Orquesta Sinfónica Nacional. Dir.: Andrés Spiller. Obras de Johann Strauss, Nicolai Rimski-Korsakov y Antonio Agri. Solista: Pablo Agri (violín). (15/3, Facultad de Derecho).
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E l violinista y compositor rosarino Antonio Agri falleció no hace mucho en la cumbre de su proyección internacional y de sus dotes. Su hijo Pablo, también eximio violinista continúa con la dinastía, y por eso fue el intérprete del estreno mundial de la obra sinfónica de su padre «S.P. de Nada» (Sin Pretensiones de nada).
Es una obra sencilla pero no simplista, emocional pero no compleja, intensamente melódica y con lógicas exhibiciones de armonías exuberantes para el violín solista. Es de destacar que esta versión para orquesta sinfónica se debe al joven y talentoso Guillo Espel, sorteando una gran dificultad, ya que el original es para dos violines. Pablo Agri refleja la herencia en el uso del arco con una determinada postura corporal y hasta algunas inflexiones y modulaciones. En todo caso, la obra se dejo oír en un transcurrir placentero y con varios solos de violín, algunos de ellos ayudado por Luis Roggero con algún efecto del llamado chicharra. Ni armonías de Stravinsky ni de Piazzolla, se estuvo en presencia de un fresco de Agri original y efectivamente Sin Pretenciones.
El concierto se había iniciado con la Obertura de la opereta «El Murciélago» del Johann Strauss de la despreocupada Viena, un verdadero desafío para cualquier orquesta. Recordemos que hace un par de años se iba a dar esta opereta en el Colón, el director austríaco que había llegado para trabajar se volvió a su país, frustrado por no haber logrado el espíritu vital y la rítmica; devolvieron el dinero de las localidades vendidas y se archivó el tema. De acuerdo a este antecedente, y si bien esta versión no fue una maravilla, los elementos citados estuvieron presentes, no sin los esfuerzos del oboísta y director Andrés Spiller y la voluntad de los músicos por un mejor rendimiento.
Ese mismo esfuerzo y dedicación se aplicó a la Suite Sinfónica Op. 35 «Scheherezade» de Rimski-Korsakov, obra que tiene recurrentes solos de violín y arpa. En este último instrumento se lució Lucrecia Jancsa y el citado concertino, al que promediando la obra se le corto la primer cuerda del violín. Su compañero de atril le prestó el suyo y desapareció entre cajas, repuso la cuerda, volvió, intercambiaron sus instrumentos y llegaron todos juntos hasta el final. Debe haber sido muy estimulante para los sinfónicos oír la ovación de una sala repleta. Se lo merecían.
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