10 de enero 2001 - 00:00
"El surrealismo es un disparate"
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Gonzalo Rojas.
Periodista: ¿Por qué ha ordenado su poesía completa temática y no cronológicamente, como suele ser habitual?
Gonzalo Rojas: Porque me opongo a la idea de la linealidad del tiempo. No es cierto que yo naciera el 20 de diciembre de 1917: estoy naciendo siempre. Y no es cierto que uno escriba un libro como quien coloca ladrillos en un muro. Yo viví en Oriente, y allá el tiempo no es tan lineal. Además, pregunten a los físicos contemporáneos si lo es. Ellos también creen en la ambigüedad de la aproximación, más que en la exactitud. Como los poetas.
P.: El libro se abre con «Concierto». ¿Es un homenaje a los poetas que lo han marcado?
G.R.: Para mí, la originalidad no existe. Todos formamos parte de un coro. Si hubiese un poeta original habría que bus-carlo en los griegos antiguos. Siempre hay conexiones entre los distintos sistemas imaginarios. Recuerdo la primera vez que leí a Paul Celan. Pensé: «Pero si esto lo escribí yo». Tanta era la afinidad en cuanto al descuartizamiento de la sintaxis o al uso de neologismos, aunque cada uno tenga su voz. Yo, por ejemplo, soy un poeta silabeante.
P.: ¿Por qué?
P.: Una de sus grandes influencias fue el surrealismo. ¿Cómo lo ve hoy?
G.R.: Los surrealistas son los herederos del Romanticismo alemán. De hecho, fueron los vanguardistas menos rompedores. Ni siquiera aprove-charon los descubrimientos de Sigmund Freud sobre la dimensión onírica, sino las ideas de gente como el poeta y científico alemán Novalis, que pensaba que el sueño era una segunda vida. Me interesa el surrealismo, pero no como algo sagrado, porque en muchos órdenes es un disparate. También hubo un surrealismo de oficina.
P.: Usted conoció a André Breton. ¿Cómo era?
G.R.: Lo conocí en su casa. Estaba casado con una chilena y por eso me fue fácil llegar a él, no por mis méritos. Breton era un personaje bastante singular, altivo: cabeza de león, mirada atractiva, una mirada líquida, de las que saben ver, voz hermosa, desenfado, casi descaro con la gente que no le gustaba. Iluminaba. Era uno de esos escritores con gancho.
P.: Otra de sus referencias es Vicente Huidobro.
G.R.: Huidobro nos puso al día de la literatura mundial. Nos alejó del aburrimiento de lo telúrico, tan habitual en América. Era muy divertido, muy generoso con los jóvenes. Sembró libertad en nuestra cabeza.
P.: ¿Más que Neruda?
P.: ¿Y Gabriela Mistral?
P.: ¿Qué sería para usted hoy lo sagrado?
G.R.: Lo oscuro, lo enigmático, el misterio, el no sé tan precioso para los poetas. Uno escribe mucho de y desde ese no saber. Ahí está el primer poema de Vallejo, el que empieza: «Hay golpes en la vida tan fuertes.. Yo no sé». Tal vez, la diferencia entre la poesía española y la latinoamericana sea que los españoles son a veces demasiado explícitos. Nosotros somos más balbuceantes. Somos más elusivos que alusivos, más de ese no saber sagrado.
P.: ¿Es usted creyente?
P.: La idea del relámpago se repite en su obra.
G.R.: Tiene que ver con mi infancia. Una noche se desencadenó una tormenta. Yo tenía cinco años. Jugábamos en una galería cuando uno de mis hermanos dijo «relámpago». Ese esdrújulo me maravilló, me pareció que era más rico que la misma lluvia. Ahí está el poder de la palabra.
P.: ¿Es posible hablar todavía poéticamente de temas tan usados por la poesía como el amor o la muerte? Parecería que son temas que se están agotando, ¿no es así?
G.R.: ¿Cómo se va a agotar el amor, ese sentimiento de iluminación fosfórica entre cursi y fascinante? Ni las imágenes van a terminar con las palabras. La palabra va a seguir. Igual que el silencio. La historia es otra parte fundamental Gusta en «Metamorfosis de lo mismo».
P.: ¿Cuál es su balance del siglo XX?
G.R.: Este ha sido un siglo de mutilaciones. Yo nací con la Revolución Rusa. En seguida llegó el fascismo, que en Chile tuvo muchas resonancias. El mismo año del ascenso al poder de Hitler hubo allí un partido nazi. La Guerra Civil espa-ñola fue también terrible para nosotros. Sólo sentimos próxima a España con esa guerra. Hasta entonces era una madrastra remota, pero como madre ensangrentada fue otra cosa. Luego vinieron todas las dictaduras que nos tocó vivir. La historia la hemos respirado.
P.: ¿Su balance es negativo?
G.R.: Le recordaré una línea de Quevedo: «Nada me desengaña. El mundo me ha hechizado».
P.: Junto a la historia, está su historia personal en la parte titulada «Materia de testamento».
G.R.: Es mi árbol genealógico. Yo no soy un poeta telúrico. Me aburre mucho hablar de los «grandes ríos arteriales» y de las nieves de los Andes. Yo, pese a ser hijo de un minero del carbón, nací mundano. Me gusta el mundo entero. Soy un poeta genealógico, y en esa parte que cita voy dejando cosas a la gente que quiero, como en un testamento. Pese a todo, no es la muerte la que cierra el libro, sino el humor. Le contaré una anécdota. Cuando mi madre se estaba muriendo todos los hermanos la rodeamos. Allí estaba ella, preparada para morir, decorosa, digna. Entonces me hizo un guiño para que me acercara y me dijo: «¡Qué divertido es todo esto!».



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