10 de mayo 2007 - 00:00
Eterna Edith Piaf: intensa travesía por una vida desamparada
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Marion Cotillard, casi el clon perfecto de Edith Piaf en «La vie en rose» de Oliver Dahan.
Esos fragmentos de historia, arbitrariamente superpuestos, terminan adquiriendo unidad gracias a esa representación atemporal de su figura artística, a la imagen previa que tenga de ella cada espectador y, además, a la impresionante caracterización de Marion Cotillard, casi su clon perfecto, capaz de llenar con su cuerpo, igualmente pequeño, toda la pantalla.
Cotillard, que no tiene la «tendresse» que sí tenía Evelyne Bouix (la protagonista de Lelouch), recorre una gama más amplia de facetas. Es la Piaf arrogante, a veces soberbia, la Piaf temerosa y desamparada; la Piaf devota de santa Teresita de Lisieux, mediadora de tantos regresos a la vida, desde aquella temprana recuperación de la vista hasta el último e impotente recurso para que Marcel, su gran pasión, vuelva a ella. El libro se basa sobre una exhaustiva documentación de su biografía, de la que no hace abuso enciclopédico aunque busque la complicidad con el público que también la conozca con más profundidad. Así, hay algunos detalles sutiles, como por ejemplo emplear pocos acordes de uno de sus más tempranos éxitos, «Mon legionnaire», en la escena en que un cliente psicópata ataca a Titine, la prostituta que durante mucho tiempo fue su madre sustituta en el burdel que regenteaba en Normandía su abuela paterna ( Titine estaba enamorada de ese cliente, un miembro de la Legión Extranjera).
Otro empleo funcional de sus canciones -y, en este caso, como también lo hizo Lelouch- es el de ese maravilloso himno fúnebre al amor imposible de recuperar, «Mon Dieu». Para la Piaf más mística, aspecto en el que coinciden varios de sus biógrafos, su apasionada relación con Marcel Cerdan, a quien conoció en Nueva York (dos franceses solos, perdidos entre millones de caras anónimas, salvo la de Marlene Dietrich cuando la viene a saludar), fue en realidad un menage à trois cuyo tercer integrante fue Dios. La letra de esa canción es, apenas, una de las simbolizaciones de ese amour fou, cuya interrupción brutal tras el accidente aéreo inició su cuenta regresiva.
«Milord», «Padam Padam», «La foule», «Hymne à l'amour», «La vie en rose» y varias canciones legendarias más, incluyendo las que interpretaron otras, como Mistinguet, también se utilizan en función del desarrollo dramático y no como mera ilustración de biografía cinematográfica.
A destacar, finalmente, algunas participaciones menores: además de la de Depardieu, la notable Emmanuelle Seigner (Titine), Marc Barbé (como su primer protector, Raymond Asso), y Marie-Armelle Deguy (la pianista Marguerite Monnot, que la acompañó a lo largo de toda su carrera).




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