19 de marzo 2002 - 00:00

Ética y poesía hicieron de Grippo un artista ejemplar

Víctor Grippo
Víctor Grippo
A rte, poesía, ciencia y pensamiento confluyeron sobre una firme base ética en la obra de Víctor Grippo (cuya muerte, el 22 de febrero, conmovió profundamente al mundo del arte), quien sostenía, entre otras cosas que «Habría que plantearse un humanismo para el futuro que contenga o integre las máximas circunstancias del hombre, como catalizador positivo, como transformador, y como ser constructivo».

Grippo
se interesó por las relaciones entre el arte y la ciencia, y más adelante, por la revalorización de los oficios como espejo de la creatividad humana. «Sin pensarlo, fui articulando algunos símbolos: los alimentos del hombre, la energía y la rosa, los desequilibrios y las consecuentes transformaciones, para contribuir en algo al fuego renovador que no siempre significa cambio, si no hay conciencia de lo conservable.» Esta observación expresa el sentido de su obra.

Nacido en Junín, provincia de Buenos Aires, Grippo estudió Química y Diseño en la Universidad Nacional de La Plata. Eligió, sin embargo, el arte y realizó su primera obra individual en 1966, al radicarse en Buenos Aires. Su obra se afianzó internacionalmente a partir de 1971, cuando se integró el Grupo CAYC -junto a Jacques Bedel, Luis Benedit Leopoldo Maler, Vicente Marota, Alfredo Portillos, Clorindo Testa y quien esto escribe-, que introdujo el conceptualismo en la Argentina y, desde ella, en América Latina.

Con el Grupo obtuvo un Primer Premio en Yugoslavia (1975) , y luego el Gran Premio de la Bienal de San Pablo, en 1977. El conceptualismo fue una vía de elaboración artística despegada de las necesidades representativas y sólo atenta al manejo de ideas. Su antecedente directo, el Minimalismo, derivado a su vez del arte geométrico, incidió también sin intermediarios en la conformación del arte conceptual. Supuso una revisión total del arte y de sus funciones, hasta el punto que, superada la etapa «clásica» de la tendencia, a mediados de la década del 70, el Conceptualismo penetró en la conciencia estética de nuestro tiempo como elemento indisociable de la creación artística.

Conciencia

La conciencia de Grippo se caracteriza por su amor para expresarse poéticamente. Amor a los oficios en un mundo de máquinas; a la humanidad en un mundo alienado; a los objetos cotidianos en un mundo de simulacros; a las pequeños objetos en un mundo de monumentalidades; a los procesos naturales en un mundo rebosante de artificios; a la vida en un mundo de violencia y muerte; a la ciencia como aproximación al misterio y al arte como dador de luz, en un mundo donde las utopías han desaparecido.

«Analogía I»
, una de sus obras de los años '70, realizada con madera, pintura, circuitos eléctricos: cuarenta papas ubicadas en otras tantas celdillas de madera, y unidas por electrodos de cobre y zinc que permitían medir la energía de los tubérculos por medio de un voltímetro, que se integraba a la obra. Un texto señalaba que la electricidad generada por las papas, era similar a la producida por la conciencia del ser humano: una ampliación de la función cotidiana de los tubérculos y la mente del hombre. Sin embargo, la elección de la papa no era arbitraria: es un producto de origen sudamericano, que los europeos conocieron a mediados del siglo XVI y revolucionó su dieta.

La equivalencia entre el alimento físico y el espiritual, entre cuerpo y alma, funciona como invitación para que América Latina se buscara a sí misma en su propia cultura y sus propios hábitos. Pero esta certeza latinoamericanista vibraba en todas las creaciones de Grippo. Sobre este tema insistió en «Horno popular de pan» en la muestra «Escultura, Follaje y Ruidos II» (1972), parte de las instalaciones en el proyecto CAYC al Aire Libre, presentado en la Plaza Roberto Arlt, y clausurada por las autoridades militares de entonces.

En obras posteriores,
Grippo salió al rescate de antiguas manualidades como «Algunos oficios», un homenaje al herrero, al albañil, al agricultor y al carpintero.

En 1979, inicia su serie de
«Valijas», con rosas disecadas, espejos y escrituras sobre plomo. En la muestra «Hermano Fuego» (1983) basada en un poema panteísta de San Francisco, Grippo expuso el elemento fuego como dador de vida y fuente de transformación. Sus «Máscaras» encarnaban el misterio de lo transformable. Ni viva ni muerta, ni triste ni alegre, era un rostro del país: en la boca tenía una rama de rosas, con espinas, en una clara alegoría a la realidad política y social.

A comienzos de los '80,
«Vida, muerte, resurrección», señaló el tema de la incesante generación y regeneración de elementos naturales y seres humanos. Grippo buscó jerarquizar lo simple, lo cotidiano, pero siempre convocando lo poético, como una parte inefable del espíritu humano. «Cercando la luce» (En busca de la luz), en 1989 reunió siete obras en yeso vinculadas con el paso del tiempo y los credos religiosos, la posibilidad y el anhelo de conciliación entre hombre y Naturaleza.

En los años '90,
Grippo continuó la serie «Equilibrios», e inició los «Desequilibrios», dos discursos paralelos y complementarios sobre el antiguo dilema entre razón y sensibilidad.

En 1993, presentó en el Museo de Tokio (The Stripped House),
«La comida del artista», con sus significaciones sociales, culturales y éticas. «Mesas de trabajo y reflexión» fue otra vuelta de tuerca a las ideas esbozadas en su obra anterior.

La riqueza de la obra de
Grippo, reconocido como pocos artistas argentinos en Europa, es indiscutible: son prueba de ello sus últimas mega-exhibiciones en la Ikon Gallery de Birminghan y en el Palais des Beaux-Arts de Bruselas -donde había expuesto con el Grupo CAYC en 1977-. Reivindicó las leyes de la Naturaleza, los alimentos, los utensilios, los oficios, y postuló que América Latina debía buscarse a sí misma en su propia cultura y sus propios hábitos, si deseaba existir en plenitud.

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