9 de febrero 2005 - 00:00
"En historia argentina se toca mucho de oído"
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Daniel Balmaceda confiesa que en tertulias de historiadores comenzó a gustar de los chismes sobre próceres, y que cuando dijo que eran para hacer un libro, Enrique de Gandia le contestó: "Hágalo que yo le escribo el prólogo".
Periodista: ¿Cómo se le ocurrió hacer un anecdotario histórico?
Daniel Balmaceda: Hace unos 15 años, en el contexto del Quinto Centenario, gracias a Colón me di cuenta. Participé de una Fundación que pidió a la gente que le escribiera a Colón a una casilla de correo. Como respuesta se recibía una botellita con un pergamino manuscrito y firmado por Colón, respondiendo a la carta enviada. Se enviaron unas 3.500 cartas. Allí observé que la gente quería conocer el costado más humano de los próceres y empecé a buscar una forma de poder comunicar nuestra historia desde un costado más amable. Así surgió la idea de mostrar las épocas pasadas y su gente a través de anécdotas.
P.: ¿Cuándo se decidió a escribir?
D.B.: En la redacción de un semanario donde trabajaba tuvimos una discusión sobre historia argentina con compañeros, y me di cuenta que mucha gente tocaba de oído en temas históricos, eso me impulsó definitivamente a escribir.
P.: Usted señala que se dice que «Belgano era homosexual», «San Martín era cornudo» y «Sarmiento faltaba al colegio».
D.B.: Hay muchos clichés, por ejemplo que French y Berutti repartieron escarapelas en 1810, en realidad las repartieron en 1811, que en Mayo se decía «el pueblo quiere saber de qué se trata», cuando en realidad la frase fue «el pueblo quiere saber lo que se trata», de qué tema están hablando.
P.: Parte de la amenidad de su libro es que cuenta chismes.
D.B.: Siempre hubo chismosos, y dejaron relatos excelentes. Las memorias son extensísimas -las de Iriarte tiene más de 10 mil páginas- y aburridas para un lector común pero, para quien gusta de la historia, es un filón donde encuentra detalles que no pasaron a los libros porque los historiadores los consideraron poco relevantes, y están pleno de significación.
P.: Además, mientras cuenta un suceso suma informaciones al pasar, por caso que a Mariquita Sánchez, la llamaban Marica.
D.B.: Son cosas que a mi me sorprendieron. Siempre la llamaron Marica, Mariquita le dijeron cuando ya era una mujer muy mayor. Esos pequeños datos sacan a los próceres del bronce. A mi me llega mucho mas Belgrano cuando se que sus soldados lo llamaban «Cotorrita», con su cantidad de amoríos, y aquella francesa que lo persiguió desde Europa porque quedó fascinada con Don Manuel, que cuando lo veo en la estatua de Plaza de Mayo.
P.: ¿Qué prócer le resulta más simpático?
D.B.: A medida que hacia el libro mis gustos fueron cambiando. Se me cayeron Alvear, que quedó como el insoportable, y Juan José Paso, que fue un gran confabulador. Y creció Belgrano. Y Lavalle, que cometió tantas macanas y errores en su vida pero tenía una poderosa personalidad. Busqué registrar detalles marginales que iluminan de otro modo a los héroes: Güemes era gangoso, Belgrano tenía voz de pito, Paso representado en los cuadros como alto y grandote, media un metro cincuenta.
P.: ¿Por qué eligió historias de espadas y de corazones?
D.B.: Las historias de amor y de heroísmo se entrecruzan todo el tiempo. Uno no podría concebir a un Mariano Moreno tal como fue sin pensar en su mujer, Guadalupe Cuenca, que lo acompañaba siempre, única persona a la que le confesaba todo. Frente a eso San Martín y Remedios de Escalada tuvieron muy poca relación, y ella muy poca influencia en la vida del Libertador. Necochea, un granadero bravísimo, tenía una amante en Chile que era una mujer de una personalidad muy fuerte que llegó a secuestrar a la hija de Necochea para que él la viera, porque la extrañaba. Mariquita Sánchez, que inspiró a Moratín «El sí de las niñas», fue una rebelde que a los 15 años decidió que no se iba a casar con el primo viejo que le imponían porque estaba enamorada de otro primo más joven, de ese Juan Thompson que terminó, siendo representante del gobierno ante Estados Unidos, con una vida desgraciada, totalmente chiflado y encerrado en un loquero.
P.: ¿Qué historia le divirtió más contar?
D.B.: La más desopilante es como hizo un grupo de unitarios, entre los que estaba José María Paz, para salir de Buenos Aires en tiempos de Rosas. Es una historia que merecería ser llevada al cine. Tambien está el engaño de Rosas y Encarnación Ezcurra para que los casen, fingiendo que ella estaba embarazada.
P.: ¿De dónde surge en usted el interés por la historia?
D.B.: Tuve la oportunidad de pasar muchos momentos con grandes historiadores en tertulias de sábados de té, donde contaban estos datos jugosos y poco divulgados. Entre ellos estaba Enrique de Gandia, que fue un maestro para mí y permanentemente me impulsaba a escribir.
P.: En «Espadas y corazones» contó anécdotas de la vida de los próceres de 1800 a 1850, ¿ya está escribiendo el próximo tomo?
D.B.: Este libro, desde que comencé a volcar historias, me llevó 5 años y me quedaron muchísimas por contar. Muchas ya las tengo escritas, como el día que el Río de la Plata se secó y el Cabildo envió un gaucho a buscarlo. Pellegrini ese dandy, amante de los burros, que recorría París en bicicleta. Marcelo T. de Alvear corriendo la primera carrera de autos en el Hipódromo Argentino. Julio Roca, con su profusión de amoríos es magnífico; bien merecido tiene el apodo de «Zorro».
D.B.: El día que Guillermo Brown intentó suicidarse tirándose desde un tercer piso, de ahí pasé al paracaidista que tuvimos en 1807, en la Invasiones Inglesas, y seguí con el primer submarino que tuvimos en 1811. Encontré esa veta y no podía parar. Pero paré un año, para corregir y acabar el libro.
P.: ¿Qué mensaje cree que envía con su obra?
D.B.: Me gustaría que los profesores de historia comprendieran que en vez de imponer que se sepa que la batalla de Tucumán fue el 24 de setiembre de 1812, cosa que sus alumnos van a olvidar al rato, contaran que ese día cruzó una manga de langostas, y realistas y criollos creyeron que los estaban golpeando balas, y eran langostas, y todo lo que les pasó a ambos bandos, y como ganaron los criollos, eso no se lo olvidan jamás.
Entrevista de Máximo Soto




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