El encantador Giuseppe Cristiano (izquierda) junto al desdichado niño que lo hace crecer de golpe. «El secreto», otro film de estudiada belleza pero escasa profundidad de Gabriele Salvatores.
«El secreto» («Io non ho paura», Italia-España-G. Bretaña, 2003, habl. en italiano). Dir.: G. Salvatores. Int.: G. Cristiano, M. Di Pierro, A. Sánchez Gijón, D. Abbrescia, D. Abatantuono.
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Unos chicos juegan una carrera entre las refulgentes mieses de la campiña italiana; el cielo, arriba, es de un azul purísimo. Pronto, ya en una vieja granja abandonada, esos mismos chicos observan en un silencio tenso a una gordita obligada por el líder del grupo a pagar una prenda humillante e injusta. El cierre de esa escena le sirve a Gabriele Salvatores -ganador de un sorprendente Oscar a mejor film extranjero con «Mediterráneo en 1992-, para ilustrar desde el vamos la buena pasta de Michele el protagonista de «El secreto, («No tengo miedo», en el original).
Corre el verano de 1978 y, más allá de esos juegos salpicados de crueldad infantil y reprimendas maternas, todo transcurre con la liviandad debida para el pequeño Michele y sus amigos. Luego, casi como en el principio de «Mediterráneo» donde la irrupción de una nave de guerra hería la enceguecedora belleza de una isla griega, en «El secreto» la impactante visión de otro niño semidesnudo y encadenado dentro de un pozo, hiere los ojos y el alma de Michele, único testigo de ese espanto porque se había quedado rezagado.
A partir de allí, el film se convierte en una especie de thriller con climas y personajes de fábula, ya que se lo ve a través de la mirada del niño protagónico, quien, sin contarle nada a nadie vuelve una y otra vez a darle agua y comida al prisionero sin conseguir que éste le explique qué hace ahí.
Entretanto, la llegada de un torvo amigo de su padre dispara la imaginación de Michele hasta que un noticiero televisivo le revela a él y al espectador de qué se trata todo.
El objetivo evidente de la película, basada en un best-seller de Niccoló Ammaniti adaptada por su autor, es mostrar la pérdida de la inocencia de un chico de 10 años enfrentado a la realidad más descarnada y, lo que es peor, a la abyección de sus mayores, mientras desarrolla -por sí solo, valga la aclaración- valores como la amistad, la solidaridad y hasta la desobediencia por un buen fin. Salvatores eligió correctamente al elenco: Giuseppe Cristiano (Michele), es realmente un dechado de frescura, Aitana Sánchez Gijón da bien una mamma cuasi trágica y Diego Abatantuono convence con su rufián de historieta, para citar algunos. Como en «Mediterráneo» -y ni qué decir en «Puerto escondido»-, el director vuelve a deleitarse embelleciendo el paisaje, pero también vuelve a quedarse en la superficie de las cosas. Es que, si bien queda clarísimo que el estilo de narración busca concordar con la visión del mundo de Michele, su mirada de director por momentos resulta tan o más pueril que la de su encantador protagonista.
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