13 de diciembre 2004 - 00:00

Errores en algunos museos

El Museo de Arte Moderno cosechó con «Ultimas tendencias», obras de excelente calidad, porque los artistas donaron sus mejores trabajos a la institución. El MAMBA, luego de una selección rigurosa, posee así la más completa colección de arte realizado en la última década por la generación joven, aunque no pagó nada por un arte que considera digno de ser atesorado.

Se debe tener en cuenta que el museo es el escenario por excelencia de legitimación y consagración, y lo correcto hubiera sido que el Gobierno de la Ciudad comprara esa colección, no al precio del mercado que asciende a 700.000 dólares, sino al precio mínimo que se establece para las instituciones. El pago, además de estimular y posibilitar la gestación de otras obras y la continuidad de la producción, tiene un efecto demostrativo ante la sociedad, porque el museo funciona como entidad modelo. Responsabilidad que no se puede eludir. ¿Cómo deben funcionar las instituciones, cuál es su papel y cuáles sus prioridades? Es el interrogante del momento.

El arte se ha complejizado y también su ejecución. Si bien la pintura mantiene su vigencia, predominan géneros como instalación, fotografía, escultura, video, el uso de nuevos materiales y soportes procedentes de las nuevas tecnologías cibernéticas y audiovisuales.

Características que demandan en casi todos los casos elevados costos de realización y compradores especializados, que no son tantos como los que compran un cuadro para decorar el living. Se puede entender que entre los artistas, como en el caso de la Re-colección, se regalen obras, pero no que la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad, cuyo presupuestoronda los 150 millonesde pesos y es el más elevadodel país, solicite donaciones a los artistas.

Hace unos días, se presentó la estupenda colección de arte rioplatense que legó María Luisa Bemberg al Museo de Bellas Artes en 1995. Se trata de un bellísimo conjunto de obras de los uruguayos Torres García, Figari y Barradas, y de los argentinos Xul Solar, Pettoruti y Penalba, que durmió durante casi una década en los depósitos del Museo, «por falta de espacio para exhibirlo», según argumentaron desde su llegada.

La colección se destaca en primer lugar por la ostensible armonía que existe entre las obras, es decir, aunque pertenecen a diversas tendencias, expresan a las claras el criterio y el gusto de quien las reunió. Luego, sobresale el conjunto de pinturas de Barradas, que según Eugenio Ottolenghi, amigo y asesor de María Luisa Bemberg en este tema, «es uno de los mejores del mundo». Se debe tener en cuenta que los museos son la mejor escuela para las nuevas generaciones de artistas que se nutren del arte. ¿Cómo explicar entonces que esta colección haya permanecido oculta a los ojos del público durante casi una década, si el patrimonio de los museos nunca gozó de tanto predicamento y poder de convocatoria?

Bemberg
legó las obras con la condición de que fuera exhibidaen un plazo estipulado de diez años, y si el Museo no las exponía ante el público, el año próximo sus herederos podían reclamar la devolución. En la Argentina de fines y principios del siglo, gente con una predisposición especial por la cultura reunió estupendas colecciones que ayudaron a formar el 90% del patrimonio del Bellas Artes.

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