20 de marzo 2002 - 00:00
"Este es un film personal, pero no es autobiográfico"
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Escena del film
Jeanine Meerapfel: No soy sefardí, pero siempre me fascinó su cultura, su música, y el modo en que conservaron el ladino. Hace mas de 500 años que fueron expulsados de España, y aún lo conservan.
Periodista: Precisamente, la película habla de una mujer que evoca a su familia, los recuerdos van y vienen, conviven con ella como fantasmas... ¿Hay algo autobiográfico?
J.M.: No es autobiográfico, pero es personal. Uno lleva siempre consigo su propia historia, que en mi caso tiene olor a glicinas, y a calles de infancia. Y el tema es el mismo, la búsqueda de raíces, quién soy, dónde estoy. El personaje está en una isla griega, pero desde allí hace un viaje por la memoria. Conviven el presente, la memoria, y la memoria inventada. Y el tema es también la elaboración del duelo. Cuando me fui, a los 22 años, no cerraba nada. Hace poco murió mi madre, y con mi hermano debimos cerrar la casa. Uno siempre está llevando, abriendo baúles, cerrándolos a veces para siempre. Se dan esos dos sentimientos: abrir el baúl, con todo lo que eso implica, o cerrarlo de una vez, olvidarlo. La cuestión es que debes aceptar tu bagaje.
J.M.: Tengo esta hipótesis: cuando uno recuerda a sus padres, los recuerda de una edad determinada. Ellos no cambian de edad, tienen la edad con que Ana los recuerda. La gente va a comprender, porque en este tipo de historias, lo que importa es la emoción. El público es más inteligente de lo que pensamos.
P.: Además, están los paisajes griegos...
J.M.: Hace unos veinte años que voy, para mí es como una segunda patria, porque huele a santaritas, a jazmines, y la forma de ser de los griegos me va muy bien. De eso se trata la vida, de detalles en la comida, de cosas prácticas, y no de los grandes discursos. Dicen que los griegos son impuntuales, como nosotros, pero también son buenos profesionales. Esta película, con abundante cantidad de locaciones, la rodamos en apenas 35 días. Y fue el rodaje mas feliz de mi vida, en parte también gracias al contagioso buen humor de Angela Molina.
P.: Que luce muy bien sus arrugas. ¿El fotógrafo es el mismo de Theo Angelopoulos?
J.M.: Sí, Andreas Sinanos, a quien elegí porque tanto en las que hace con Angelopoulos, como «La eternidad y un día», como en las que hace para otros directores, nunca se baja de la dolly, es decir, siempre está haciendo tomas en movimientos muy suaves. Y eso quería yo: alguien que vaya buscando de una manera muy suave la historia de esta mujer, que la vaya acompañando en sus tantos viajes. Sinanos es muy puntilloso; nos llevó dos meses, previos al rodaje, elaborar lo que se llama la escalera, para tener todo previsto, ubicando los cambios de luz, a veces suave, a veces dura, que denotaran sutilmente los cambios de tiempo. Y luego, en rodaje, todo el tiempo que lleva poner luces complementarias para pelear contra la luz del sol mediterráneo, tan brillante, que provoca sombras tan fuertes. Y poner todo a foco, desde el personaje en primer plano hasta el paisaje del fondo.
P.: ¿Y la música, con toques griegos y sefardíes?
J.M.: Esa la preparamos con Floro Floridis, gran artista de jazz, antes del rodaje. Con Osvaldo Montes y José Luis Castiñeira de Dios también hice así, lo que beneficia el trabajo de los actores, ya que entienden mejor cuál es el clima. La música es el vestido que una le pone a la película. Sin música la película no existe.
P.: También se escucha un tango, por la orquesta de Aníbal Troilo con Floreal Ruiz.
J.M.: Ah, el que se acerque a mí va a conocer el tango. Me amamantaron las poesías de Manzi y de Discépolo. Y en Alemania, donde vivo, lo bailo.




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