21 de febrero 2005 - 00:00

En su quinta novela, Eco abandona la Edad Media

Umberto Eco
Umberto Eco
Por fin en su quinta novela y tres años después de «Baudolino», Umberto Eco se aleja de las historias medievales y las tramas pseudocientíficas para explorar la época moderna en «La misteriosa llama de la reina Loana», título fastuoso que sugiere una fábula, una acrobacia de la imaginación sin mayores vínculos con la realidad de la experiencia vivida. Y sin embargo es una novela existencialista y a la vez un juego de la inteligencia a los que tan aficionado es Eco, el experto en semiótica capaz de convertir obras de fuerte impregnación culturalista como la archifamosa «El nombre de la rosa» o plomiza como «El péndulo de Foucault», en apariencia condenadas al fracaso, en grandes éxitos de ventas.

La reina Loana es un personaje de cómic italiano de tercera categoría, apenas conocido por los italianos de los años treinta, que se ofrece como una especie de partitura sinfónica estructurada en tres tiempos. El primer episodio arranca el 25 de abril de 1991. Una voz pregunta: «¿Y usted cómo se llama?» Otra voz responde: «Espere, lo tengo en la punta de la lengua» Todo empieza así. Acto seguido el narrador en primera persona dice: «Era como si me hubiera despertado de un largo sueño, pero yo seguía suspendido en un gris lechoso».

Poco después averiguaremos que quien pregunta es el neurólogo de un hospital y contesta un hombre que ha sufrido un accidente cerebral. Este paciente de sesenta años que ha olvidado su nombre resulta llamarse Giambattista Bodoni, familiarmente conocido por Yambo, dueño de un establecimiento de libros antiguos de Milán, su ciudad natal.

La singularidad de Bodoni es que es incapaz de recordar que está casado con Paola, una psicóloga clínica, y es padre de dos hijas y abuelo de dos nietos, o si ha vivido una aventura con Sibilla, su joven ayudante, y en cambio fluyen de su mente versos de poemas, fragmentos enteros de novelas o datos precisos como que Napoleón murió en Santa Elena el 5 de mayo de 1821. Bodoni conserva la memoria semántica pero ha extraviado su conciencia civil, por llamarlo de alguna manera.

En el segundo movimiento o nudo de la historia, Bodoni, instado por Paola y su médico, se recluye algunos meses en Solara, la gran casona familiar que se alza entre las montañas del abrupto paisaje piamontés que tan bien conoce Eco, tratando de juntar las piezas de su identidad desvanecida en la niebla. Allí se zambulle en los vastos tesoros que guarda la casa, como viejos almanaques, enciclopedias, novelas, historietas, discos, letras de canciones, marcas y más marcas de productos desde perfumes y lociones a hojas de afeitar, figurines, juguetes, una radio, un tocadiscos. Bodoni va recuperando paso a paso los restos de su pasado.

Es entonces cuando la novela hace aflorar la intención y la tremenda habilidad de su autor. Si por una parte la reconstrucciónde la memoria de Bodoni como niño educado en la Italia fascista que vivió entre Milán y Solara los años turbios de guerra da pie a esbozar la biografía colectiva de una época turbulenta, por la otra Eco se atreve por primera vez y aunque sea de soslayo, parapetado tras la fachada de la convención novelesca, a encarar su autobiografía. En la tercera y última parte del relato Bodoni ha sufrido un nuevo colapso, entra en coma y, una vez cortado todo vínculo con el mundo exterior, su mente asombrosamente activa ilumina zonas hasta entonces dominadas por las tinieblas.

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