Mar del Plata - El día que organicen bien este festival, seguro que sale mal. Porque ya es tradición: como si fuera una metáfora del país, cuando todo parece ir camino al desastre, de pronto las cosas funcionan. Esta vez la culpa no fue tanto de los responsables habituales, sino de Economía, que recién a último momento autorizó el uso de los fondos. Y entonces, a último momento como en las películas, otra vez se produjo el milagro. Un milagro chico, porque acá todo está más reducido, pero el festival marcha bien, casi todas las películas llegaron a tiempo, el público llena las salas (a 2,50 pesos la entrada), llegó el catálogo, llegaron algunos artistas...
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Se temían cacerolazos, huevos, o cosas peores, y no pasó nada. Se temía que una exposición no llegara, por falta de plata, y ahora hay dos: una del Museo del Cine, sobre Torre Nilsson, y otra del sindicato de técnicos, con fotos de rodajes de diversas épocas. Lo mismo con un libro sobre «Babsy». Ahora se presentarán dos (el otro es su novela póstuma, «El día del imperio», editada por su cuñado, el productor Juan Antonio Ciancaglini, medio como homenaje al pariente, y medio como regalo de bodas de oro a su esposa, Graciela Torre Nilsson).
Pero esto no es tanto un mérito de la organización sino gentileza de otros que le sacan las castañas del fuego, como los empleados que pagan las fotocopias de su bolsillo, porque todavía no hay caja chica.
Igualmente, para mantener la tradición, el acto de apertura fue medio papelonero. Como un golpe de efecto, alguien hizo poner a los miembros del jurado, de espaldas al público. Cada uno se iría dando vuelta a medida que fueran nombrados. Pero como tardaron tanto en nombrarlos (antes hubo cuatro discursos y una larga blableta a cargo de animadora y actores-locutores), en vez de admirarse por el efecto, la gente todavía se pregunta quién habrá puesto en penitencia al jurado.
Aplausos, según el orden de aparición. En primer término, y a lo largo de varios días, a Claire Bloom, agradable, bien dispuesta, siempre elegante, que ayer presentaba una copia restaurada de «Candilejas» en su 50° aniversario (ver reportaje en esta página). Luego, inesperadamente, el discurso de Jorge Coscia, cuando, tras cierto preámbulo, de pronto recordó a su padre taxista, que un día, cuando los viejos festivales, le dijo «¿Sabés a quien llevé hoy? A Paul Newman». Mucho antes, en 1941, su padre había sido guardavidas de la Bristol. Entonces concluyó: «Hoy, el hijo del guardavidas es director del Instituto Nacional de Cinematografía, y viene a proseguir este festival, porque cree que este festival es posible, que el cine argentino es posible, que este país es posible». Quizá sea demasiado creyente, pero en una ciudad de hijos de inmigrantes, que hoy emigran, eso llegó hondo.
Aplausos también, para el acto de homenaje a los artistas criollos, organizado por La Mujer y el Cine, con Rosa Rosen, Isabel Sarli y María Vaner aplaudidas de pie, y con muchos suspiros colectivos para Gastón Pauls, Patricio Contreras, Duilio Marzio y Mario Passano (lo que permite calcular la variada edad del público femenino allí presente).
Y para las películas, pero no todas. Hasta ahora, lo mejor para público y crítica fueron el drama del brasileño Walter Salles «Detrás del sol (Abril despedazado)», y el documental del español Jaime Camino «Los niños de Rusia», sobre los chicos que fueron sacados del país cuando la Guerra Civil, en tanto la versión polaca de «Quo Vadis?» divide opiniones, si bien todos coinciden ante la escena de los leones comiéndose a los cristianos. En cuanto al material de competencia, vale registrar «El masajista místico», del exquisito Ismail Merchant, habitual productor de James Ivory, y, mejor aún, «El gavilán de la sierra», vigoroso y sensible relato popular del mexicano J.A. de la Riva, lleno de tiros y corridos. El resto de la competencia -y ya han pasado tres días-se ha mostrado incompetente, lo cual es grave, pero también bastante habitual.
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