Emily Dickinson escribió uno de esos versos que conocen de memoria, al menos en los países de lengua inglesa, hasta quienes jamás leyeron otra cosa suya: “Hope is the thing with feathers”, la esperanza es esa cosa con plumas que se posa en el alma y sigue cantando aun durante la tormenta. Es algo parecido a lo que ocurre entre nosotros con Borges y aquello de “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz”.
Esa cosa con alas, picotazos y sin poesía
El director Dylan Southern convierte el duelo de Benedict Cumberbatch en un cuervo de dos metros que lo picotea con voz demonio más propio del género de terror que del drama
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Benedict Cumberbatch es un viudo perseguido por un cuervo gigante en "Esa cosa con alas"
El novelista Max Porter tomó el famoso verso para titular su novela “Grief Is the Thing with Feathers”: ya no la esperanza sino el duelo es esa cosa con plumas. Woody Allen había ensayado bastante antes otra interpretación. “Emily Dickinson estaba equivocada”, escribió, “la cosa con plumas había resultado ser su sobrino”. La broma apareció en uno de sus textos para The New Yorker en 1973 y fue recopilada más tarde en su libro “Sin plumas”.
Esta película, debut en la ficción del director Dylan Southern, recorta nuevamente el verso y se llama en el original “The Thing with Feathers”, pero en la Argentina se estrena como “Esa cosa con alas”, quizá porque, al no resonar aquí el poema de Dickinson, una traducción literal podría inducir a pensar en un plumero o una vedette.
El film adapta la novela de Porter y cuenta la historia de Papá (Dad a secas, nunca sabremos su nombre, interpretado por Benedict Cumberbatch), un hombre cuya mujer acaba de morir y que queda solo al cuidado de sus dos hijos pequeños. El duelo demuele a Papá hasta que aparece esa cosa con plumas, o alas: Cuervo (Eric Lampaert, con la voz de David Thewlis, que por momentos recuerda a la que Mercedes McCambridge le dio a la pobre chica de “El exorcista”. cuando estaba poseída)
Edgar Allan Poe, en su célebre y bellísimo poema "The Raven", había demostrado que se podía atormentar a un hombre con mucha más poesía y bastante menos presupuesto. Su cuervo entraba por una ventana, se instalaba sobre el busto de Palas y se limitaba a repetir “Nevermore”. Era un sádico, desde luego, pero un sádico verbal. Al hombre desesperado por la pérdida de Lenore le comunicaba que nunca volvería a verla, que no encontraría consuelo y que podía abandonar cualquier esperanza acerca de un reencuentro con ella en la eternidad.
Pero el Cuervo de esta película pertenece a otra escuela terapéutica. Mide alrededor de dos metros, camina como King Kong, acecha a Papá por la casa, se le aparece detrás de las puertas, se le tira encima, lo picotea, lo arroja por el suelo y hasta lo sigue al supermercado. Si el cuervo de Poe practicaba la tortura psicológica, éste supera con creces a los pájaros de Hitchcock e introduce de lleno al film en el género de terror. ¡Cuándo no! De poético no tiene una pluma.
Cuervo lo ataca mientras Papá grita y llora, al punto de que por momentos podría pensarse que el pajarraco lo acusa de la muerte de su mujer. Cumberbatch hace cuanto puede, que es muchísimo. Varias críticas extranjeras destacaron precisamente su actuación y callaron sobre el film, lo que vuelve a confirmar aquel viejo axioma: desconfía de una película cuando el elogio empieza y termina en una interpretación.
Papá atraviesa todo el repertorio físico del sufrimiento, se derrumba, se enfurece, se emborracha, dibuja cuervos compulsivamente, se arrastra, pelea contra el pajarraco gigante. El problema es que semejante despliegue de “cabotinage”, como llaman los franceses a la sobreactuación, no transmite una pizca del dolor ni del duelo al que alude el título de la novela. Por el contrario, llega un momento en que uno empieza a desear que gane el Cuervo de una buena vez.
La esposa, además, permanece casi ausente como personaje. No llegamos siquiera a enterarnos de cómo era, y sus fugaces apariciones fantasmales, su sombra en la puerta de la casa, ya sabemos a quién atribuírselas. Los hijos tampoco adquieren la densidad necesaria para que comprendamos esa pérdida desde otro lugar. El pájaro está en todas partes; la muerta, en ninguna.
El cine, por supuesto, necesita materializar algunas cosas que la literatura sólo sugiere, pero materializar no significa convertir el dolor en un personaje de película de terror. Cada vez que aparece el enorme plumífero, la posibilidad de emoción se disuelve y queda a la vista el mecanismo; donde la novela podía permitir que el duelo tomara una forma incierta, la película le pone dos metros de altura, pico, garras y voz de demonio. Ya no hay demasiado que interpretar, sólo queda esperar el próximo picotazo y el próximo llanto del atormentado viudo.
“Esa cosa con alas” (“The Thing with Feathers”, Reino Unido, 2025). Dir.: Dylan Southern. Int.: Benedict Cumberbatch, Richard Boxall, Henry Boxall.


