8 de junio 2022 - 00:00

Ernesto Ballesteros y el color del oro de los tigres

Su muestra “Un dibujo”, en el museo MARCO de la Boca, atraviesa cuestiones ópticas y estéticas sobre el amarillo, entre otros enigmas.

ballesteros. La sala amarilla, color que el ojo humano percibe más luminoso que el blanco.
ballesteros. La sala amarilla, color que el ojo humano percibe más luminoso que el blanco.

El museo MARCO de La Boca abrió sus puertas en 2019 al arte contemporáneo en el edificio histórico que albergó el cine Kalisay y, en estos días, presenta “Un dibujo”, enigmático título de la exposición de Ernesto Ballesteros (1963) curada por Alejandra Aguado. Surfeando en vertientes que van del conceptualismo al arte extremadamente sensible, Ballesteros despliega su obra. En gran sala de la planta baja reverbera el color amarillo. El artista explica las cuestiones ópticas que hacen que nuestros ojos perciban el amarillo más luminoso que el blanco. De este modo, el zócalo amarillo de la sala, que se esfuma por las paredes, genera una atmósfera cuyas vibraciones deslumbran al espectador.

Por otra parte, una característica del artista es el aprecio por la lentitud. “Elegí el camino más largo, usar el lápiz para cubrir grandes superficies con líneas muy pequeñas. Confío en que este camino largo, lento y trabajoso, nos lleve a colmar de energía visible e invisible la superficie”, observa. Pero la ambición tiene un límite. Y para llegar a colorear el zócalo con los trazos breves del lápiz en el plazo de un mes y medio, contrató a casi 20 artistas en calidad de ayudantes. El público del MARCO disfrutó la performance. Pero, además, el trabajo grupal deparó otros beneficios. “La diversidad del pulso determinó la confluencia de trazos y energías que enriquecen el resultado,” señala el artista al hablar de la contribución de Violeta Mollo, Cotelito, Laura Ojeda Bär, Ji Hyun Kim, Maximiliano Murad, Carlos Cima, María Mulder, Guido Orlando Contrafatti, Celina Eceiza, Lucia Reissig, Florencia Ferrari, Rocío Englender, Walter Andrade, María Valeria Maggi, Yael Desbrats, Triana Leborans, Juan Gabriel Miño, Cervio Martini, Sofía Berakha y Julieta Ezcurra. Por su parte, los ayudantes también disfrutaron. Ojeda Bar, cuenta: “El trabajo con Ernesto fue una experiencia enriquecedora. Fueron muchas horas de una práctica casi meditativa, de estar presente en nuestros cuerpos en contacto con la pared con una energía concentrada en el encuentro de las puntas de nuestros lápices y las diferentes superficies que dibujamos. A la vez, la sensación de comunidad que se generó fue muy intensa, éramos un grupo y cada trazo que hacíamos era a la vez lo más importante y lo menos. Lo individual se licuaba en el esfuerzo colectivo. Creo que la obra final es un hermoso ejemplo de cuando un resultado es mucho más que la suma de las partes”.

En el piso superior, los dibujos de Ballesteros, amante de lo invisible -o escasamente visible-, muestran la levedad. Sus trazos configuran pequeñas nubes de diversos colores que, al igual que la instalación del espacio amarillo, se destacan por una inmaterialidad que deja lugar al silencio visual. Sin embargo, Ballesteros busca el silencio por su efecto paradojal, es decir: por su elocuencia.

En la biografía escrita por el propio artista se lee: “Desde 2001 me gusta mi propia obra”. Y antes de promediar la primera década del siglo XXI comenzó a organizar los campeonatos de aeromodelismo que se convirtieron en un suceso y posicionaron sus, “Vuelos de interior”, en un lugar estelar de la 56 Bienal de Venecia, invitado por el curador Okwui Enwesor. Entretanto, una enmarañada montaña de hilo negro que tituló “40.000 kilómetros de hilo confinados a un espacio de arte (siendo esta cantidad la circunferencia del planeta Tierra a la altura del Ecuador)”, pasó a integrar la colección internacional de Juan y Patricia Vergez. Mientras con la misma pasión Ballesteros contaba las líneas e intersecciones de sus dibujos, sus fotografías escalaban posiciones. Desde la bellísima serie dedicada a los eclipses, que, al obturar las fuentes de luz crean misteriosos efectos de irrealidad en el paisaje; hasta la memorable fuente de agua, “63 tomas en círculo formando un mosaico”, exhibida en arte BA.

Consultado sobre aquella obsesión conceptual por las cantidades y la libertad actual para perseguir la belleza, Ballesteros responde: “Uno cambia”. Y agrega: “Pero no sólo de una década a la otra. Hay trabajos míos para ser sentidos que conviven con otros que son más objetivos, para una mirada más intelectual. Nunca me casé con una imagen, siempre estuve cambiando y eso me cerró puertas. En mi trabajo conviven ambas pulsiones y me tomo la libertad de seguir explorando”. Con la emoción estética que provocan sus dibujos por momentos invisibles y la actitud de desdeñar la continuidad de un determinado “estilo”, Ballesteros se ha convertido en un artista incomparable.

Dejá tu comentario

Te puede interesar