8 de enero 2002 - 00:00

Entre hallazgos y excesos, Pinti capitaliza la bronca

Candombe Nacional con Enrique Pinti
"Candombe Nacional" con Enrique Pinti
(08/01/02) «Candombe nacional», de E. Pinti. Dir.: R. Pashkus. Vest.: R. Schussheim. Cor.: R. Pashkus. Mús. or.:A. Favero. Esc. e ilum.:
L. Patalano. Int.: E. Pinti, R. Corpucci, M.E. Fernández, F. Pereda, M. Botindari, N. Rodríguez Morales, M. Palau y elenco. (Teatro Maipo.)


Más digna de compasión que de sarcasmo, la Argentina, adquiere en la representación de Pinti el aspecto de una vieja prostituta, ajada y venal. Verdad es que muchos dirigentes merecen todas las invectivas. Carentes de grandeza, atentos sólo a sus intereses personales, haciendo gala impúdicamente de su cinismo, algunos de los que han manejado el país lo han ido llevando progresivamente a un estado de deterioro inconcebible. Y aquellos que pensaron inocentemente que la voluntad ejercida a través del voto merecería el respeto de los que detentan el poder se han visto «humillados y ofendidos», tratados como mendigos o rehenes. La bronca es justa y, esta vez, incumbe a todos, más allá de las inclinaciones o preferencias políticas.

Pero el país no sólo ha producido seres mediocres, y aquellos que han sido ejemplo de desinterés y patriotismo verdadero estarán ausentes de la historia que el cómico narra. A la bronca deben agregarse la nostalgia y la pena. Pinti lo sabe, pero sólo en el monólogo final, rinde tributo a una Argentina «verde», que fue esperanza para quienes huyeron de la miseria y de la muerte para buscar asilo en esta «tierra de promisión».

Como encarna la voz de muchos en este momento y se hace eco de una protesta que estalló en el cacerolazo espontáneo que reflejó un unánime repudio, al que el cómico se une desde la escena, el favor del espectador está garantizado.

El cómico no deja títere con cabeza y hace pública la conducta escandalosa de personajes a los que el repudio ya ha alcanzado.

Pinti
es un fenómeno. Es increíble la rapidez con que se transforma encarnando a las diversas víctimas. Y, en algunos momentos resulta desopilante, logrando que el dolor ceda lugar a la carcajada.

•Creación

Su caracterización del travesti, un pobre empleado que invirtió su indemnización en poner un «parripollo» donde fue asaltado varias veces por sus propios vecinos y que insiste en la lucha, variando de rubro e instalando un quiosco en el que es nuevamente atacado, esta vez, «afortunadamente», por desconocidos, es una creación. Llevada hasta el absurdo, la situación es la de muchos de los que insisten en no bajar los brazos, viendo cómo día tras día sus esfuerzos fracasan y sufren la desdicha de ver cómo sus familias los abandonan y sus sueños naufragan. El pobre padre de familia encarnado por Pinti no tiene otro remedio que ejercer la prostitución: negocio mucho más rentable que sus honestas tentativas para mantener una dignidad de la que ha sido desposeído.

Igualmente acertada y macabra es una interpretación del anciano paciente «ambulatorio» que arrastra el soporte del suero, esperando un turno que demorará 3 meses, condenado también a la indiferencia, vejado y maltratado después de haber trabajado toda su vida para lograr una vejez digna.

Pinti
se hace eco de las quejas unánimes, que abarcan también el padecimiento de quienes deben hacer largas colas en los bancos para tratar de recuperar bienes legítimos de los que han sido ilegítimamente despojados.

Para consuelo de tontos, hay que recordar que, con menos palabrotas e igual desilusión,
Ionesco describió el mundo como un burdel y desató una guerra atómica a partir de «una mosca en la sopa». Hay realidades que sería mejor no ver, pero que están allí. Pinti, siguiendo el ejemplo de Aristófanes (cuyo lenguaje distaba de ser refinado), pinta una realidad desaforada que, aunque arranque la carcajada, tiene ribetes trágicos.

El espectáculo ha sido cuidado, el grupo que lo acompaña se desempeña con eficiencia, y, como se hace portavoz de una unánime bronca, la solidaridad del público lo acompaña.

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