19 de octubre 2005 - 00:00
"Escribiendo me sentí que era un mini Orwell"
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A Daniel
Larriqueta le
importa hacer
un pacto con el
lector a través
de novelas
corales
«entretenidas
pero que le
dejen algo
porque para el
mero
entretenimiento
ya están la
televisión y el
cine».
Periodista: ¿Por qué comienza su novela con la noticia de un diario?
Daniel Larriqueta: Hoy hay que ofrecerle al lector rápidamente una línea de interés. Hay que trabajar al estilo de una novela policial, que tiene la ventaja insuperable de presentar al principio el crimen que intriga al lector. En «La Furia de Buenos Aires» necesitaba dar un dato claro de que en la ciudad se vivía una situación dramática, y me pareció un recurso válido comenzar con el cable de un corresponsal extranjero que informa que está sitiada. Después viene todo el desarrollo de como evoluciona ese sitio hasta su desenlace.
P.: ¿Quiénes son los sitiadores de Buenos Aires?
D.L.: Los abandonados, los marginales, que han sido políticamente capitalizados. La historia de la sociedad argentina es la de una sociedad guerrera, mucho más guerrera que otras sociedades. Las injusticias que se viven hoy en la sociedad brasileña serían insoportables para la sociedad argentina. En la Argentina hay una tradición de rebeldía, de reacción, que a mucha gente le molesta pero que a mi me parece muy noble, un signo de vitalidad de la sociedad. La Argentina se ha construido con dos grandes ideas: la libertad, en el siglo XIX, y el progreso, en el siglo XX, cuando cualquiera de esas dos grandes banderas entran en crisis la sociedad se disocia, se disuelve, se desarticula y busca soluciones que van de la violencia a la búsqueda del milagro, al salto al vacío, algo que hemos visto en los últimos tiempos muchas veces.
P.: ¿Cómo surge en usted la idea de una Buenos Aires sitiada?
D.L.: Empecé admirando «El desierto de los tártaros», de Dino Buzzati. Me dije: ¿Qué somos nosotros en Buenos Aires sino una fortaleza como la de Buzzati, perdida frente a una muchedumbre de tártaros que nos van a invadir en cualquier momento? ¿Cuál es la melancolía última de Buenos Aires? La antropológica, la de la Europa perdida, la del mundo que nos abandonó y todo lo que pasa ahora. Eso yo podía contarlo desde una perspectiva que no es tan común: como funciona la clase dirigente, qué le pasa a los dirigentes.
P.: ¿Buscó hacer una ficción política?
D.L.: No, quise hacer una ficción mostrando como es el alma de esta ciudad que no es la visitada por los tangueros, pero que es muy decisiva y está signada por ese caracter cosmopolita que la coloca entre las que el historiador español Domínguez Ortiz considera «ciudades universales», las que son cruce de civilizaciones, como Jerusalén o Sevilla. Y Buenos Aires lo es de manera extraña porque está muy excéntrica geográficamente. Hay algo mágico que Buenos Aires irradia, quería tratar de encontrarlo y contarlo.
P.: ¿Cuál es para usted la amenaza real que se cierne sobre ese Buenos Aires sitiado?
D.L.: Renunciar a su rol histórico de propulsora de civilizaciones. Si renuncia a eso y se pone en función defensiva, y en lugar de preocuparse de resolver la pobreza del Gran Buenos Aires, trata de perseguirlos o meterse en un barrio cerrado bien protegido, está renunciando a su rol histórico y está comprometiendo su futuro. Como dice uno de los personajes: «no se puede ser París en medio de Bolivia», un mensaje clave.
P.: Su clase dirigente no es la típica de las novelas...
D.L.: Muestro una clase dirigente que se ocupa del bienestar colectivo, aunque tenga sus egoísmos, sus mañas y sus trampas. Pero en el fondo siempre está el tema interés general, de la patria. Una amiga me dijo: «has escrito una novela sobre el patriotismo», me parece una exageración, pero todos mis personajes tienen un sentido de patria. Me pareció interesante contarlo porque en la realidad es así. Esto se ha bastardeado en los últimos tiempos y la gente tiene la sensación de que quienes actúan en política no tienen ningún sentimiento de generosidad y no es así. Nadie se mete a hacer política, a ser diputado nacional para ganar 5 mil pesos cuando se puede ganar mucho más en otras cosas, hay algo de vocación, en algunos es más genuina, en otras menos. Y eso debía mostrarlo.
D.L.: Para que eso no ocurra doy elementos de futuro, así el lector se da cuenta que estoy mirando para adelante. Hay datos como que la línea H del subte está terminada. En todo caso, es una novela de anticipación en la que me sentí un mini Orwell.
P.: Sus personajes transitan por diversidad de actitudes...
D.L.: Hay escritores argentinos que creen que todo debe ser blanco o negro, como el amigo Aguinis cuyos buenos son buenísimos y sus malos son malísimos. La vida no es así, la vida es matizada. Pintarla matizada a uno lo concilia con la realidad y lo hace mas tolerante. En mi novela un personaje dice: no hay buenos personas o malas personas, hay buenas acciones o malas acciones.
P.: ¿Qué desafío eligió al ponerse a escribir?
D.L.: Saber si podía tener como escritor una mirada de mujer sobre Buenos Aires. He trabajado políticamente junto a mujeres durante mucho tiempo y creo que la incorporación efectiva de las mujeres a lo público y a la cultura es la gran revolución del siglo XX. Otro fue dar testimonio de ese mundo que yo conozco, y los que lo han vivido acaso no son escritores y los que lo son no lo quieren contar porque compromete un poco. Hay anécdotas que nunca han sido hechas públicas que cuento en tono de ficción y son verdaderas, como la visita de un enviado del presidente Alfonsín a Monseñor Distefano, de San Juan, para pedirle que interviniera para calmar a la CGT.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
D.L.: Trabajo en algo que le debo a mis lectores, un tercer libro sobre la Argentina, y he iniciado otra novela, que es un viaje hacia la armonía, y es mucho menos ensayística.
Entrevista de Máximo Soto



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