pasado, de todo lo que se había sufrido.
P.: ¿Esos marchands ofrecían a los nazis «arte degenerado»?
H.F.: A los nazis les gustaba un tipo de arte: el alemán y el que va del Renacimiento al siglo XVIII. Del arte del siglo XIX y sobre todo el del siglo XX, el «arte degenerado», como le llamaban, ni hablar. «Degenerado» porque Hitler, impulsor del pan estatismo, jamás entendió qué fue la modernidad. Pero aún para el arte que no les gustaba tenían un ojo magnífico, elegían los mejores Picasso, Matisse y Dalí, por ejemplo. Se daban cuenta del valor que tenían en el mercado y en vez de destruirlos crearon un sistema de canje. Los nazis tenían en el Museo del Jeu de Paume el almacén de cuadros robados, los marchands seleccionaban, por ejemplo, cuatro Picasso, tres Matisse y a cambio daban algún cuadro alemán anónimo del siglo XV. Luego esos marchand entraban esos Picasso y esos Matisse al mercado. Tambien negociaban en un país neutral, Suiza, donde encontraron inversores interesados. La astucia de los nazis fue no destruir ese «arte degenerado» del que, Goebbels y Rosenberg desde los años '30, habían vaciado los museos de Alemania.
H.F.: La confiscación de arte no hubiera tomado las dimensiones que alcanzó si Hitler y Goering no hubieran sido amantes del arte. Hitler, que fracasó dos veces en ingresar a la escuela de Bellas Artes de Viena y luego a la escuela de Arquitectura, se creía un artista. En «Mi Lucha» dice, con su modestia de siempre, «yo soy un gran artista, un dibujante excepcional». De allí la importancia que los nazis daban a la confiscación. El día que entran a París, mientras persiguen a opositores, los capturan y los envían a campos de concentración y exterminio, comienzan a saquear galerías de arte. Sabían que la batalla cultural es tan importante como la geográfica, como la conquista de territorios.
P.: ¿Recuerda cuadros importantes que saquearon los nazis?
H.F.: «El astrónomo». Ese cuadro de Jan Vermeer formapareja con «El geógrafo», otra obra suya, y Hitler quería tener la parejita. Hitler le dijo a Rosenberg, antes de invadir Francia, «ese cuadro está allá, hay que traerlo». Dedican cinco meses a la búsqueda hasta que lo encuentran en las afuera del París, en uno de los castillos de los Rothschild que saquearon, y lo envían a Alemania, a Neuschwanstein, uno de los castillos de Luis II de Baviera, que servía de depósito para obras confiscadas por el Reich. Otro cuadro importante, que está aún en el Centro Pompidou, es «Hombre con guitarra» de Georges Braque, obra hoy valorada en unos 35 millones de dólares. Hay una lucha enorme de ese museo con los herederos de Alphonse Kann, que lo reclaman. Kann, que fue compañero de liceo de Marcel Proust (quien lo tomó de modelo para «El camino de Swann»), era uno de los grandes coleccionistas de la época, tenía 1.200 piezas, entre ellas 28 Picasso. Me sorprendió darme cuenta que la historia de ese increíble saqueo nunca se hubiera escrito.Ahora está, y voy a seguir investigando.
Entrevista de Máximo Soto




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